El caso sorprendió a propios y extraños. Es que tanto sus vecinos como sus amigos, alumnos y familiares quedaron en estado de shock cuando se enteraron la inusual causa por la que murió el preceptor de la Escuela EPET Nº 4, Héctor Daniel Martínez, de 45 años.
Quién era Héctor Martínez
El hombre era profesor de Educación Física aunque ejercía de preceptor en la escuela anteriormente mencionada. Era muy querido por sus familiares, amigos y conocidos. Una persona tranquila, de perfil bajo y que no hablaba mucho con sus vecinos del barrio Camilo Rojo, de Santa Lucía.
En ese complejo habitacional santaluceño vivía hacía tres años (desde 2012). Parte de esa casa fue construida con sus propias manos. No descansaba ni los fines de semana. Trabajaba de lunes a viernes en horario vespertino en la EPET Nº 4, y en las mañanas se dedicaba a realizar tareas domésticas.
En su momento, sus vecinos manifestaron que era un hombre “muy respetuoso, educado y querido por todos”. Es más, “jamás se metió con nadie, era demasiado bueno”, repetía una fuente vecina de Martínez. Era una familia tranquila.
El sujeto de 45 años vivía con su esposa y dos hijos de una anterior pareja de Martínez. Con la última mujer no tenía hijos. Esos jóvenes no trataban con nadie en el barrio y, de hecho, eran vistos pocas veces saliendo del hogar. “Son personas caseras”, decía un vecino en alusión a toda la familia. Solo los visitaban el hermano de Héctor junto a sus hijas.
Cómo murió
En la tarde de ese fatídico sábado 8 de agosto, la mujer del preceptor tenía turno en la peluquería por lo que le dijo que se iba hacia allí y que, cuando terminara su sesión, lo iba a llamar para que lo fuera a buscar, como solían hacer siempre.
Martínez se quedó solo en su hogar ya que sus hijos se habían retirado del mismo. Supuestamente le dijo a su mujer que se quedaría a realizar alguna tarea doméstica hasta que le avisara para ir a buscarla.
La tranquilidad de esa familia caducó cerca de las 19 horas. Sobre ese horario, la mujer terminó su sesión de peluquería y, como habían acordado, lo llamó a su marido para que pasara por ella.
Lo llamó una vez, dos veces, varias veces y no atendió ninguna de las llamadas. Algo que le pareció raro, ya que solía atender a la primera. Pensó que estaba ocupado y no escuchaba el celular por lo que decidió dirigirse en remis hacia su hogar.
Al llegar a su vivienda en el barrio Camilo Rojo, entró y vio que tampoco estaba en el comedor. Más raro aún le pareció que únicamente la puerta de la habitación del matrimonio estaba cerrada. Se acercó a abrirla pero Martínez le había puesto llave desde adentro. Gritó varias veces para que le abriera pero el preceptor jamás lo hizo.
Preocupada por la situación, rápidamente acudió a llamar al servicio de urgencias de la Policía (911). Un móvil de la Comisaría 29ª llegó en minutos al lugar, luego se hizo presente personal de la división Homicidios de la Policía de San Juan. La mujer le contó la rara situación que estaba pasando y junto al personal policial comenzaron con los intentos para abrir la puerta.
Después de varios esfuerzos, lograron abrir la puerta y entrar a la habitación. Al ingresar, la sorpresa de su mujer y de los efectivos fue instantánea. La esposa jamás imaginó encontrarse con semejante panorama.
Héctor Daniel Martínez estaba tirado en la cama matrimonial, muerto, vestido con ropa interior de mujer y con un palo a su lado. También, tenía en las manos unas esposas de las usadas para prácticas sadomasoquistas, de esas que se desprenden con facilidad. Se creyó, en un primer momento, que había sido un homicidio pero al ver la escena del crimen esa versión se desestimó rápidamente.
Sí, el preceptor había muerto producto de una práctica sexual inusual: por un reflejo vagal, también conocido como “síncope vasovagal”. Y esta causa fue la que firmó el médico legista que realizó la autopsia del cuerpo del fallecido.
El estado de shock de la mujer era indisimulable. Y no era para menos. Según ella contó, en su momento a los efectivos, desconocía completamente el lado homosexual de su marido. No podía creer la causa de su muerte, jamás la imaginó. Y no solo fue shockeante para la mujer sino también para todos los vecinos que lo veían como un matrimonio y hombre “normal”, según dijeron.
El preceptor Héctor Martínez llevaba una doble vida (o vida secreta) que amigos, vecinos y familiares desconocían por completo. Al parecer aprovechaba los momentos de soledad para autosatisfacerse con los objetos que estaban a su lado el día de su muerte.
El día después
La familia del docente fallecido no se la vio nunca más. Como si se los hubiese tragado la tierra, desaparecieron de todos lados. Estuvieron viviendo en ese hogar algunas semanas más. Los vecinos expresaban que casi ni los veían salir a la calle.
Luego de un corto tiempo, la familia vendió el hogar y se mudaron. ¿Dónde? Nadie supo decir hacia qué lugar decidieron rumbear y tratar de seguir con el transcurso normal de sus vidas. El velorio de Martínez mostraba lo querido que era: gran cantidad de coronas de hasta sus alumnos de la EPET de Rawson.
La vergüenza que sentían sus familiares directos los llevó a desaparecer de la faz de la tierra. Como si el inusual hecho los hubiese condenado de por vida, nunca más se supo de ellos. Ya pasaron tres años de su muerte y aún hoy, nadie más los volvió a ver. Ni siquiera se llegó a saber si seguían viviendo en la provincia.