El análisis del día

El arma en el ropero, mal consejero

Justo le tocó a un alto funcionario –el gobernador rionegrino- ser víctima de un arma de fuego que estaba en su poder. Ejemplo en carne propia de los peligros que encierra. Por Sebastián Saharrea.
lunes, 02 de enero de 2012 · 20:06

Si no hubiese estado ese 38 cargado en el ropero, tal vez el gobernador Carlos Soria estaría con vida. Separado, tal vez. Pero ejerciendo el cargo para el que los rionegrinos lo votaron y para el que asumió hace tan sólo 22 días.

Es habitual en las fincas, o en las chacras alejadas de los centros urbanos como el caso del gobernador muerto en General Roca, guardar algún arma de fuego para defenderse ante algún ataque, sin nadie cerca para pedir ayuda o mientras se acerca la policía. Se acostumbra una escopeta, para que la perdigonada asuste y espante, antes que mate. Pero nadie menos necesitado de un arma de fuego para defensa personal que un gobernador, con doble custodia en la puerta de la finca o en el sitio a donde vaya.

El asunto es que la custodia no entra al dormitorio, parece obvio pero es la pregunta que se hacían varios periodistas sobre qué estaban haciendo los hombres de la custodia del gobernador.

Tenía un 38 largo con el que murió y parece que había otras armas. Nada de búsqueda de disuasión con esa arma fulminante de donde salió el disparo en la cara que lo mató. Más parece un resabio de una sociedad militarizada que cree en la defensa personal o en la justicia por mano propia. Que lo haga un ciudadano hastiado de tanto robo, vaya y pase. Que lo haga un gobernado es un tanto más polémico.

El propio Estado salió hace un par de años a hacer una campaña para seducir a los dueños de armas hogareñas, estén o no declaradas, a entregarlas a cambio de un estímulo en dinero. Juntó armas de todos los calibres y colores, y a todas juntas las destruyó. El camino inverso es entregar a cada uno un fusil. Y que sea lo que Dios quiera.


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