La catástrofe natural terminó con la vida de unos 10.000 sanjuaninos -número que está en discusión por investigadores actuales, principalmente Juan Arancibia, que estiman que fueron cerca de 3.500 víctimas fatales- y evidenció que la provincia sufría una dura crisis institucional. Ni políticos ni militares estuvieron a la altura de las circunstancias durante las primeras horas decisivas posteriores al terremoto.
El interventor de turno, David Uriburu, que arribó a San Juan el 10 de enero, llegó con la intención de hacer prácticas de montaña con el Regimiento de Infantería de Montaña 22. Asumió en el cargo el jueves y el sábado, luego del movimiento sísmico de Magnitud 7,4, escapó de la provincia. Pero no renunció hasta el 28 de enero. Son datos de la investigación del historiador local Rubén Guzmán.
El Gobierno nacional de facto, que estaba en manos del general Pedro Pablo Ramírez, envió a un compañero de armas de confianza, parte del Grupo de Oficiales Unidos (Gou), el coronel José Humberto Sosa Molina. Asumió recién el 31 de enero. Entretanto, el RIM 22 tomó el control de la situación. Declaró la Ley Marcial para combatir los robos y violaciones que ocurrieron horas después del terremoto. Mientras algunos lloraron a sus muertos, otros aprovecharon para delinquir.
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El cadáver de un sanjuanino luego del terremoto de 1944.
El 15 de enero, en San Juan, no había médicos. Todos, incluso los hermanos Federico y Aldo Cantoni, estaba en Mendoza, en un torneo de médicos argentinos. Retornaron después de varias tareas exploratorias del Gobierno mendocino, que envió una dresina -zorra de los ferrocarriles- a constatar que las vías estuviesen en buenas condiciones para soportar vagones con los profesionales y con insumos.
Naturalmente, Mendoza tembló con San Juan esa noche de sábado. Pero la menor intensidad y la fortaleza de sus construcciones causaron que no hubiese daños. Las autoridades de la vecina provincia tomaron conocimiento de la tragedia y enviaron una misión con un solo hombre a visitar San Juan. Llegó en avión durante la madrugada. Bajó en Pocito y preguntó a un vecino: "Dónde está San Juan", porque en esa época no existía una casco urbano en los departamentos, sólo en la zona del centro y Concepción.
Entre el piloto y los hombres que se transportaron en la zorra por las vías dieron un panorama del desolador escenario que encontraron en San Juan. Poco a poco, los médicos volvieron y las ayudas nacionales e internacionales -principal y casi únicamente de Chile- llegaron durante los días subsiguientes. Cuando Sosa Molina tomó el mando, lo peor -en términos de tragedia- ya había pasado. Pero, en términos de reorganización institucional, recién empezaba.
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Desde adentro, la Catedral de San Juan post terremoto. Fuente: archivo historiador Rubén Guzmán.
La Plaza 25 de Mayo concentró todo el movimiento sanitario, militar y político. Tal como en los diseños coloniales, la Casa de Gobierno, la Legislatura, la Catedral y la Jefatura de Policía estaban alrededor del principal espacio verde de la provincia. Una vez que eso quedó destruido, todo se volcó a la plaza. Hubo un episodio que ilustra bien el descontrol del momento. Una médica, recién llegada de Mendoza, atendió a muchos sanjuaninos en la Plaza 25. Pero había un detalle: a los muertos, les quitaba los anillos y collares de oro. El resultado: fusilamiento inmediato por robo.
La situación se sostuvo así por meses. El presidente de facto Ramírez visitó San Juan para dar calma y hacer promesas. "Vamos a construir un lugar modelo, una ciudad jardín, antisísmica, segura de los embates de futuros terremotos", dijo ante los militares y la ciudadanía. Al mismo tiempo, el secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, envió ayuda de manera directa y luego colaboró con la organización del festival a beneficio de San Juan en el Luna Park, con la participación de artistas y famosos de la época. Es el hecho seminal del peronismo. El momento que afianzó la relación entre Perón y María Eva Duarte.
En palabras del entonces secretario de Trabajo: "Me parece que Hugo del Carril se disponía a cantar cuando advertí que alguien se sentaba a mi lado. Miré y descubrí su sonrisa y los ojos más radiantes del mundo. Eva había llegado y, desde ese día, no se apartaría jamás de mi lado".
Más adelante, Perón contactó a un grupo de arquitectos que vieron en San Juan la posibilidad de una experiencia modelo que respondiera a necesidades de la población, que transformara el paisaje y la manera de actuar del Estado. Planearon trasladar a los habitantes y construir una nueva ciudad y una nueva forma de vida, repensando su estructura productiva, para hacerla más equitativa. Pero no sucedió. Todo lo contrario.
Así como el terremoto en San Juan unió -por así decirlo- a Perón y Evita, también fue el punto de partida del antiperonismo más excesivo, que también buscó usar la provincia para mostrar su proyecto.
Hay que recordar algo. La provincia -liderada por los hermanos Cantoni- fue usina de ideas progresistas y reflejó -como pocas- el conflicto entre las élites y los sectores populares. El mejor en explicarlo es el investigador Mark Healey, que escribió la biografía política del terremoto.
"San Juan era un lugar muy dividido políticamente, con ideas políticas de avanzada como las reformas laborales, el voto femenino, un laboratorio muy peleado que, después del terremoto y la reconstrucción del mundo social y político, se convirtió en un lugar más apacible y mucho más igualitario, donde los derechos sociales se hicieron valer mucho más, y la política perdió pasión. Quiero decir que ya no es cuestión de tiros pero tampoco de expectativas..., la provincia se adaptó a ser la cola de un proceso más amplio. Si antes del terremoto San Juan fue tierra pionera en muchos sentidos, después sufrió cierto desfasaje. Digo, los años ’50 y ’60, que no están precisamente marcados por la estabilidad o la convivencia a nivel país, San Juan los pasa tranquilo. Y esto también se lo debemos al terremoto, casi como un efecto necesario", escribió.
