El rechazo es lo que marca la triste historia de la transexualidad. Cada vez que una persona se autopercibe como transexual, se enfrenta con una serie interminable de desafíos que impone la sociedad heteropatriarcal. El reverso a eso es la lucha. La batalla a la que se ven obligados cada uno de los integrantes de la comunidad. En San Juan, pocos hicieron tanto como Camila Moreno. Miembro y activista trans. El último logro: jubilarse. Es la primera en la historia de la provincia.
Camila es peluquera. Tiene 37 años de experiencia en el oficio que aprendió en Mendoza, donde encontró refugio contra la rígida y exclusiva moral sanjuanina de 1980. Vive en Rivadavia, en la casa de sus padres, ya difuntos. Ellos nunca la discriminaron. Tuvo el apoyo total de su madre. Pero la relación con el padre no era del todo buena. "Me masticaba, pero no me tragaba, como el dicho", dijo a Tiempo de San Juan. Tuvo vivencias difíciles pero no las reconoce como tal. Fueron desafíos que afrontó.
Dejó la escuela secundaria a los 18 años. No terminó por el constante acoso escolar que sufría. Camila siempre supo que era trans desde niña, pero el proceso para asumirlo demoró. "Me costó hacer clic", contó. Cuando pudo expresar su sentir, no sólo a otros, sino a sí misma, se fue a la vecina provincia. Trabajó de todo. Nada sexual. El estereotipo laboral que se le impone a la comunidad no le afectó. Inició sus estudios en peluquería. De la mano del conocido coiffeur Miguel Ángel Izaguirre aprendió el oficio con el que se ganó el pan día a día.

El peor momento que pasó fue un abuso sexual en las calles mendocinas. Un hombre se abalanzó sobre ella e intentó violarla en la vereda. La experiencia más traumática. Sobre todo porque nadie la defendió. Tuvo que escapar sola. Es un hecho que recuerda sin vergüenza ni bronca. Pero al que respondió con hechos concretos para que nadie tenga que pasar por esa aberrante experiencia. De regreso en San Juan generó un cambio inédito. Con la camiseta militante, junto a compañeras que conoció en el camino de lucha, escribió un proyecto para reformar el código contravencional de la provincia. Una proeza que no tiene los créditos que merece.
En San Juan, como en otras partes del país, antes de los '90, las personas trans no podían transitar la ciudad con ropa de mujer. Bajo la óptica de ese entonces, la ropa debía coincidir con el sexo genital. Por eso, Camila inició tratativas con un grupo de diputados locales que tomaron el proyecto y lo convirtieron en ley. Tras años de opresión, los cuerpos eran un poco más libres. Al menos podían caminar o hacer trámites sin miedo de terminar en el calabozo. Con el envión, fundó la Asociación Civil Acercándonos, destinada a asistir a chicas transexuales en la provincia.
Camila se define como una emprendedora. La jubilación es gracias a eso. No hubo aporte. Hubo derechos. Como parte del programa Potenciar Trabajo, los años de marginación del sistema previsión se transformaron en años de aportes. "Yo no sabía que funcionaba así, no me lo esperaba. Funcionarios me dieron una mano con el papeleo", comentó. Un acto de justicia para la mujer trans que organizó el primer encuentro de la comunidad LGBT en San Juan. "Vinieron de todas partes del país", dijo.
Sin embargo, pese a la conquista individual de su jubilación, lo que más reivindica es la ley de Identidad de Género del gobierno de Cristina Kirchner. Aunque está al último, fue lo primero que mencionó en la breve entrevista a este medio. Un hito fundamental. El corolario de las luchas de miles de Camilas.