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análisis

Las reflexiones de la fiesta

Se ha dicho en la previa que debió haberse suspendido el festejo ante el drama de los inundados. Una humilde mirada en contra de cualquier freno. Antecedentes, enfoques y la tentación de apagar el fuego con nafta. Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan

De modo informal y hasta en generoso despliegue radiofónico hubo en la previa, cuando el telón aún no había sido levantado, opiniones variadas sobre la conveniencia de parar el festejo de una Fiesta del Sol antecedida y acompañada como nunca por las nubes, la lluvia y el drama de gente sin casa.
Suele pasar lo mismo cuando se destinan fondos públicos para la cultura y el arte –u a otros espacios públicos considerados laterales por la mirada librecambista-, y arrecian opiniones intentando frenarlo bajo el argumento de que falta gasa en el hospital. Hoy ya no falta gasa como tiempo atrás, hay galpones llenos de insumo hospitalario. Pero faltan otras cosas y, lamentable es afirmarlo de manera descarnada pero conviene hacerlo para evitar engaños, siempre faltará. Aún en el proceso político más equitativo, redistributivo y sensible a demandas de los sectores más necesitados.
Con idéntico criterio, y apenas apelando a una cuestión de escala, podrá señalarse. ¿Por qué se siguen celebrando grandes fiestas en el obelisco y la Plaza de Mayo, que demandan grandísimos presupuestos, en lugar de destinar esos recursos a la gente que pasa miserias? ¿Por qué se gastan fortunas en la televisación del fútbol para todos, y no se destinan los fondos a los que no tienen trabajo?
Porque gente en la miseria o sin trabajo sigue habiendo, cierto es que cada vez menos y a favor de un proceso político que ha conseguido rescatar a miles -millones- de esos bordes. Y fiestas públicas –aún nacionales, porque parece que sólo las provincias pequeñas “dilapidan” dinero público en celebraciones populares- también sigue habiendo. Entonces, la cuestión es de escala: a partir de qué nivel de desempleo o de necesidades básicas insatisfechas se comienza a habilitar el derecho de esparcimiento y de sonrisas en estas fiestas. Con estricto rigor, habrá que ver quién pone la vara y en qué lugar. Es materia opinable, pero la vara debe ser siempre la misma.
Hay en la historia, en la más remota y la más reciente, claros ejemplos de coincidencia entre celebraciones con crisis, económicas o institucionales. De estas últimas es la de diciembre pasado, cuando arreció la extorsión policial y el país fue por algunas horas tierra liberada por las fuerzas de seguridad, en la crisis más grave al respecto que se recuerde. En esos mismos días estaba prevista la fiesta de celebración por los 30 años de democracia, y hubo especulaciones variadas con que sería suspendido. Y no, todos los artistas previstos subieron a escena ante el gruñido de la cátedra “institucionalista”, y lo bien que hicieron. Y todos cobraron su cheque –nada barato-, y lo bien que hicieron.
Aquel 25 de mayo de 2010, el gobierno de CFK estuvo sometido a una presión política inédita que la daba por renunciada y le criticaba hasta por el cierre de calles en la 9 de Julio. En medio de esa horda con claras motivaciones de desestabilización, habrá habido alguien con un reclamo justo, que involucrara dinero público. Igual –pese a que seguía habiendo indigentes y desempleados- se gastaron montañas de millones de pesos en una fiesta a todo vapor. Lo bien que hicieron.
Por ir más acá a las fiestas provinciales, la que por diseño está muy emparentada a la sanjuanina Fiesta del Sol, la vendimia mendocina. ¿Quién no recuerda los tiempos de crisis profunda del 2001 que llevaron a Mendoza a romper el chanchito de las regalías petroleras y a entrar en un endeudamiento que hoy mantiene? Esos sí que eran tiempos de gente en las banquinas, y la Vendimia siguió demandando su parte del limitado presupuesto mendocino para su fiesta con mayúsculas.