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En otras palabras, San Juan fue el laboratorio de lo que actualmente conocemos como grieta. El terremoto de 1944 dinamizó el proceso de división. Basta recordar el plan de reconstrucción de Perón y Ramírez. Es el contrapunto principal. Las élites bodegueras de la provincia detuvieron ese plan. Eligieron otro, muy distinto. Un dato no muy conocido es el lobby bodeguero. Ni bien el ministro del Interior del presidente de facto llegó a San Juan, los apellidos ilustres -Graffigna, Aubone, Barassi, Del Bono- de San Juan lo recibieron con tres exigencias.
Según Healy, "primero, que el gobierno debía inmediatamente resarcir todas sus pérdidas. Segundo, que debía ponerse a reconstruir sus casas y bodegas caídas, emitiendo bonos patrióticos para financiarlo si era necesario. Tercero, que debería inmediatamente hacer una leva para llamar 50 mil soldados más para venir a trabajar a costa del gobierno a levantar sus bodegas y sus viviendas". En la Argentina de entonces sólo había 35.000 obreros en el Ejército en todo el país. Era imposible. Pero esas exigencias, más adelante, se transformaron en una oposición al secretario Perón.
"A dos semanas de conocer la propuesta del traslado, ellos escribieron su propia contrapropuesta diciendo que el traslado significaba desechar tres siglos de historia, de importantes intereses espirituales, políticos y, sobre todo, materiales, en nombre de un proyecto a sus luces espurio", especificó Healy.
Por eso, propusieron que "en vez de repensar la provincia, en vez de repensar la estructura física y social de la sociedad, solamente hacían falta casas más duraderas. Entonces el enemigo no eran las viejas maneras de construir, o una estructura social problemática; el enemigo era simplemente el adobe y la solución sería el hormigón".
Mientras tanto, la ciudad que, de acuerdo a las palabras del historiador Guzmán, "era una gran villa miseria", no detuvo su marcha. Los sanjuaninos arrancaron a construir sus casas ni bien pasaron algunos días del terremoto. No había que perder. Eso generó que el esquema de organización fuese aún peor. Las viviendas eran edificadas de la manera más precaria y rápida posible. El Estado nacional envió ayuda habitacional. Pero no sólo fue insuficiente, sino que era muy chica. Los módulos eran casetillas con algunas ventadas. Nada más. Quizá en términos políticos y arquitectónicos hubo una reconstrucción de San Juan. Pero en términos de vida cotidiana, San Juan nunca dejó de construirse. No hubo tal hiato. La gente levantó casas sobre los escombros casi inmediatamente.
Los interventores militares pasaron. De Sosa Molina a Juan Berreta. Perón tuvo un paso fugaz el 9 de septiembre de 1944. Tomó contacto con Berreta, con el secretario General de la Federación Obrera Sanjuanina, Ramón Washington Tejada, y con el delegado de la Secretaría de Trabajo y Previsión, Ruperto Godoy. Los dos últimos, fundadores del Partido Laborista, estructura que impulsó al general a la presidencia. Luego hubo más interventores de nombres menos importantes. Hasta que llegaron las elecciones de 1946. Perón perdió en San Juan. Ganó la Unión Democrática. Pero el peronista José Alvarado se transformó en gobernador. La provincia era refractaria a la figura del general, no de sus representantes locales.
Entre las resistencias de las elites sanjuaninas y el armado sindical peronista provincial que sólo hizo foco en la justicia social, la reconstrucción está en veremos. Los sanjuaninos y, sobre todo, los enemigos del peronismo en el país, entonaron cantitos del estilo: “Perón, Evita, dónde está la guita, que San Juan la necesita”. El historiador Guzmán aseguró que buena parte del dinero de la colecta benéfica del Luna Park nunca llegó. La actividad la capitalizó la Asociación de Actores y se quedó con los fondos.
El Gobierno de Juan Perón ayudó muchísimo a San Juan. Pero las trabas de la política interna aletargaron hasta al cansancio a la ciudadanía. De acuerdo a los datos de Guzmán, el plan de viviendas que empezó el secretario de Trabajo no pudo terminarse. Hasta 1956 sólo se construyeron 200 casas. Incluso las familias adineradas de la provincia vivían en barrios de emergencia (obvio en las mejores casas).
Por el contrario, lo que no pudo el peronismo, lo pudo la Revolución Libertadora -bautizada como fusiladora- que encabezó el general Pedro Eugenio Aramburu. La dictadura pudo mostrar logros en San Juan. El presidente de facto visitó la provincia en el decimosegundo aniversario del terremoto. Hizo gala de su retórica: "San Juan sufrió dos terremotos, primero el material y después el espiritual", en referencia a los gobiernos locales que estuvieron representados por peronistas como Godoy.
Healy lo explica así: "Aramburu invirtió una cantidad de dinero importante en lo que faltaba para la reconstrucción de la ciudad. Intentó reeditar el éxito de Perón en el '44, en el sentido de hacer de esto un símbolo para todo el país, volver a hacerlo un lugar modélico. Y lo más denso es que en alguna medida lo logró, y fue casi lo único, porque sabemos que la Libertadora no tiene otros logros elogiables". San Juan hizo tributo a eso: el barrio más grande de Rivadavia tiene el nombre del dictador.
Siguiendo los datos aportados por Guzmán, durante el gobierno de facto de Aramburu, en la provincia hubo un crecimiento exponencial de edificación de viviendas: unas 10.000. Frente a las 200 del periodo anterior.