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POR PRIMERA VEZ HABLA PÚBLICAMENTE

Doloroso testimonio de una víctima del “Loco del Sifón”

“No puede ser que él saldrá casi con la misma edad que tenía mi papá cuando lo mató”, dice Marcela Fernández, hija de uno de los dos hombres que Eduardo Adán Villavicencio (33) asesinó mientras violaba a sus mujeres, hace 14 años. Por Gustavo Martínez Puga.

Doloroso testimonio de una víctima del “Loco del Sifón”

Marcela Fernández pidió no mostrar su cara para la foto para resguardar su rostro públicamente, pero aceptó fotografiarse para Tiempo de San Juan

Por Gustavo Martínez Puga

La versión infundada que echó a rodar Miriam de Quiroga, la mujer no vidente que fue abusada por el “Loco del Sifón” mientras asesinaba a su marido, terminó poniendo claro sobre oscuro: esa víctima dijo públicamente en los últimos días que en Tribunales le habían informado que en el 2015 Eduardo Adán Villavicencio iba a empezar a gozar de salidas transitorias del Penal de Chimbas. La jueza de Ejecución Penal, Margarita Camus, desmintió esa versión. Pero sí precisó que el doble homicida y violador podría llegar a tener ese beneficio legal en el 2021, si es que mantenía la buena conducta que tenía hasta ahora y se daban otras condiciones legales. Si bien el revuelo de la falsa noticia se diluyó rápidamente en la opinión pública, para las víctimas del salvaje criminal el miedo las volvió a invadir, a llenar de bronca e impotencia y lejos estuvieron de tranquilizarse con la aclaración: “No saldrá el año que viene, pero sí lo hará dentro de 7 años, que no es nada. A nosotros la Justicia nos dijo que le habían condenado a la cárcel para siempre. Y ahora resulta que no es así”, dice Mónica Fernández.

Mónica ahora tiene 42 años, es empleada en un comercio y por primera vez habla públicamente de cómo vivieron el crimen en la intimidad, de cómo les cambió la vida la masacre de su padre, el metalúrgico Daniel Francisco Fernández, uno de los dos hombres que en el verano del 2000 Eduardo Villavicencio mató a golpes con sifones de aluminio, mientras violaba a sus mujeres.

“No puede ser que él saldrá casi con la misma edad que tenía mi papá cuando lo mató”, reflexiona Mónica. Su padre tenía 48 años cuando Villavicencio lo masacró a un costado de su cama, en el barrio Escobar, departamento Rawson. Por esos días de furia incontrolable, Eduardo Villavicencio tenía 19 años. De empezar con salidas temporales de la cárcel en el 2021, el Loco del Sifón tendrá 41 años.

Villavicencio fue condenado a reclusión perpetua ene l 2001 por los dos homicidios agravados, las dos violaciones y los robos agravados a Fernández y Quiroga. Venía de cometer abusos sexuales siendo menor y la Justicia de Menores lo liberó. El 22 de enero de 2000 mató a Francisco Quiroga (36) con el sifón de aluminio que tenía encima de una heladera. Era el esposo de Miriam, a quien abusó cuando masacraba a su esposo. Eso fue en el Barrio Sarmiento, Rawson. El 6 de febrero siguiente, en el barrio Escobar, Rawson, Villavicencio entró por una ventana sin reja, sacó el sifón metálico que tenían en la heladera y le reventó la cabeza a Daniel Fernández cuando dormía junto a su esposa, a quien también violó reiteradamente.

“Mi papá estaba separado de mi madre cuando conoció a esa mujer en un viaje a otra provincia. De ese segundo matrimonio nació mi hermanita, que tenía 13 años cuando matan a mi papá. Gracias a Dios mi hermanita no estaba esa noche porque se había ido de vacaciones a la casa de sus familiares en esa otra provincia. Nosotras –por ella y su mamá biológica- siempre tuvimos una excelente relación con la pareja de mi papá y con la hija que tuvieron, que hoy tiene 27 años. Esta tragedia nos unió aún más. Nosotros la cuidamos los días posteriores al ataque, cuando estuvo en terapia intensiva por las lesiones que sufrió. Fue un espanto. La violó hasta con el control remoto de DirecTV. Suena feo decirlo así, pero no es nada para los que tuvimos que ver cómo ese loco dejó a esa mujer”, recuerda Marcela con los ojos llenos de lágrimas.

Peor fue cuando Marcela tuvo que enfrentar la escena del crimen: “Cuando nos llamaron los vecinos para decirnos lo que había pasado, lo que vivimos al entrar a la casa es indescriptible: ése hombre había estado toda la noche en la casa, había pasado sus manos llenas de sangre y de materia fecal de la mujer de mi papá por las paredes. Tuvimos que limpiar el charco de sangre de mi papá al lado de su cama. Son recuerdos imborrables y ahora, al pensar que ese hombre va a volver a salir, me pone los pelos de punta, me da miedo y muy mucha bronca”, relata Marcela.

