El crimen de Emir Barboza rompió a los pobladores del Valle Grande. El asesinato del niño de 7 años, víctima de una balacera entre bandas, expuso de la manera más cruel e injusta un sinfín de problemáticas en el populoso complejo habitacional de Rawson. Con una antigüedad menor a una década, el segundo barrio más grande de San Juan -únicamente por detrás del Barrio Aramburu, en Rivadavia- es sede de contrastes sociales lo que generó un combo que llevó al lugar a ser considerado como un “punto conflictivo” para las autoridades; o como dicen sus propios habitantes, “tierra de nadie”.
Radiografía del Valle Grande: el segundo barrio más grande de San Juan, terreno de disputas y el cimbronazo por el caso Emir
Vecinos y la Policía describieron cómo se vive tras el crimen del niño. Cuáles son los principales problemas que atraviesan al populoso complejo habitacional y la organización popular como antídoto ante las adicciones y los problemas sociales.
El caso sacudió al barrio. El crimen de Emir Barboza ocurrió durante la madrugada del 14 de octubre en la Manzana 23, tras un violento tiroteo entre grupos rivales. Uno de los disparos efectuados desde una vivienda impactó en el pecho del niño, que jugaba en la calle, provocándole la muerte pese a ser trasladado al Hospital Marcial Quiroga. Por el hecho, seis sospechosos -Alan Juan Bazán, Dante Emanuel Carrizo, Gonzalo José David Santander, Hernán Ariel Carrizo, Cristian Daniel Guajardo, Jonathan Javier Carrizo- fueron enviados a prisión preventiva por seis meses, mientras que otro acusado, Gabriel Jesús Orostizaga, quien se había mantenido prófugo, también fue imputado por homicidio agravado y quedó preso de forma preventiva. Además, en el marco del mismo caso, tres tíos de la víctima fueron condenados esta semana por amenazas e incitación a la violencia.
Tiempo de San Juan recorrió el barrio durante la semana. La presencia policial se hace notar en algunas cuadras, mucho más de lo habitual. Como ejemplo, dos efectivos vigilaban la casa de un sospechoso del asesinato de Emir. A metros de Calle 5 se encontraba otro grupo más numeroso de agentes y, con frecuencia, aparecieron patrulleros.
La vigilancia creció tanto como la tensión tras el asesinato de Emir. Muy pocos vecinos estaban en la vereda cuando el móvil de este diario recorrió los caminos de ripio del barrio. La gran mayoría, estaba dentro de las viviendas y con las persianas abiertas para observar cualquier movimiento.
El panorama se replicó en los ocho sectores del Valle Grande, compuestos por 53 manzanas. El grupo más cercano a calle Agustín Gómez está ocupado por exhabitantes de la Villa Santa Ana, un asentamiento que se encontraba en Calle 6 y Vidart -Pocito-. En inmediaciones de calle Doctor Ortega están los sectores 6, 7 y 8, muchos de ellos exvecinos de La Martita -Calle 5 y Vicente López y Planes, Rawson-. En medio de la gran manzana, casi pegado a las escuelas y la comisaría, está el sector 3, conocido como las casas de la “clase media”, según sus propias palabras “los acorralados”.
Un grupo de vecinos habló con este diario y contó cómo es la difícil vida cotidiana en el complejo habitacional. Para ser entrevistados, primero se aseguraron de que hubiera algún integrante de la familia dentro de la casa, como una forma de protegerse. No tienen esperanza de cambio. En la zona “clase media” se consideran gente humilde, pero remarcan con vehemencia que son “honrados”.
La mayoría de los vecinos del Valle Grande no tiene empleo formal. Sobreviven con changas, trabajos temporarios o tareas en negro. Muchos aseguran que hace tiempo dejaron de buscar trabajo estable porque “ya nadie contrata”, mientras otros se las ingenian vendiendo pan casero, haciendo limpieza o cuidando autos. “Nos rebuscamos como se puede”, repiten.
La casa de un implicado en el crimen de Emir Barboza.
El dinero que entra a los hogares alcanza apenas para lo básico, y cuando no hay, se recurre a la solidaridad. “Nos ayudamos entre nosotros, pero también hay quienes se aprovechan. Si te descuidás, te roban hasta la garrafa”, aseguraron.
Cada testimonio refuerza que no hay visión de futuro para muchos. Creen que seguirá aumentando el hambre, el consumo de estupefacientes y las entraderas de ladrones a los hogares. “Los chicos cada vez están más flaquitos por todo esto”, dijeron.
El problema más grave que deben afrontar tuvo una respuesta coincidente: la droga, que arrasó en el día a día de adolescentes, jóvenes y adultos, principalmente del crack. Generaciones de padres e hijos que consumen.
La crisis es durísima y la pelea desigual: “Nos sentimos olvidados”
El Valle Grande cuenta con diferentes servicios y dependencias oficiales. Hay una comisaría; escuelas de nivel Inicial, Primario y Secundario; un centro de salud; el Registro Civil; un cajero y un puñado de colectivos que recorre el barrio. Pese a ello, remarcaron que no alcanza.
Por fuera, las escuelas son más parecidas a cárceles, con varios elementos de seguridad y pintadas en medio de baldíos que parecen eternos. Según describieron “repitieron más alumnos de los que pasaron de año”. La deserción escolar se volvió una constante por el consumo y por la falta de motivación familiar. “Antes los chicos jugaban en la calle, ahora andan sin rumbo, sin ganas. Están flaquitos, tristes”, lamentaron.
Púas y rejas en una de las escuelas del Valle Grande.
Aunque en el Valle Grande hay centros sanitarios, los vecinos aseguran que la atención no alcanza y, en algunos casos, hasta discriminatoria. “Nos miran distinto cuando decimos de dónde somos. Parece que por vivir acá valemos menos”, expresaron.
Servicios básicos, como los cajeros automáticos o la iluminación, sufren vandalismo frecuente. “Todo lo que se hace, se rompe. Esto está abandonado”, aseguraron.
En la despedida, uno de los vecinos dejó una frase que ilustra la realidad de los propios habitantes del Valle Grande: “Este barrio es tierra de nadie”.
La palabra de la Policía y los delitos más graves
Desde la Comisaría 35° del Valle Grande, inaugurada en 2018, reconocieron que el complejo es uno de los puntos más conflictivos de la provincia. “Históricamente, acá predominan los robos y los hurtos, más que las peleas entre bandas”, explicaron fuentes policiales a este diario.
Tras el crimen de Emir Barboza, admiten que hubo un cambio en la dinámica delictiva: “Los robos bajaron porque hay más presencia policial en las esquinas”. Sin embargo, reconocen que la dotación sigue siendo escasa: “Trabajamos unos 20 policías en total, y el barrio es enorme”.
La falta de personal, sumada a la extensión del terreno y la cantidad de pasajes, dificulta los patrullajes. “Es un barrio complejo, no solo por los delitos, sino por los problemas sociales. Hay familias que viven con mucho dolor y sin oportunidades”, agregaron.