análisis

Clarín: El cansancio superó al miedo

lunes, 23 de noviembre de 2015 · 09:53
Por Eduardo van der Kooy

Una de las claves del triunfo de Macri fue su creencia de que una mayoría de la sociedad quería el cambio. Scioli fue, en gran medida, víctima de Cristina. Aunque la mayor responsabilidad por la derrota cabría a él mismo.


Mauricio Macri logró lo que hasta hace apenas seis meses sonaba imposible: convertirse en el sucesor de Cristina Fernández. En el nuevo presidente de la Argentina que asumirá el 10 de diciembre. Tal vez, el mayor mérito de su escalada no haya radicado tanto en su ingeniería política ni en su campaña. Lo fue su convencimiento, desde que arrancó la cruzada, de que existía en el país un ánimo social más propenso al cambio que a la continuidad. Aunque ese cambio haya sido desarrollado mucho en las formas y poco en los contenidos.

Aquel convencimiento fue sostenido, incluso, en tiempos de duda. Como cuando Sergio Massa, antes de las PASO, promovió un camino intermedio, entre el oficialismo y la oposición, que luego supo radicalizar. Las primarias dejaron una brecha importante, de ocho puntos, entre Daniel Scioli y sus competidores. El candidato del PRO y el diputado del Frente Renovador se mantuvieron en sus lugares. Pero la sociedad se encargó del ordenamiento el 25 de octubre. Trazó una frontera al gobernador de Buenos Aires, dio un envión a Macri y permitió a Massa conservar su caudal de votos de identidad peronista-opositor. Eso significó un cambio de expectativas políticas de tal dimensión que transformó al kirchnerismo en una fuerza vencible. Se pudo ver anoche.

Tal vulnerabilidad podría desnudar, a la vez, la indigencia del sistema político argentino en el cual el kirchnerismo se hizo fuerte gracias a tres factores: el trauma popular por la crisis del 2001; el sólido anclaje en el Estado; la generosidad de recursos con los cuales contó a raíz del favorable escenario internacional. Pero tampoco habría que perder de vista el proceso que concluirá con el kirchnerismo fuera del poder. El primer golpe se lo propinó un intendente de un municipio chico, Tigre, cuando en las legislativas del 2013 enterró –con su victoria en Buenos Aires– el proyecto K de la eternización. El nocaut provino de una fuerza, el PRO, con poca vida, fundada en estos años, cuyo capital territorial estuvo circunscripto, hasta octubre, sólo a la Ciudad de Buenos Aires.

Macri tuvo el mérito de no variar su rumbo ni siquiera cuando el kirchnerismo y Scioli dispararon la campaña áspera en el tránsito hacia el balotaje. Esa campaña, vista la ajustada ventaja final de Macri –alrededor de tres puntos– debe haber rendido algún fruto. En especial, cuando se desmenuzan las cifras en el Conurbano profundo. Pero el enorme hartazgo y el malhumor colectivo pudieron un poquito más. Se apreció en toda la región central –Córdoba fue una verdadera marea amarilla– pero también en rincones tradicionalmente hostiles al macrismo. El presidente electo ganó en Jujuy, La Pampa, La Rioja y San Luis.

Los trabajos de opinión pública de los días previos e incluso las bocas de urna de ayer, le auguraban a Macri un triunfo más amplio. La volatilidad popular le jugó de nuevo a esas consultoras una mala pasada sobre las diferencias entre los candidatos. Como había sucedido el 25 de octubre. Pero acertaron, otra vez, en el orden. Quizás esa realidad haya inducido al presidente electo a un festejo eufórico, como el que se vio, pero muy prudente sobre la articulación de su futuro gobierno y su sistema de poder. Deberá administrar la nación y sus dos principales territorios: Buenos Aires y Capital.

