La caída del poder adquisitivo tiene como consecuencia un cambio en el comportamiento de los consumidores que aplican la regla de las tres "b" (bueno, bonito y barato) y buscan racionalizar el gasto con productos accesibles y a la vez de calidad aceptable, informó Adriana Lui en el diario mendocino El Sol.
Teniendo en cuenta que normalmente se destina de 10 a 20 % del ingreso a la compra de vestimenta y que la cifra se va reduciendo de acuerdo a lo que nos queda en el bolsillo a fin de mes, no es extraño que el fenómeno de La Salada haya avanzado con "sucursales" en el Gran Mendoza.
En las periferias del microcentro se encuentran al menos cinco locales (en calle Rioja, Barcala y 9 de Julio) y otros toman vida en Maipú y Luján. Emulando a las grandes tiendas en donde se vende ropa para toda la familia, pero barata y traída de Buenos Aires, en su mayoría.
La ropa es traída de Buenos Aires y Bolivia
Generalmente son empresas familiares de bolivianos que tienen entre tres y cuatro locales, todos con la misma estética identificadora. Se ubican en galpones, sin vidrieras y las prendas se abarrotan en mesones, en largos percheros e incluso son colgadas en la pared, hasta el límite del techo.
"Por el reflejo que generan las recesiones en el imaginario de las personas, también intentan adaptarse rápidamente a esa situación y directamente van resistiendo sus compras en los negocios habituales para pasarse directamente a aquellos donde van a encontrar o creen que van a encontrar precios más baratos", explicó a El Sol el sociólogo mendocino Javier Elizondo.
Moda al alcance del bolsillo
A diferencia de La Salada, donde se consiguen copias y falsificaciones de marcas, en estos locales se venden sobre todo, productos propios, "directo de fábrica": remeras, pulloveres, pantalones deportivos, sacos y una gran variedad de ropa para niños, sobre todo, para bebés. Entre los materiales más utilizados en la temporada, el polar es la vedette.
Las prendas se pueden conseguir hasta 50 % más barato que en los comercios del centro, donde en ocasiones se pueden ver estas mismas prendas, pero exhibidas en atractivos maniquíes. Por ejemplo, un jeans se puede pagar 200 pesos, un pullover de hilo a 120, chalecos impermeables a 100, remeras a 80 y sacos a 400 pesos.
El diferencial está en la indumentaria para niños: se puede conseguir conjuntos a $80, pantalones a $40 y enteritos a $50.
La mayoría de la ropa no tienen etiquetas, incluso ni siquiera el que indica el talle. Sólo los conjuntos deportivos que imitan a la marca de las tres rayas indican que fueron confeccionados en Bolivia.
Ropa a bajo precio en locales ubicados en galpones
"En estos lugares se va produciendo una rotación de la misma ropa, producida en talleres de Buenos Aires, por el resto del país, donde las marcas tienen menos presencia. Hay mayor libertad de circulación con gente que viaja a Buenos Aires –Munro, La Salada o a Once– y que traen ropa. Además hay quienes salen del Gran Buenos Aires para vender al interior del país ropa importada y telas importadas que modifican la ecuación en el precio final", señaló el sociólogo.
Abarrotar como estrategia de marketing
Las toneladas de prendas que colapsan en el negocio funciona a su vez como política marketing, el volumen y que estén tiradas en un mesón, hacen creer que es más barato.
"Es una estrategia que puede llegar a seducir a cierto público. En Latinoamérica compramos en mercados populares, tienen mucho tránsito, afluencia y la gente se siente cómoda", explicó Elizondo.
Y agregó: "Por eso sobrevive el Mercado Central y el concepto del Persa ha tenido su anclaje en Mendoza, porque culturalmente forma parte de nuestra forma de consumir. Históricamente, los tianguis mexicanos no distan de la forma en que consumimos ahora, con muchos vendedores y muchas cosas en un mismo lugar".
¿Competencia desleal?
El precio final de las prendas es el resultado de varios factores, entre ellos, el valor de los alquileres. No es lo mismo alquilar un local comercial en plena Peatonal Sarmiento a 45.000 pesos que un galpón en calle Barcala, de Ciudad.
"Las grandes superficies en Argentina no tienen una regulación en tema de alquileres, varias cámaras textiles se han quejado por el tema y eso tiene un impacto sobre los precios de las vestimientas", dijo.
Y agregó: "La cámara del jeans de Argentina indicó que del precio final de un pantalón, sólo el 10% es del costo de confección. Entonces, no es lo mismo comprarlo en un shopping que en estos lugares."
En estas "Saladitas", sólo se reciben pagos en efectivo, por lo que también podría existir una evasión impositiva.
La opinión de los consumidores
A diferencia de otros comercios los galpones tienen a diario mayor movimiento de gente . Están los que hacen compras individuales y los que lo hacen al por mayor.
"Cuando tenés varones en edad escolar, sabés que la ropa les dura poco, porque en un mes le queda chica o porque la rompen. Prefiero comprar acá los básicos: equipo de gimnasia y buzos para el invierno. Gasté $380 y vestí a los dos", contó Silvina Basso (41), mamá de Tomás y Mateo.
Por su parte, las mamás de bebés prefieren comprar ropa más económica aunque no sea de la mejor calidad. Sobre todo porque en la indumentaria infantil se nota más la especulación del mercado.
"Le compré a mi bebé un pantalón de micropolar que no me salió muy bueno. Se le armaron pelotitas de pelusa en el primer lavado. Igualmente, me conviene más gastar $40 para tenerla abrigada, aunque no sea muy lindo, que comprarle un conjunto de marca a $400", aportó Romina.
Si bien estos locales no son mayoristas, dentro de la clientela se encuentran revendedores. "Tengo una mercería y me compran para salir del paso, algunas prendas. Llevo cinco remeritas de mujer a $250 y conjuntos de ropa interior que los consigo acá a muy buen precio. Mejor que en un mayorista", comenta Paula Sosa, comerciante de Guaymallén.