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Personajes

Alejandro, el lustrabotas de la gente

Con la pomada y las franelas a cuestas, el protagonista cuenta su historia de sacrificio, pero también de trabajo y dignidad. Para quiénes lustra, qué situaciones fuertes vivió y con qué sueña.

Por Luz Ochoa

Si hay personas que pueden decir que siempre se dedicaron a una actividad, el protagonista de la nota sería una de ellas, ya que desde muy chico aprendió el oficio de lustrabotas, lo abrazó y lo convirtió en parte de su vida. Quizás, Alejandro Páez sería otro si no tuviera como aliados al cepillo, la pomada y las franelas. Y es que detrás de sus elementos de trabajo se esconden decenas de historias, momentos que lo marcaron a fuego y lo hicieron ser quien hoy es.

Apenas con 10 años, el hombre que transita los 52 se inició en la práctica. Era un niño cuando un amigo le regaló un cajón, lo introdujo al mundo del lustre y, como si fuera un juego, se ganó sus primeros centavos. Con el paso del tiempo y la crisis económica que nunca dejó de azotarlo, pues provenía de una familia de pocos recursos, se valió del oficio y lo convirtió en su medio de vida.

El lustrabotas que estaciona su bici y de inmediato arma su base de operaciones trabaja a diario y aprovecha sólo el domingo para descansar. Por las mañanas cumple tareas para la Municipalidad de la Capital, mientras que por las tardes ejerce la profesión que hoy lo ubica entre los flashes.

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Suele andar por las calles de Desamparados, Rivadavia o Santa Lucía, ya que en esas zonas residen sus clientes. Es que el lustrador que hoy cuenta su historia se presenta a domicilio, cual delivery de lustre, y en las veredas o los patios de las casas se lo puede observar en plena función. De fondo, por supuesto, suena la radio, su fiel compañera, con algún tango que la AM haya enganchado; de lo contrario, un partido de fútbol puede también oírse.

Respetuoso y de pocas palabras, Alejandro se ganó el cariño de quienes siempre solicitan sus servicios, por lo que mantiene relaciones de años con sus clientes. "Soy el lustrabotas de San Juan, me quieren muy mucho", señala sin miedo a equivocarse.

Parte de la clientela pertenece a esferas de influencia en la provincia y es por ello que él se siente orgulloso de que lo contraten cada vez que lo necesitan. "Le lustro al gobernador, él me hace pasar a su casa; también al intendente de Capital, que es muy bueno conmigo. Todos son buenas personas y confían en mí", asegura.

Alejandro: El lustrador de San Juan

El hombre que formó familia y tuvo tres hijos, dos del corazón, explica que siempre a los suyos les trató de dar lo mejor y que les enseñó a ganarse todo con honestidad. "Quise ser ejemplo, nunca tomé alcohol, tampoco otras cosas. A mi mujer nunca le levanté la mano, eso no están bien. Les di hasta lo que no tenía con lo que ganaba", sostiene quien ya se convirtió en abuelo de tres nietos.

Entre tantas cosas que le tocó vivir, una de las anécdotas que más lo marcó fue la que se transformó en héroe. Según cuenta, a un cliente lo salvó de dos ladrones que lo habían amordazado para entrar a robar a su casa. "Justo yo pasaba por la puerta, vi un movimiento raro, gente que no era de ahí y, cuando me asomé, me quisieron correr con un arma", detalla y sigue: "Me dijeron 'andate porque va a ser peor', pero yo le tiré el cajón encima y me fui en la bici hasta el puesto policial (situado a dos cuadras de donde fue el hecho)".

Esa intervención sirvió para ahuyentar a los delincuentes y alertar a las autoridades de lo que pasaba. "Cuando volví con la Policía, se habían ido. Por suerte al señor no le habían hecho nada, sólo lo habían atado. Me felicitó un policía y me agradeció la esposa del señor. Yo me sentí bien por eso", confiesa.

A pesar de que le tocó sufrir cuando se separó de su mujer y el terremoto del 2021 le destruyó la piecita en la que se quedaba en Villa Obrera, en el fondo de la casa de su tía, sueña con tener su propio hogar, un lugar mejor y más digno en donde pueda compartir con sus hijos.

"Me gustaría tener mi propio lugar donde pueda recibir a mis hijos y tener ahí a toda mi familia. Ellos son todo para mí, me hacen feliz y quisiera dejarles algo", reconoce quien por las noches trabaja como trapito en la zona de Libertador y Roger Balet.

Fanático de River y del boxeo, honesto y solidario, el personaje sanjuanino se siente agradecido con la vida y sobre todo con Dios. "Yo ayudo a los chicos en la calle, que andan en las drogas, les hablo, les digo que tienen que cambiar, algunos me escuchan y me hacen caso. Trato de darles una mano", dice y concluye: "Muchas veces me agradecen, pero no es a mí a quién tienen que agradecer, sino a Dios. Por él los ayudo y, si soy así, después recibo la ayuda de los demás. Todo debería ser así, entre todos ayudarnos".

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