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LA MUERTE DEL NIÑO: DOS AÑOS

“De ninguna manera me olvidé de Ariel Tapia, sigo investigando”

Así lo aseguró el juez Benito Ortiz. El 6 de diciembre de 2012 el niño fue hallado sin vida adentro de una heladera abandonada, a metros de su casa, cumpliendo sus 12 años en el ostracismo. Por Gustavo Martínez Puga

Por Redacción Tiempo de San Juan
"De ninguna manera me olvidé de Ariel Tapia, sigo investigando”. Contundente, con la seriedad que lo caracteriza, el juez Benito Ortiz tiene una espina clavada con la dolorosa muerte de Ariel Tapia, el niño que cumplió 12 años envuelto en el misterio de la desaparición de su hogar, en la Villa Angelita, Santa Lucía.
Ahora se cumplen dos años del aquel hallazgo que indignó a los sanjuaninos. Fue a las 19.30 del jueves 6 de diciembre de 2012 cuando se confirmó la peor de todas las noticias en ese caso: Ariel estaba muerto, en estado de putrefacción, en el interior de una vieja heladera abandonada a 60 metros de los pies de su casa.
"Lo he sostenido siempre y lo voy a seguir sosteniendo: las primeras horas son cruciales en estos casos y el cadáver de Ariel fue encontrado seis días después, a metros de su casa. Ese tiempo perdido hizo que la naturaleza misma, los calores y los fuertes vientos que hubo esos días, eliminara pruebas. Ese tiempo perdido también permite que las personas involucradas puedan borrar evidencias”, explicó el juez Ortiz.
Además del valioso tiempo que perdió la policía en dar con el cadáver, tampoco la justicia sanjuanina ayudó a resolver el crimen: en San Juan el Poder Judicial no contaba y no cuenta con elementos de investigación forense mínimos, por que el cadáver de Ariel debió ser enviado al laboratorio central del noroeste argentino, ubicado en Salta.
Los peritos forenses confirmaron que el niño había muerto asfixiado adentro de la heladera, tras recibir un fuerte golpe en el mentón que lo dejó inconsciente.
Ariel había desaparecido como por arte de magia cinco días antes del hallazgo en la heladera abandonada en un descampado en el que siempre jugaban al fútbol.
Se lo vio con vida por última vez en el atardecer del 1 de diciembre de 2012, cuando había quedado a cargo de su hermano mayor Ezequiel (20) y de su padrastro Franco Sifuentes (24), en momentos que su madre, Alejandra Silva (37), había ido a ver el grupo bailantero Sabroso al Club San Martín.
Tras la repentina ausencia del hogar, esa misma noche del 1 de diciembre su madre salió a buscarlo por todos lados y pidió ayuda a los policías de las Seccional 29. Pero la reacción oficial no fue inmediata.
El día domingo la familia salió a recorrer el barrio, ya desesperados. Es que Ariel nunca se iba sin avisar, ni era de vagabundear; tenía amigos por todos lados, era buen alumno y, lo que más dudas generó en su familia, fue que estaba ansioso por festejar su cumpleaños número 12, que era el 3 de diciembre, y porque habían conseguido entradas para ir a ver River que visitaba a San Martín.
No había motivos aparentes para que el niño de 11 años –en ese momento- se ausentara por sí solo de su hogar.
Lo buscaron por todos lados. La familia lo hizo día y noche; se le sumaron sus amigos. El caso llegó a los medios, se generó presión, entonces la policía puso más gente, agregaron la sección Canes; fuerzas de seguridad nacional lo buscaban en los controles de las rutas; los medios nacionales se hicieron eco de la desaparición. Pero nada daba resultado para dar con el niño.
De golpe, el dolor fue enorme para todos: el niño estaba muerto, en estado de putrefacción, adentro de una heladera, a metros de su casa.
Curiosamente los policías de la Seccional 29 llegaron a ese punto de repente: una versión que nunca se terminó de descartar es que lo hicieron a través de un ciego vidente (persona que dice tener poderes sensoriales especiales).
La indignación de la familia fue total. Los vecinos apedrearon la comisaría y prendieron fuego varias gomas. La reacción oficial también fue inmediata: esa misma noche detuvieron a la madre, el hermano mayor y el padrastro como sospechosos, aunque los liberaron horas después porque no había ningún elemento legal para sospechar de ellos.
"No tengo ninguna prueba para decir si alguien de la familia tuvo o no que ver con la muerte de Ariel”, se limita a responder el juez Ortiz.
Pero para la justicia siempre fue sospechoso ese entorno íntimo. Llegan a esa conclusión después de haber allanado decenas de casas de vecinos, de haber sometido a Cámara Gesell a decenas de amiguitos de Ariel, de haber buscado en las cámaras de seguridad de una pasera que estaba a los pies de la casa del niño.
"Tengo mi conjetura. Pero sería muy imprudente hablar de ella. Me falta una prueba, un elemento de contundencia para probarla. Pero no he logrado dar con esa prueba que me falta. Pero es un caso que siempre tengo muy presente”, informó, con cierto lamento, el juez Ortiz.

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