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Historia de vida

Travesti y jefa de cuadrilla

Vilma es una de las trabajadoras más antiguas y conocidas de la Agrupación Virgen de Fátima, donde dice que la contienen y nunca la discriminaron. Por Miriam Walter.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Miriam Walter

En su documento dice que se llama Eduardo pero todos la conocen como Vilma. “Así me llamo desde los 18, cuando conocí a unos chicos que me bautizaron así, y todos me conocen con ese nombre”, afirma. Vilma es travesti y una de las más conocidas trabajadoras de la Agrupación Virgen de Fátima, donde cumple funciones como jefa de cuadrilla. “He tenido gran cantidad de hombres en mi cuadrilla, sobre todo jóvenes, pero siempre me han tratado con mucho respeto. Porque yo no soy de tenerlos como esclavos, de darles órdenes, sino que trabajamos todos juntos, yo voy con el tacho regando las calles a la par de todos”, dice, mientras conduce en las tareas a un grupo de regantes del barrio Virgen de Fátima.

Vilma dice que la agrupación piquetera siempre le abrió las puertas y que le dio una oportunidad de trabajar, sin discriminaciones, porque en esa organización chimbera, que hoy tiene alrededor de 4.000 seguidores, “hay de todo, otros dos travestis, unas lesbianas, todos trabajamos cómodos”, asegura, quien es una de las obreras más antiguas de la entidad, con 10 años prestando servicios.

“Yo siempre me sentí atraída por los varones, de chica jugaba con las muñecas, pero mis padres no lo entendían”, cuenta. Pasó su infancia en Rivadavia y tiene 7 hermanos, de los cuales solamente dos la aceptan tal cual es. Se viste de mujer desde que era adolescente y hoy tiene 52 años. Pero no fue hasta los 48 que se hizo implantes de senos: “Antes no me animaba, pero ahora me doy cuenta de que está bien”, asegura.

Llegó hasta tercer año en el Secundario. “En la escuela no tenía problemas, pero ahora sí con algunos vecinos en mi casa de Santa Lucía, pero yo no les doy mucha información”, cuenta. Vive en la misma casa con dos de sus hermanos y una sobrina que tiene un bebé. “Todos me aceptan pero mis hermanos no me llaman Vilma”, asegura.

A los 18, hizo el servicio militar en un destacamento de Uspallata, Mendoza.  “Cuando me dijeron que me tocaba me dio miedo de todo lo que decían que me podían hacer, pero me trataron muy bien, nunca me discriminaron”, asegura. De hecho, es una defensora del sistema: “Debería volver el servicio militar, porque ahí yo aprendí muchas cosas, el orden, el respeto”, reflexiona.

De chica, trabajó en una panadería y en una peluquería. “Yo hago lo que sea, bijouterie, artesanías, ahora quiero hacer un curso de metalurgia”, cuenta. Con las uñas pintadas de rojo y el rostro maquillado, trabaja en el barrio Virgen de Fátima de lunes a viernes de  8 a 12, como encargada de una cuadrilla de una decena de personas. Todos cobran un plan nacional PEC de 750 pesos al mes. “A mí no me importa la plata, sino que me acepten tal como soy.
Acá en la Agrupación siempre me dieron la posibilidad de realizarme, he tenido a mi cargo 3 ó 4 cuadrillas juntas y hombres y mujeres por igual y nunca me faltaron al respeto”, asegura. “He tenido muchos jóvenes en las cuadrillas y yo les decía que no anden mucho por la calle, que yo he visto lo que pasa, les digo que deben agradecer lo que tienen, cómo los tratan, porque yo he pasado muchas épocas, pasé los militares, y les digo que se cuiden mucho. Me tienen como una especie de consejera”, dice.

Su función es regar con unos tachos la arboleda y el ripio de una de las calles del barrio Virgen de Fátima. En esa labor y otras hay alrededor de 300 obreros que cobran los PEC, organizados en cuadrillas de hasta 70 personas, dijo el encargado general de los trabajos.  Vilma es del círculo de confianza del líder piquetero Carlos Gómez, quien la muestra como un ejemplo dentro de su heterogéneo grupo de seguidores. “Donde me mande Carlos Gómez, yo voy, a limpiar las calles, cuando hay ciclismo, lo que haga falta”, resume ella.

“Yo llegué a la Agrupación por otra amiga travesti que es la que hizo la placita. Ella ya no está. Acá me recibieron bien desde un principio”, cuenta Vilma. Por las tardes, hace peluquería a domicilio y cuida a un anciano. “Los hijos saben que soy travesti y todo bien, porque lo cuido bien al señor, pero él no sabe, no se dio cuenta, y está bien así”, confiesa Vilma.

Mientras charla con otros obreros al rayo del sol,  posa orgullosa con su carnet de jefa en el pecho y dice que quiere trabajar de encargada de cuadrilla todo lo que pueda.  “Porque acá me siento bien. Y estaré hasta que Dios diga ‘basta’”, asegura.

 

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