El peón que envenenó la leche de un tambo de Media Agua para vengarse de su patrón
Había un conflicto entre el dueño del tambo y el obrero, quien iba a quedar en la calle. Fue tanto el odio del peón que, una noche de 1974, echó insecticida en polvo en los tachos de leche.
Francisco Villegas sintió un aroma distinto en la leche mientras cargaba los tachos a la carretela. El peón se acercó, sacó una de las tapas para oler de cerca y notó una fuerte emanación tóxica. Entonces, por precaución, separó los tarros que despedían ese tufo extraño.
Eran dos o tres tachos, pero no tiró la leche porque quería cerciorarse o preguntar primero a su patrón. Además, no le encontraba explicación. Aun así, quiso sacarse la duda y vertió un poco de leche en los cuencos de las mascotas. Lo increíble fue que los animales bebieron y, a los minutos, empezaron a temblar, vomitar y respirar con dificultad.
Tres perros y un gato sufrieron convulsiones hasta que cayeron al piso y no se levantaron más. Evidentemente habían muerto producto de la leche que habían tomado. Y no estaba fermentada o pasada; todo hacía sospechar que tenía alguna sustancia mortal.
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Francisco Villegas, el obrero que descubrió la leche envenenada. Foto de Diario de Cuyo.
Villegas corrió a avisar a su patrón, Enrique Gerónimo Putelli, el dueño de esa finca situada en la Villa Media Agua, Sarmiento. El obrero le contó, aterrado, lo que acababa de descubrir y lo llevó al galpón para mostrarle los tachos con la leche que separó. El propietario ordenó que guardaran los recipientes y llamó a su casa en la Capital de San Juan para decirle a su mujer y al resto de la familia que no tocaran la leche que había mandado horas antes.
Ese lunes 22 de abril de 1974, los investigadores de Sarmiento concurrieron a la finca y tomaron una muestra de la leche para llevarla al bioquímico de la Central de Policía de San Juan y analizar su contenido. El informe reveló algo estremecedor. Había hallado Folidol, un pesticida altamente tóxico. Este es un insecticida utilizado en los cultivos agrícolas para el control de plagas.
Los policías preguntaron quiénes ordeñaban las vacas y tenían acceso al tambo. Putelli señaló que el encargado de todo el manejo de la leche era Jacinto Eugenio Silveyra, pues Villegas solo hacía el reparto.
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Uno de los titulares de Diario de Cuyo.
No podían sospechar de Villegas. Él fue quien descubrió la leche envenenada y dio aviso de inmediato. Las miradas entonces se posaron sobre Silveyra, el trabajador que vivía en la finca. Putelli agregó algo que acrecentaron las sospechas contra ese otro peón. Relató a los investigadores que, casualmente, ese fin de semana había mantenido una fuerte discusión con ese peón y que estaban enfrentados por un conflicto laboral.
Silveyra llevaba trabajando 17 años en la finca, pero, en el último tiempo, la relación con el dueño del tambo era mala. Sentía que le pagaba poco y quería arreglar un nuevo contrato. Por el contrario, su patrón no aceptó ninguna exigencia y le pidió al obrero rural que se marchara de la propiedad.
Esa situación exasperó a Silveyra, que sabía que su familia y él iban a quedar en la calle. El trabajador de 37 años confesó después que se encontraba tan desesperado y enojado con Putelli, que buscó la manera de tomar venganza. Su idea era hacerle daño, pero no matarlo, habría dicho.
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El obrero recordó que el domingo 21 de abril fue a la finca vecina, propiedad de la familia Elías, y aprovechó que no había nadie para sustraer un frasco con Folidol. Más tarde, vertió esa misma sustancia en un tacho de 50 litros de leche que estaban destinados a su patrón y a clientes de Media Agua.
Por una cuestión fortuita, ni la familia Putelli ni los vecinos de Sarmiento llegaron a beber esa leche. Villegas percibió el fuerte olor a insecticida antes de salir a hacer el reparto. Ese detalle permitió descubrir la trama que podría haber provocado una tragedia masiva. En ese entonces se dijo que, si esa leche llegaba a sus destinatarios, las víctimas del envenenamiento habrían sido más de 300 personas.
Silveyra fue detenido e imputado por el delito de envenenamiento de alimentos, una figura severa prevista en el artículo 200 del Código Penal. El proceso avanzó con rapidez en Tribunales. Tras la indagatoria, el juez le dictó la prisión preventiva. Para la Fiscalía, Silveyra había actuado a sabiendas de que esa leche sería repartida entre decenas de familias de Media Agua y pidió para él una pena de 9 años de prisión en base a la gravedad del hecho y al riesgo colectivo que generó.
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Otro titular de Diario de Cuyo señalaba que podría haber envenenado a más de 300 personas.
La defensa intentó contrarrestar esa imputación alegando que el peón había obrado bajo las circunstancias de una emoción violenta. Sostuvo que la discusión con Putelli lo había sacado de sí y que, en ese estado, no podía comprender la criminalidad de sus actos. No obstante, los peritos psiquiatras descartaron esa posibilidad. Los médicos que lo examinaron concluyeron que era psíquicamente sano, que recordaba cada detalle del episodio y que incluso había admitido su deseo de vengarse por el conflicto laboral. Para el tribunal, no había lugar para la absolución ni para una reducción extraordinaria de la pena.
En febrero de 1975, el expediente llegó a sentencia. El juez del Quinto Juzgado en lo Penal consideró acreditado que Silveyra volcó Folidol en la leche destinada a la venta y al consumo de la familia Putelli. Para el magistrado se trató de un delito de peligro que no requiere víctimas fatales para configurarse. También ponderó su falta de antecedentes y su escasa instrucción, aunque subrayó la peligrosidad del acto y la clara intención de causar un daño.
El 24 de febrero de 1975, Jacinto Eugenio Silveyra fue condenado a 3 años y 5 meses de prisión, con costas, por el delito de envenenamiento de sustancias alimenticias. Por el tiempo que llevaba detenido recuperó la libertad al poco tiempo. Obviamente, jamás regresó al tambo.