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opinión

El final de la inocencia

La sola mención de una periodista envuelta en actos criminales conmociona. Desde curas a médicos, y desde políticos a barrabravas, nos acostumbramos a que ellos sean la noticia criminal. Pero… ¿una periodista? por Daniel Soler.

Por Redacción Tiempo de San Juan
La sola mención de una periodista envuelta en actos criminales conmociona.
Desde curas a médicos, y desde políticos a barrabravas, nos acostumbramos a que ellos ocupen la tapa y la noticia criminal. Pero… ¿una periodista?
 Impresiona el doble si con esa periodista compartimos vivencias de facultad, y también porque  el primero en imponer el circuito corporativo recordando “ES PERIODISTA, HAY QUE DEFENDERLA” y salió públicamente a decirlo es Juan Carlos Maliz.
Todo en mi cabeza  vuelve  irremediablemente a 1986, el primer año de facultad en el que los conocí  y en el que también perdí la inocencia sobre los medios, el periodismo y la comunicación.
 En ese primer año, mientras muchos se quedaban en el aula algunos salimos a mendigar oportunidades de aprender, sin paga, pero que dejaran mirar y escuchar y hacer, y lo primero que aprendí vino en forma de reproche.

-(Grito de Lucho Román)"¿Quién te pidió que apretaras a los candidatos? ¡¡¡Solo debías poner el micrófono!!! Sentenció.

¿Qué podía saber yo de visitas preelectorales  y coberturas pactadas? Yo quise ser inquisidor, audaz, incómodo.
Ahí nomás, seguido, la segunda oportunidad.
Por costumbre, los oyentes canalizaban sus quejas en el medio antes que a los organismos pertinentes, y los funcionarios se debían a las urgencias de los medios antes que a sus propias necesidades. (Increíble pero real, la agenda era del medio. El periodista era el bueno, vendía sensibilidad. Y, como contraparte mala, fría y necesaria del relato estaba la burocracia, el funcionario, la política, los políticos y los gobiernos).
Mi oportunidad de junior a héroe llegó de la queja de una señora sordomuda que no recibía su caja PAN.
Fui  personalmente con ella, amenacé, grité, prepié, hasta que hicieron venir a  Juan C. Maliz a la institución para ofrecerle una respuesta y éste me palmeó la espalda mientras  pasaba a la oficina del responsable general. Entre susurros me dijo: "Che pibe, le escapaste, el circo está frente a la Terminal".
 La mujer en cuestión era un personaje reconocido por todos menos por mí, una discapacitada mental que casi vivía en esos galpones, una clienta diaria, contenida millones de veces con módulos alimentarios, habitacionales, y que así como el trompito anda girando a la deriva por la calle, su pasatiempo era quejarse por las tres únicas radios de San Juan en ese momento y con la misma nota ajada por años.
Yo un imbécil, caradura, ególatra,  ignorante, imprudente,  caprichoso, y muy peligroso por sentirme periodista (primer año de cursado) y por la cercanía real a un micrófono con su capacidad de fuego. Era Minguito, perdón,...menos. Y sentí vergüenza, fin de la inocencia.
Desde entonces, advierto con facilidad esa caricatura del genial actor dando vueltas, ocupando el espacio profesional de los periodistas y hasta en medios importantes, con portación de rostro, con impostación de tonos, fingiendo erudición, con formación generalista sin profundidad en nada, intentando imponer su perfil por sobre el protagonista, teniendo más respuestas que preguntas,  confundiendo su consulta al poder con sentirse poderoso, empalagado en su propio tono y perdiendo la oportunidad de escuchar una verdad.
Para estos, para las caricaturas, perder la oportunidad de figuración es un caos, un fuera de sistema complicado que por lo general no se resuelve desde la humildad de reconocer errores casi siempre lo intentan desde la impertinencia de exigir respuestas, incluso extorsionando, porque sino “te hago un buraco así”.
Quise volver a esos recuerdos para terminar de definir y definirme 27 años después frente a ese inconsciente idealizado del periodista: “Figura heroica y neutral” que pocas veces encontré en nuestra provincia. Y me alegra también que de aquella disputa, interna entonces, ahora se hizo  grande, cultural, evidente y generalizada.
La política ganó el centro de la acción y no recibe recetas fáciles escritas por periodistas que saben menos.
Por suerte ya nadie lee con inocencia, ya no se pueden esconder intereses privados en eufemismos de “consensos” o de “la calle dice”, ya no se moldean opiniones antojadizas en las mansedumbres de audiencias y se acabaron los espacios de lobby asegurando el éxito de la encrucijada e intereses  juntando sólo tres cabezas.
Una identidad honesta, el me planto aquí, favorece y exige el crecimiento de medios y audiencias, y ayuda a una sociedad en sus diferencias, en sus ciclos y en su proyección de futuro. Pero esto se logra sabiendo, definiendo, argumentando.
Todos tenemos jurado a la vista y en el acto por las redes sociales, en el posteo de una noticia, en el debate con el periodista, en el juego abierto del conocimiento.
Se restringió la improvisación, la sanata y los sanateros.
 La defensa corporativa, atrasa, envilece, no dignifica.
 Lo de la Petu (así le decíamos en  la facultad) o Alejandra Ruiz, ruego que no sea cierto. De ella podremos criticar una excesiva postura de diva, tener alma de Minguito, llenarse de conductas grandilocuentes para una periodista en formación que se expuso a la gran audiencia y declinó, pero de ahí, a ser una criminal, hay un abismo importante y muchas libertades en juego.
 Que no se haga verdad.

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