Los Juegos Olímpicos proponen historias
maravillosas. Con deportistas que lo tienen todo y que un día sintieron el
impulso de conocer un mundo nuevo, pasando por aquellos que lo toman como un
trabajo a partir del cual construyen su carrera, y terminando en los que
difícilmente se aparten de su esencia amateur, cultivando el esfuerzo hasta el
último día. Sabiendo, estos últimos, que la mayor victoria ni siquiera llega a
ser un podio o un diploma, sino el hecho de considerarse plenos y satisfechos
con la preparación realizada. Sentirse dignos de los Juegos Olímpicos.
Por eso están los extremos. Y conviven. Son parte del mismo
universo durante dos semanas. Quizá sea injusto mencionar un solo caso, pero
nos tomamos esa licencia. Ahí está la Torita María José Granatto, una de las
nuevas caras de las Leonas, con 21 años. De las que vienen pidiendo paso. Las
Leonas tienen sus becas, sus sponsors, son reconocidas nacional e
internacionalmente. Seguramente están en una mejor condición que varios de los
deportistas que se encuentran en la misma Villa Olímpica. Aún así, Granatto es
una historia en sí misma dentro del seleccionado. Por todo lo que le costó
llegar. Por la particularidad de jugar con tres hermanas en el equipo de Santa
Bárbara. Y por la energía que le pone a su pasión. De origen humilde, cada vez
que le toca entrenarse en el Cenard, se despierta a las 5 para llegar desde La
Plata hasta Núñez. Sí: también lo hacen muchos argentinos a diario para
llevarles la comida a sus hijos y son anónimos. Ya lo sabemos. Pero la cuestión
pasa por otro lado. La propia Lucha Aymar, en sus primeros tiempos, viajaba
desde Rosario a Buenos Aires en ómnibus y de Retiro se iba a la cancha, para
jugar con sus compañeras. Es una cultura diferente.
Quizá Granatto gane una medalla junto con sus compañeras.
Son, las Leonas, una de las esperanzas de la Argentina en Río 2016. Lo son,
olímpicamente hablando, desde que en Sydney 2000 pusieron definitivamente proa
a la elite del hockey. Será un premio que valorará eternamente. Un sentirle el
gusto al esfuerzo. La paradoja es que esa hipotética medalla valdrá lo mismo
(aunque no sea lo mismo) que una medalla que pueda ganar un Kevin Durant o
Carmelo Anthony, por ejemplo, integrantes del Dream Team, acostumbrados a
moverse diariamente en otro ámbito y que vivirán en Río, junto con los otros
cracks norteamericanos, en un crucero. O las medallas que pueden obtener los
Novak Djokovic, Andy Murray o Rafael Nadal; los Bubba Watson, Sergio García o
Henrik Stenson, acostumbrados a realidades diferentes con el tenis y el golf.
Excluimos de las comparaciones a otras estrellas millonarias
como Usain Bolt, Michael Phelps y Neymar: los dos primeros son parte grande de
la historia olímpica y el ídolo brasileño baja un par de escalones de su
hábitat natural, deja el jet privado y se encolumna detrás de una causa nacional.
Y también al grueso de los atletas argentinos, con el básquetbol como bandera,
en los que habita un espíritu especial que va mucho más allá de las cuentas
bancarias.
Los Juegos Olímpicos son ese cruce entre Phelps y Djokovic.
También lo son el contraste de una Majo Granatto con estrellas de una vida
resuelta. Que se permiten, eso sí, buscar una gloria en un mundo con todas las
escalas.