Para semejante desafío el PRO, probablemente, sea todavía una fuerza insuficiente. No sonó a casualidad que Macri dispensó sus primeros elogios de la celebración al radical Ernesto Sanz y a la diputada Elisa Carrió. Su alianza electoral, Cambiemos, debería estar llamada a tener una significativa representación en el poder venidero. En especial, por el aporte que hizo el radicalismo. Lo ocurrido en Córdoba podría explicarlo casi todo.

Macri pareció tomar nota de la realidad al volver a convocar a los ciudadanos que no lo votaron. También cuando decidió enviar mensajes de reconciliación al propio Scioli. No mencionó, en cambio, a Massa. Pero no hacía falta. Hay una comunicación fluida entre ellos. El diputado del FR, con el escrutinio aún a medias, se ofreció como futuro ayudante de la gobernabilidad.

Amén de la correcta interpretación del ánimo social, Macri tuvo un acierto político clave para este desenlace. Fue su tenacidad para sostener a María Eugenia Vidal en Buenos Aires. Incluso cuando desde muchos sectores, también internos, le arrimaban variantes. La mujer no sólo realizó una campaña encomiable y conquistó la Provincia. Esa novedad fue explosiva para el cambio de clima. Nadie sabe qué hubiera sucedido ayer, observando el triunfo ajustado, si el peronismo hubiera retenido el bastión. El sistema de los viejos barones quedó dañado y pudo no haber tenido en el balotaje la influencia esperada.

También los planetas parecieron alinearse. Ese aspecto, quizás, no debiera ser soslayado por el macrismo en el momento del balance final. Cristina demostró, otra vez, que su chapa como oradora se oxida cuando está obligada a la imaginación electoral. Lo había demostrado en el 2013 y lo repitió ahora, en diferentes ocasiones. Pretendió encumbrar al camporista Mariano Recalde, titular de Aerolíneas Argentinas, para desafiar al macrismo en Capital. Quedó tercero, lejos del balotaje que en la Ciudad Martín Lousteau peleó contra el alcalde electo, Horacio Rodríguez Larreta. Se empeñó en que Aníbal Fernández desembarcara en Buenos Aires, postergando con artes turbias a Julián Domínguez. Cercó a Scioli con Carlos Zannini, un cancerbero con el carisma de una percha. Sumó un equívoco tras otro. Incluso el timón de la economía en manos de Axel Kicillof. La economía está muy mal y las arcas de la nación se exhiben ahora casi vacías.

Scioli fue, en gran medida, víctima de Cristina. Aunque la mayor responsabilidad por la derrota –también quizás por el epílogo de su carrera política– correspondería a él mismo. Regaló la identidad que había edificado durante 20 años. Mutó en un kirchnerista intransigente y se quedó con ese volumen genuino de votos. Pero espantó a los posibles independientes. Emergió de pronto un dirigente difícil de ser reconocido. Su lápida no fue la elección de ayer. Fue el 25 de octubre.

Scioli volvió a ser anoche Scioli, al menos en su estilo. Pero en la despedida sólo atinó a repetir el catecismo kirchnerista del presunto país maravilloso amasado en la década. Precisamente una de las razones que horadaron la paciencia colectiva. Hubo un gesto en él que sólo el tiempo podrá decir si resultó casual o premeditado. Agradeció, sobre todo, al peronismo. Incluso a su compañero de fórmula. Pero omitió a Cristina. Si fue con intenciones de rebeldía o venganza, pareció muy tardía.

La Argentina se está asomando, sin dudas, a un nuevo ciclo luego de doce años de riguroso hegemonismo. Todo en el plano político deberá reordenarse. Macri tendrá que pensar una maquinaria que asegure la gobernabilidad. El peronismo ingresará en un ciclo de revulsión durante el cual debería encontrar su lugar como partido opositor. No podría repetir el desempeño que tuvo durante el alfonsinismo o la frágil Alianza de Fernando de la Rúa.

Macri tendrá la misión de trasladar su indiscutida legitimidad a la gestión. Y tratar, a la vez, de terminar con un sino de la nueva democracia. El que señala que cualquier esbozo de alternancia sólo es posible cuando el peronismo satura la paciencia popular. 

Comentarios