Historias del crimen

El crimen mafioso contra “El Gringo” Fernández

Un joven mecánico, adicto a las drogas, fue secuestrado y desaparecido una noche de noviembre de 1998. A los cinco días encontraron su cuerpo degollado en un cañaveral. Nunca se supo quiénes lo asesinaron. Por Walter Vilca
domingo, 27 de enero de 2019 · 13:29

Andaba con miedo y preocupado. A su familia sólo le dijo que eran problemas personales, pero algo más había que no lo dejaba dormir. La última vez que lo vieron fue una noche de lunes, cuando se subió a la moto de un conocido suyo y partió con rumbo desconocido. Desde ese momento todo fue incertidumbre y cinco días más tarde lo encontraron degollado en un cañaveral de Rawson.

Más de 20 años transcurrieron de ese conmocionante caso y el desconcierto aún ronda sobre el asesinato de José Antonio “El Gringo” Fernández. Un homicidio con sello mafioso que tuvo supuestamente como trasfondo el oscuro mundo de la droga o la prostitución y un rompecabezas jamás resuelto en la historia policial de San Juan.

Fernández no era un “capo” de la droga, o al menos no era conocido ni como un “dealer” o delincuente. Era un joven de 29 años que había caído en la adicción a las drogas y que intentaba, con ayuda de su familia, darle pelea a esa enfermedad mediante tratamientos de rehabilitación. A pesar de sus problemas, trataba de llevar una vida normal con su esposa y tres hijos –en aquel momento de 8, 5 y 3 años- en el departamento que tenían en el segundo piso de un monoblock del barrio Manantiales, Capital. Su oficio era el de mecánico de motos y de eso trabajaba en un pequeño taller que funcionaba en un local alquilado, frente a ese populoso barrio de la zona de Trinidad.

La pregunta recurrente era qué pasaba por la cabeza de “El Gringo”, que le afligía tanto. Él no quería preocupar a su madre, a sus hermanos y a su padrastro, el hombre que lo había criado desde niño. No se trataba de dificultades económicos, al menos en el hogar, dado que su familia lo ayudaba en lo que podía. Sus problemas aparentemente venían por otro lado, quizás alguna deuda grande con el ambiente de la droga o una factura pendiente con delincuentes o regenteadores de la prostitución. Lo cierto es que, al parecer, estaba siendo amenazado. A alguien le contó que una mujer lo “presionaba”, pero nunca se supo realmente por qué. Tampoco hablaba mucho de sus cuestiones personales.

La noche del lunes 23 de noviembre de 1998, “El Gringo” Fernández le pidió a su padrastro que lo llevara en auto hasta la casa de un amigo en Rawson. Y hacia allí fueron, pero no encontraron a esa persona que buscaba y decidieron volver a Trinidad, con la idea de que el mecánico de motos se quedara en su casa. La versión es que, en el camino de regreso, se les cruzó un motociclista que les hizo seña sobre avenida España, cerca de Circunvalación, y “El Gringo” pidió al padrastro que detuviera el coche. En apariencia era un “amigo”. Fernández descendió del auto y se despidió para luego marcharse en la moto de ese desconocido.

Esa imprevisible partida marcó un antes y un después en la vida de “El Gringo” Fernández y en la de su familia porque nadie supo adónde terminó esa noche. No lo vieron más con vida. Su mujer y sus hijos se amanecieron esperándolo. Al otro día, el martes, su señora concurrió a la Seccional 3ra a radicar una exposición porque Fernández no había regresado. El temor se acrecentó con el correr de las horas. Su madre, que sabía que su hijo andaba a mal traer por las drogas, puso la denunció el miércoles 25 de noviembre a raíz de su extraña desaparición.

Sin señales de él, el miedo por la suerte que hubiese corrido tomó fuerza y la desesperación de su familia no tuvo consuelo. Los policías que habían empezado a indagar sobre la vida de Fernández también sospecharon que no era una simple fuga de hogar.

La madrugada del sábado 28 de noviembre de 1998 en la Policía recibieron un llamado anónimo que señalaba la presencia de un cadáver en lo bajo de un cañaveral situado al costado de calle Costa Canal, 80 metros al Norte de calle Doctor Ortega, en Rawson. Una comisión policial concurrió a ese sitio y para sorpresa de todos los uniformados se dieron con un cuerpo en estado de putrefacción. Era un hombre literalmente degollado.

La remera roja, el pantalón jean y las zapatillas que llevaba el fallecido coincidían con la descripción de la ropa que vestía “El Gringo” Fernández. A las horas confirmaron que se trataba de él. No había rastros de sangre en el lugar, lo que dejaba en evidencia que lo asesinaron en otro lugar y posteriormente arrojaron su cadáver en ese cañaveral. Tampoco encontraron el arma homicida ni otro elemento de prueba que pudiera conducir a los asesinos o aportara a alguna línea investigativa.

La pesquisa policial apuntó desde un principio hacia el móvil de una venganza vinculada al tema droga, pero no se pudo profundizar en ese sentido porque sencillamente no tenían elementos firmes para sostener esa hipótesis. La madre de Fernández y sus familiares no descansaron ni un momento denunciando que el asesinato tenía que ver con las mafias de los narcos y llevaron su reclamo al Gobierno y a la Justicia.

Tiempo más tarde los investigadores detuvieron a una mujer, una supuesta amante de “El Gringo”, que trabajaba como meretriz y con ciertos vínculos con la droga. En la Policía creyeron que era la principal sospechosa y que podía develar la verdad sobre el crimen, pero ella se encerró en su versión de que conocía a Fernández y nada tenía que ver con su muerte. El juez de la causa no pudo imputarle ningún delito y a los días ordenó su liberación.

La familia de Fernández sostuvo hasta el final su sospecha de que ella tenía alguna implicación en el caso, pero su reclamo no tuvo eco. También aportó datos de otros posibles involucrados y continuó exigiendo que se profundizara la investigación en torno al narcotráfico. Eso le trajo serios problemas. En una ocasión dispararon contra su vivienda en el barrio Los Tamarindos, en Chimbas, y los amenazaron de muerte. Aun así no lograron silenciarlos, pero la dura realidad daba cuenta de que no se avanzaba en nada y el tiempo fue relegando el caso. Año tras año la mamá de José Antonio Fernández lo recordó con reiterados pedidos de Justicia y la respuesta fue el mismo mutismo, casi como un cómplice de esos asesinos que consiguieron su objetivo de callar la voz del joven mecánico que todavía no descansa en paz y es otro enigma en San Juan.

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