Él decía “quién me puede chorear a mí, si no hago mal a nadie”. Y un día le tocó. Fue una mañana de febrero de 2003, cuando Rubén Avellaneda salía para ir a trabajar y tres asaltantes lo emboscaron. Su suerte no tuvo retorno desde ese momento. Tampoco para su mujer, que escuchó cómo golpeaban al feriante y llamó desesperada desde su teléfono a la Policía y a otro número de emergencia del municipio. Quizás si alguien atendía esos llamados otro hubiese sido el destino, pero no, nadie respondió. La historia entonces acabó mal, con el comerciante baleado y a los días muerto, y con su esposa con una impotencia tremenda que dura hasta el día de hoy por no haber podido salvar a su marido con ese pedido de auxilio que jamás fue escuchado.
Rubén “El Gordo” Avellaneda creía que nada malo podía sucederle si era un laburante desde siempre, llevaba una vida austera y era muy querido. A su mujer María Castro y a él les iba bien. Tenían el hijo que alegraba sus días, una casa y dos puestos de frutas, uno en el Mercado de Abasto en Capital y otro en el Mercado Concentrador de Rawson.
Nunca pensó que en esa actividad tan expuesta y en el roce diario con tanta gente, él sería un blanco elegido por la delincuencia. No se dio cuenta o no se lo esperaba. Quienes lo pusieron en alerta fueron unos vecinos, que en los primeros días de febrero de 2003 contaron a los Avellaneda que veían a unos sujetos desconocidos merodeando los alrededores en un auto y mirando su casa en la calle Hipólito Yrigoyen al 6117 en La Legua, Santa Lucía.
Mary, tal es el apodo de María Castro, habló con Rubén sobre sus miedos. Ahí él largo esa frase: “quién me puede chorear a mí, si no hago mal a nadie”. Nunca quiso tener armas ni se le pasó por la mente poner alarmas en la vivienda. Igual estaban algo intranquilos por esos comentarios; de hecho, la mujer recurrió a la Seccional 5ta para ponerlos al tanto de la extraña situación, pero la respuesta no fue la esperada y sólo le dijeron que tomaran nota del vehículo y se las acercara. Ante ello, no quedó otra que seguir con la rutina confiando en que nada sucedería.
El temor hecho realidad
La mañana del jueves 6 de febrero, “El Gordo” Avellaneda se despertó como de costumbre a las 6 de la mañana para partir rumbo a una de las ferias. Se alistó y saludó con un beso a Mary en forma de despedida, pero cuando cruzó la puerta de calle e intentó subir a su camioneta, le aparecieron tres sujetos encapuchados y con pistolas 9 milímetros. Los temores eran ciertos, llegaban por él.
Mary advirtió un fuerte golpe en el portón y sintió los quejidos de Rubén, mientras le escuchaba decir: “tranquilos, tranquilos, no pasa nada”. Ella descubrió que eran ladrones y le estaban pegando a su marido. Oyó los pasos, como que caminaban por el costado de la casa. A los segundos, empezaron a golpear la puerta trasera aguardando que ella abriera.
La mujer corrió a buscar el teléfono y marcó el número de la Seccional 5ta de Santa Lucía, pero sonaba y sonaba sin tener respuesta. Después llamó al 0800 de la municipalidad, un teléfono que supuestamente funcionaba las 24 horas justamente para casos de emergencias y denunciar hechos delictivos, pero tampoco tuvo suerte. Cuánto más se demoraba, más torturaban a golpes a Rubén Avellaneda.

Mary sentía los gritos de dolor de su esposo, aun así insistía llamando por teléfono y del otro lado nadie respondía. “El Gordo” suplicaba: “tranquilos, ya nos van a abrir. Abrime, Mary. Por favor…” Por el contrario, ella no cedía. Es que sabía que iba a ser peor si los dejaba entrar; además, riesgo era también para su hijo. Por eso corrió al dormitorio para refugiarse y seguir llamando. Al llegar a la habitación, no le quedó otra que darse por vencida. Uno de los ladrones la encañonó a través de la ventana y ordenó que abriera la puerta.
Resultado inesperado
Ya sin salida, Mary regresó a la cocina y abrió la puerta del fondo. Los delincuentes entraron a los empujones trayendo a Rubén con una pistola 9 milímetros en la cabeza. El matrimonio acabó tendido en el piso. Segundos más tarde, uno de los asaltantes obligó a ponerse de pie a la mujer y la llevó a la habitación grande para que le entregara el dinero, mientras que otro ladrón entró a un segundo dormitorio y redujo al hijo de la pareja, de 14 años, que permanecía oculto en ese lugar.
Cuando menos lo imaginaron apareció un cuarto individuo que aparentemente hacía “de campana” en la entrada de la vivienda y avisó que alguien venía, que había que escapar ya. El ladrón que apuntaba al comerciante salió corriendo, lo mismo que uno de los delincuentes que estaba en los dormitorios.
En medio de la confusión, Avellaneda se levantó del suelo y a los trancos emprendió en dirección a las habitaciones para saber cómo estaban su esposa y su hijo. No se percató o se olvidó que había otro asaltante ahí adentro. Así fue que, sin querer, en el momento que entró al pasillo se encontró frente a frente con ese maleante que procuraba salir. Es probable que este último se puso nervioso y supuso que Avellaneda lo atacaría, lo cierto es que se apresuró en gatillar y le pegó un balazo en el abdomen. El comerciante no alcanzó a reaccionar y cayó pesadamente. A todo eso el atacante fugó por detrás de sus cómplices.

El balazo que impactó en la zona de los riñones y los intestinos dejó muy malherido a “El Gordo” Avellaneda. Parecía que se moría. Mary no lo pensó dos veces, con ayuda de sus vecinos lo cargaron en la parte trasera de una camioneta y lo llevaron urgente al hospital. Es que no podían esperar a que llegara la ambulancia.
Rubén Avellaneda tenía 48 años y quedó en terapia intensiva del Hospital Guillermo Rawson. Fue operado en tres oportunidades, pero su estado de salud no mejoró y entró en una agonía de la que no pudo salir. Al cuarto día de internación, su cuerpo no resistió más y murió. Eso fue en la mañana del 10 de febrero de 2003.
La vida y los proyectos de familia de María Castro parecieron venirse abajo con la muerte de su esposo. Y frente a su desdicha y la bronca por el cruento destino que dejaron a su paso esos delincuentes, también tomó fuerza la indignación por lo que pudo haberse evitado. La viuda se cansó de llorar y de maldecir a la Policía y a la municipalidad de Santa Lucía. Es que si hubiesen atendido los llamados telefónicos que realizó a la Seccional 5ta y a la oficina de emergencia de la comuna, al menos una patrulla podía haber llegado a auxiliar a los Avellaneda antes que se produjera ese disparo. Pero eso no sucedió y la muerte de Rubén Avellaneda era un hecho. Al tiempo se supo que en la comisaria no atendieron el llamado porque el jefe había dejado el teléfono en su oficina y había cerrado la puerta con llave al marcharse.
Dicho olvido o tremendo acto de negligencia es uno de los más tristes recuerdos de la desidia policial y de sus graves consecuencias. El crimen de Rubén Avellaneda sigue siendo en sí mismo una deuda pendiente para la fuerza de seguridad y la propia Justica porque no consiguieron identificar a los asesinos del feriante y el caso continúa impune a más de 15 años.