Después de aquella mañana del 6 de febrero del 2000, la mujer del fallecido Daniel Fernández no volvió más a esa casa del barrio Escobar, la que terminaron perdiendo (ver recuadro). Y se fue a vivir con su hija, en ese momento de 13 años, a su provincia natal: “Nadie sabe el daño que ése sujeto le hizo a esa mujer. A nosotros nos quitó para siempre a mi papá, pero a ella la dejó en la calle; ella se tuvo que ir a vivir con su familia con una mano adelante y otra atrás, porque mi papá era metalúrgico y vivían de su trabajo. Ella tuvo que dormir mucho tiempo en las casas de sus familiares hasta en el piso, viviendo de lo que le daban”, cuenta Marcela.
Recién en el último verano, esa mujer volvió a San Juan. No lo hacía desde el 2001, ya que después del hecho sólo vino al año siguiente para el juicio y después nunca más. “Estuvimos todas juntas, ella, mi hermanita, mi hermana, mi mamá, todos juntos. La relación es excelente.
Ella y mi hermanita siguen todo el caso por los medios. Están muy al tanto. Ahora, con esto que trascendió que iba a empezar a salir, ahí nomás se comunicaron para ver qué había pasado, si era cierto, qué íbamos hacer nosotras para cuidarnos”, cuenta Marcela, quien confiesa que aún tiene miedo: “A uno siempre le queda el miedo. Los primeros días vivíamos con las ventanas cerradas, estábamos asustadas permanente. Todo nos daba miedo”.

Marcela cuenta por qué se decidió a hablar ahora y no lo habían hecho en estos 14 años: “Yo estoy hablando en contra de la voluntad de mi marido y de mi familia. Pero me llena de impotencia que este hombre vaya a salir. No puede ser. Lo que él hizo es aberrante. Si llega a salir vamos a realizar marchas, vamos hacer lo imposible para que no salga de la cárcel. Nosotras seguimos todo lo que él hace ahí adentro. Es lo único que nos deja tranquilas. También dicen que en la cárcel tiene buena conducta. Y… qué creían, que ahí adentro se iba hacer el loco… claro que no. Él sabe bien que ahí adentro le conviene portarse bien, leer la biblia, si total no tiene nada que perder. Me enteré que tiene una mujer y dos hijos… increíble: ¡cómo una mujer puede estar en pareja con semejante monstruo!”.

DESTACADOS

Marcela y la pareja de su padre, víctima de la violación, siguen cada movimiento del Loco del Sifón en la cárcel: “Es lo único que nos deja tranquilas, saber qué hace, dónde está”.

La mujer violada en el barrio Escobar sigue todas las noticias del Loco del Sifón por los medios sanjuaninos, ya que ella se fue a otra provincia y nunca regresó.

“Ése hombre había pasado sus manos con sangre y materia fecal por las paredes de la casa. Tuvimos que limpiar el charco de sangre de mi padre a un costado de su casa”.

El 22 de noviembre de 2001, la Sala I de la Cámara Penal condenó a Eduardo Villavicencio a reclusión perpetua, la máxima pena prevista en el país.

Increíble: les quitaron la casa

Encima de la tragedia a la que fueron sometidas, Marcela Fernández contó que también perdieron la casa del barrio Escobar, ubicada en la calle Manuel Muñoz 2049, en la que habían asesinado a su padre y violado a su pareja.

“En eso primeros días la casa fue atacada a piedrazos, indudablemente por los que defendían a ése hombre –Eduardo Adán Villavicencio-. Entonces se fue a cuidarla un amigo de mi papá. Después de que la pareja de mi padre salió de Terapia Intensiva estuvo viviendo un tiempo en mi casa, hasta que decidió irse a su provincia, porque no podía seguir aquí por los miedos que tenía. Entonces un conocido de la familia ofreció irse a vivir a la casa hasta que nos reacomodáramos. Hasta ese momento, como era recién entregado el barrio Escobar, mi papá sólo tenía el papel de la tenencia precaria que dan cuando entregan las casas del IPV. Así pasó el tiempo y, cuando quisimos ir a hablar con el hombre que se había ido a vivir, supuesto amigo de la familia, para ver si podíamos hacer una transferencia por otra casa de otro lugar, al menos para que mi hermanita –hija de la mujer violada y de Daniel Fernández- tuviera un techo para el día de mañana, el tipo nos salió con que ya era de él. Nos enteramos que tenía un contacto en el IPV y había hecho que le dieran la tenencia. Y así fue que perdimos la casa”.

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