Conoce de ida y vuelta Roberto Lavagna a San Juan. A la provincia, a sus dirigentes, a sus lógicas de navegación. A sus obras públicas, más que nadie.
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SUSCRIBITEConoce de ida y vuelta Roberto Lavagna a San Juan. A la provincia, a sus dirigentes, a sus lógicas de navegación. A sus obras públicas, más que nadie.
Visitó y recibió delegaciones durante años que iban a golpearle la puerta de la oficina, cajas de vino en mano. Puso cara de póker ante cada mangazo, fue el duro de una película en la que Néstor Kirchner jugaba el rol del bueno y generoso. Volvió a caminar las calles con otras juntas, cuando la dinámica política nacional lo puso a confrontar con Cristina como postulante a presidente del …. Radicalismo. Lo acompañaron en aquellas caminatas varios de los dirigentes radicales de San Juan que hoy se enrolan en Cambiemos.
Fue el factor determinante en la resolución favorable de dos obras públicas sanjuaninas que hoy se lucen el paisaje del río. Los diques Caracoles y Punta Negra, caídos en tándem bajo el naufragio de la Alianza De la Rúa-Avelín, con subsidio nacional cobrado por la provincia y a punto de ser derivado a pagar sueldos públicos, cuando apareció una ingeniería licitatoria salvadora que impidió un nuevo concurso de la mano de una empresa que mantuviera los derechos adquiridos ante la estampida de AES del país. No fue magia.
Ahora, muchos años después y con mucha agua pasada bajo ese puente, sobreviene la sensación de que a medida que se agudiza la crisis de deuda del país, crecen los enteros de Roberto Lavagna. Ya sea en condición de postulante presidencial, como a eventual concejero del próximo gobierno.
Cualquiera sea -peronista más allegado o más alejado, radical o cambiemista- el horizonte que se plantea sobre el futuro inmediato de la próxima gestión, apenas arrancar el período. Que se iniciará en diciembre del 2019 junto al fin de los desembolsos del FMI y el comienzo del repago de la deuda –tanto con los organismos como con los acreedores privados de bonos- y que impone una casi segura renegociación ante lo pesado de esas obligaciones, con o sin default.
Es decir, un tablero demasiado similar al que afrontó el propio Lavagna junto a Kirchner y Guillermo Nielsen, para ofrecer en ese entonces un pago con quita de hasta el 60%, no exento de tires y aflojes al borde del precipicio. Y que finalmente significó la salida del espiral de endeudamiento para comenzar con el ciclo virtuoso de desendeudamiento y crecimiento.
Puede dormir allí alguno de los secretos por los que el sanjuanino Sergio Uñac definió la semana anterior que Lavagna es su candidato presidencial preferido, a medida que esa relación inversamente proporcional entre la crisis de deuda y las chances reales del economista se fortalecen.
Y, sin que nadie lo diga, con la carta guardada de una parábola inversa: que el que llegue con chances al año que viene no sea Lavagna sino el propio Uñac, por esto de las dinámicas de un país impredecible a un año vista y la ventanita de 20 días entre la elección para gobernador en San Juan y la inscripción de fórmulas presidenciales, y entonces podría arder en ese escenario la chance de una reciprocidad.
Lavagna convive entre cierta ausencia de protagonismo en las primeras líneas informativas y la aureola de ser un inobjetable tanto en materia de convivencia política con sus pares como en consejería económico-financiera, en especial si se trata de un episodio grave de endeudamiento como pinta la cosa.
La primera de esas dolencias puede no ser un defecto sino una virtud, si lo que pretende es llegar vivo a la recta final del año próximo. Lo segundo lo habilita tanto como figura fuerte como en un rol co-estelar.
No reporta entre los presidenciables de los que se habla todos los días en el peronismo. Pero ha recibido un par de respaldos pesados: el de Eduardo Duhalde –a la postre, el primer presidente en convocarlo para la salida de la crisis del 2001- y el de cierto grupo de la CGT. No hay datos de respaldo públicos de algún gobernador entre los importantes, hasta que apareció la carta jugada por Uñac.
El otro atractivo que contiene el apoyo del sanjuanino hacia el ex ministro es una posibilidad nada despreciable que ofrece: correrse de la línea de fuego entre dos fuerzas que orejean la baraja para convertirse en el clásico peronista de este proceso electoral. Lavagna no es ni Cristina, ni Massa, a quienes no desprecia –y menos en público- pero tampoco abraza con pasión.
Y menos, si se computan todos los efectos laterales que significarían reportar en alguno de esos bandos. El que se inclina por la ex presidenta pierde automáticamente la simpatía de un amplio sector peronista ubicado del otro lado, lo mismo que le ocurre a quien se inclina por el ex intendente de Tigre.
Massa concentra también a un amplio espectro el “peronismo perdonable” (al decir del Turco Asís), que reúne a gobernadores no kirchneristas como Uñac pero que no consigue alumbrar a un referente presidencial lanzado que germine. En principio, apostó sus fichas sobre el salteño Juan Manuel Urtubey, quien aún no hizo remontar el barrilete más allá de los brillos de su vida palaciega y su esposa actriz. No abundan los que sigan teniéndole fe, en medio de un discurso además demasiado pegado al oficial, que destiñe a medida que se complica la situación.
Sobrevuelan las postulaciones del tucumano Juan Manzur (con lazos familiares en San Juan, tierra de su esposa y varios emprendimientos agrícolas), deberá superar primero la pulseada con Alperovich y ver cómo queda. O la de Schiaretti, el cordobés que no sólo comparte con Manzur el sueño presidencial sino asombrosamente también su condición de casado con una sanjuanina.
Ninguno de los dos abre surcos. Y ese es el motivo por el que Sergio Massa se relame con la posibilidad de ir a cazar al zoológico y capitalizar para sí mismo a todo ese espacio. Uñac no forma parte de esa grilla porque todavía no se lanza (acentuando en la palabra todavía) ni ofrece ninguna sugerencia a la vista que no sea renovar en San Juan.
Tiene buena relación con todos, inclusive con Sergio Massa, pero no le tienta demasiado la idea de ofrecerle en bandeja al tigrense la representación de los líderes territoriales. Ese, entre otros factores, podría ser un motivo para sorprender en una foto con Lavagna. Alejado de los polos que se repelen, equidistante de todo.
Que le permita pasar por debajo de la línea de fuego, nada malo en estos tiempos de convulsión.
