Por Eduardo Aulicino.
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La experiencia kirchnerista y su actual versión cristinista exponen más continuidades que rupturas con lo que decían dejar atrás. Podría graficarlo un simple juego de imágenes: de aquel Néstor Kirchner inicial, tratando de abrazarse a la gente y con la frente herida por una cámara de fotos en uno de esos remolinos, al gesto patético de manipular el fútbol para tratar de tapar las denuncias de corrupción de un programa de TV. Pero hay bastante más que eso: aunque las formas, los gestos y los ruidos dicen bastante, mucho más expresa la estructura de la concepción K del poder.
Un ejemplo para desarmar y analizar su interior es la reforma judicial, convertida en una obsesión de Olivos en paralelo con la eterna escalada sobre los medios. El eje de ese paquete de leyes es la desvirtuación final del Consejo de la Magistratura. Y esa movida tiene al menos tres costados elocuentes. Uno es el objetivo central de manejar la Justicia con el control absoluto del organismo decisivo para coronar o destituir jueces.
Otro, resolver la integración del Consejo mediante un mecanismo electoral viejo y regresivo, que le concede la mayoría absoluta a la primera fuerza electoral, un tercio a la segunda y nada a las restantes minorías. Y en tercer lugar, se destaca la esperanza de jugar este poder en función del plan reeleccionista.
Poder legislativo vertical, Justicia controlada, prensa alineada y Poder Ejecutivo ilimitado: la proyección del modelo santacruceño, que algunos consideraban intransferible a escala nacional, no está consagrado pero ha avanzado de manera visible, junto con el fenómeno degradante de la corrupción. Lejos queda la imagen o juego de imágenes inicial de Néstor Kirchner, que sugería consolidar su poder para salvar un problema de origen –la deserción de Carlos Menem en la segunda vuelta electoral, que le impidió una convalidación mayor en las urnas–, con promesas de apertura como la transversalidad y el impulso a una nueva Corte Suprema, hoy colocada en el territorio de los enemigos.
El esfuerzo por la perpetuación en el Gobierno se asocia al pasado de manera directa, acompañado por la concepción de poder absoluto. Es bastante más que la idea del presidencialismo plebiscitario: se vincula con el mecanismo inicial del sistema presidencial argentino, con impronta casi monárquica, que cedió luego y en alguna medida a los avances democráticos con incorporaciones como el sistema proporcional para distribuir legisladores nacionales, pero que mantiene mecanismos, reforzados, de centralismo nacional y dominio creciente sobre los poderes provinciales y municipales.
En paralelo, el modelo político kirchnerista profundizó la crisis de los partidos, por práctica directa y por propias debilidades de las fuerzas opositoras frente a un esquema de poder excluyente y extendido. No se trató de recrear formas de organización ni de alentar confluencias, como sugería en sus inicios, sino que se montó sobre la vieja estructura de jefes territoriales, que amalgama cada vez más organización partidaria con Estado, y utiliza la estructura estatal para imponer políticas y alineamientos. Ni siquiera las fuerzas “nuevas” creadas o alentadas desde el poder son ajenas a ese sistema, que conlleva la trampa de la subordinación como modo de supervivencia.
Con ese entramado interno como sustento, se montó además un discurso que condena cualquier modo de cuestionamiento a la espera y la prueba de los turnos electorales. Cristina Fernández y su cadena de repetidores suelen descalificar a cualquier crítico con el desafío a formar un partido y competir en las elecciones. Es una chicana, pero describe concepciones regresivas. Curioso progresismo: ¿qué deberían hacer las organizaciones intermedias de la sociedad? ¿que debería hacer cualquiera en los dos años que median entre un turno electoral y otro? ¿por qué no alentar, en cambio, formas de democracia semidirecta para someter a la voluntad popular decisiones trascendentes? Olivos prefiere anquilosar el sistema electoral tradicional, que cristaliza resultados al menos por dos años frente a realidades sociales dinámicas y cambiantes.
Las aguas siempre se mueven. Hay quienes ven síntomas de agotamiento, de final de ciclo político. Puede ser, pero aún en ese caso, el interrogante es si se tratará de un final de época.

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