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el pibe que llegó a Primera

La increíble historia de la nueva joya de San Martín

Tiene 20 años y el domingo pasado hizo su primera aparición en la máxima categoría del fútbol argentino. Pasó hambre, cosechó uva desde los 11 años y hasta se enfrentó al DT Vivas por su trabajo. Una vida de constante lucha y sacrificio. Por Carla Acosta

Por Redacción Tiempo de San Juan

Nunca tuvo pretemporadas, sino temporadas con la cosecha de uva. Se crió con la gamela al hombro y entre los parrales de su departamento 9 de julio. Nicolás Pelaitay, el chico que debutó en Primera División con San Martín el domingo pasado, recordó los golpes que le dio  la vida, como las veces que no tuvo un plato de comida y aquella vez que enfrentó al entrenador Marcelo Vivas.
“Eh pibe, vos no tenés que trabajar más. Vos tenés que dedicarte al fútbol porque si no, no llegás”, fueron las palabras del coordinador de inferiores del Verdinegro, Vivas, quien en reiteradas oportunidades manifestó que los chicos deben jugar al fútbol y no trabajar. Algo cierto. Pelaitay, por su parte, tímido en la vida pero en la cancha todo un león, nunca hizo caso a esa petición y trabajó hasta el año pasado, cuando encontró en su camino un ángel que lo guió y lo apoyó en todo: Daniela, la mamá del jugador Franco Lepe.
Hijo de Gloria Alfaro y Carlos Pelaitay, una pareja de sangre rural que siempre se dedicó a los viñedos, y hermano de Diego, la nueva joyita del Santo se ocupó de la cosecha desde los 11 años. Nunca lo hizo por placer-aunque cuando ve algún que otro parral en sus ojos hay lágrimas- sino por necesidad. En su casa siempre fueron humildes y la plata a fin de mes no alcanzaba. Nico, de sangre caliente y sin miedo a nada, nunca le importó la edad y salió a cortar uva y desempeñarse como un peón más de las fincas, siendo chiquito aún. Su jornada laboral iba de las 6 de la mañana a las 19 horas; mientras que en temporada de vendimia, podía llegar a trabajar más de 15 horas. Algo exagerado, pero cierto, teniendo en cuenta los padecimientos de su familia, que sólo contaba con el sueldo de su papá Carlos.
Su vida no sólo era la cosecha. Su gran dote lo encontró en el fútbol, haciendo sus inicios en el fútbol callejero, un fútbol sin edad, sin césped, algo rústico y sin privilegios. Apenas usaba unos botines negros que cada tanto se podían renovar y unas camisetas que le llegaban a la rodilla, las cuales eran aportadas por algún comercio de su localidad. Su papá poco futbolero, nunca se dio cuenta del crack que tenía bajo su techo. Fue “Chichi” Ochoa quien lo vio en los callejones sin césped, que se usaban como terreno de juego, y lo fichó a tal punto que se atrevió a hablar con don Pelaitay y lo convenció de que su hijo era una estrella en potencia.
Nico luego jugó en la escuelita de Santa Rita y más tarde pasó a Atlético de la Juventud Alianza, algo cómodo para él ya que el colectivo 22 lo dejaba justo en la puerta de la institución. Sin embargo, no fue fácil para el mediocampista transitar la vida entre la pelota y el trabajo. De hecho, una vez estuvo a punto de no viajar a la pretemporada del Lechuzo por no tener plata. Un poco tímido, pero con una sonrisa resplandeciente, lo recordó con simpatía.
Son infinidades las veces que no tuvo dinero para el colectivo y que se vio obligado a pedir prestado a familiares, quienes siempre lo apoyaron, y en una oportunidad hasta al intendente de 9 de Julio, Walberto Allende. Y mucho más difícil fue cuando entre más de mil chicos, fue uno de los 30 convocados para formar parte de las categorías de AFA (Asociación de Fútbol Argentino) de San Martín. La felicidad y sorpresa siempre estuvo, aunque la preocupación inundó su cabeza, sabiendo que ya eran cuatro los pasajes que debía pagar para ir a los entrenamientos todos los días y la indumentaria que debía renovar. Sin embargo, teniendo en cuenta que había sido convocado para integrar una institución de Primera División y que las chances de crecer estaban más vivas que nunca, no dejó la gamela y siguió cosechando.
Entre los duros entrenamientos y los cansadores días bajo el fuerte sol, se vio obligado a abandonar la escuela en 1 año del Polimodal. No tenía tiempo ni para los bailes de típico chico adolescente. Su vida era el trabajo y el fútbol, y cuando llegaba a su casa, alrededor de las 20hs, iba derecho a la cama. Y así, todos los días.
Durante la 5ta, 6ta y parte de la Reserva, trabajó media jornada y después se tomaba los colectivos para llegar a Concepción. Algo inhumano. Pero no le quedaba otra. En el Verdinegro no tenía contrato y su familia apenas podía cubrir los gastos de la casa. De hecho, Nicolás contó, las lágrimas de su madre sobre el pasado que vivió la familia, que muchas veces se fue a entrenamientos o viajes con la Reserva de AFA sin haber almorzado porque sus padres no tenían plata para la comida. Lo único que le pidió al club fue en algunas oportunidades, días de descansos, y sino, se los tomaba él mismo.
Sin embargo, su vida dio un giro inesperado el año pasado cuando la mamá de su compañero de club, Franco Lepe, lo invitó a quedarse a vivir en su casa. Es ahí cuando decide dejar la cosecha y brindarle todas las energías al fútbol, que al fin y al cabo, es hoy su mayor alegría y satisfacción.
El Yagui Forestello apostó por él y el pibe cumplió. El domingo pasado, ante Argentinos Juniors, Pelaitay debutó en Primera División y lo hizo bien. Metió ritmo, quitó y se atrevió a darle un pase espectacular al “Guri” García. Los hinchas del Verdinegro lo aplaudieron, el DT lo felicitó y la prensa sanjuanina habló toda la semana de su vida dentro y fuera de las canchas.

 

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