Más conveniente parece ser a ojos de quien suscribe separar la paja del trigo. La inversión pública en una fiesta popular no implica quitarle recursos a los presupuestos sociales, de salud o la educación. Y la gestión a lo largo de los años de un evento por excelencia que pueda unir, reflejar identidad y servir como distracción hasta en formato de kermesse es también una función de funcionario público como lo es la gasa de los hospitales.
Luego se puede gustar más o menos del formato elegido, se puede criticar o elogiar el enfoque, se puede sentirse reflejado o no por el abordaje artístico. Lo que no parece oportuno es poner en el medio a un grupo desfavorecido de la sociedad al que toca siempre atajar los penales: si faltan palos o nylon habrá que reclamarlos, no será por culpa de la fiesta.
Menos aún cuando la desgracia climática operó muy sobre el filo de la fecha, señalada en el almanaque para la Fiesta del Sol desde hace un año. Y que tiene todos sus gastos contractuales pagos o comprometidos: el artista que vino, ya vino; el que alquiló fierros ya los alquiló; y así. Poco o nada será entonces lo que se hubiera ahorrado con una suspensión. Lo mismo para los cientos de interesados en el sector privado, que ya construyeron sus stands y asumieron compromisos comerciales de los que no se vuelve.
Bajar, eso sí y fue lo que ocurrió, el espíritu festivo para no incurrir en faltas de respeto a los más damnificados. Pero siempre entender que aún para ellos, una fiesta no les devolverá lo perdido y sí puede funcionar como aspirina para el ánimo. Fue el caso de Ciro, quien dedicó una hermosa canción de Los Piojos a los que peor la están pasando y comprometió ayuda en una colecta adicional durante su soberbia presentación en el predio ferial el miércoles por la noche. Claro, para que eso ocurriera hizo falta que hubiera fiesta.
En términos generales, y más allá de algún caso puntual, no pareció haber sido remolona la reacción de la provincia y de la Nación en el aterrizaje de ayuda a las víctimas de una desgracia climática que desbordó cualquier capacidad de imaginación. En San Juan hubo un inmediato despliegue mediante un operativo de emergencia diseñado el fin de semana en reunión de gabinete, mientras que CFK envió a la provincia a dos de sus funcionarios más importantes –Jorge Capitanich y Diego Bossio del Anses- para anunciar de inmediato el redoble de la asistencia en jubilación y AUH para los damnificados.
No es poco, aunque es cierto que la dimensión del problema resulte gigante. Ni son fáciles o mágicas las respuestas. El agua baja y deja consecuencias, todas reparables si es que el punteo de daños no arroja víctimas mortales. Y al tamizar el reclamo, surge como el más potente el de viviendas. Justo, una realidad innegable, tanto como que la gestión de éstos últimos años de Gioja y los K –además de hacer fiestas- ha construido en San Juan un record histórico de viviendas en 10 años y erradicó más de 80 villas que si hubieran seguido allí habrían agravado el drama de un temporal histórico. Para tener una radiografía completa.
Si hubiera faltado algo en el operativo de emergencia oficial por los inundados, es un error buscarlo en la Fiesta del Sol. Suele ser tentadora la perspectiva de suponer que uno quita recursos al otro, pero no es lo que ocurre. En el terreno de juego, la gente se expidió de modo contundente y llenó el predio aún en los días que pintaban más flojos.
Una bendición para tantos trabajadores ocasionales, por si hace falta recordar que no son tiempos fáciles no sólo por el clima meteorológico sino también por el clima económico. Es larga la lista: promotoras, vendedores ambulantes, comercios de comidas, carpinteros, electricistas, cuidacoches, empleados surtidos, y largos etcéteras.
¿Qué hubiera ocurrido con la fiesta suspendida? Quedaría una larga hilera de artistas sin cobrar –si es que se persigue el fin de endosar el presupuesto-, muchos de ellos locales que tienen ahora una changa para tirar buena parte del año. También cientos de proveedores de servicios o insumos. Justo ahora, como apagar el fuego con nafta.

 

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