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HISTORIAS DEL CRIMEN

La banda de “El Mendocino” y dos asesinatos que conmocionaron San Juan

Tuvieron un paso fugaz allá por 1956 con una serie de robos y un crimen que los marcaría, el de un comerciante árabe de 25 de Mayo. Su cabecilla después ejecutó a un taxista en Marquesado.

Por Walter Vilca 30 de enero de 2022 - 09:12

“El Mendocino”, “El Chico”, “El Tuco”, “El Polvareda” y “El Chileno”. Esos eran sus apodos, los sobrenombres de los integrantes de una particular y fugaz banda de delincuentes que asoló San Juan en 1956. Una gavilla de ladrones que causó conmoción a partir del brutal asesinato de un comerciante árabe en 25 de Mayo. Y cuyo cabecilla, meses después, dio la estocada final con la ejecución de un taxista en Marquesado.

No por viejo, José Manuel Puebla Ponce o también llamado Alejandro Alberto Ávila Conti se convirtió en su jefe. “El Mendocino” poseía la impronta del joven de 22 años que andaba sin rumbo y no tenía nada que perder. Cargaba con una condena de 9 años de cárcel en su provincia por delitos contra la propiedad y hacía meses que estaba prófugo.

"El Mendocino". Este era José Manuel Puebla Ponce o Alejandro Alberto Ávila Conti.

Los registros periodísticos y judiciales consignan que Puebla Ponce estuvo alojado en la penitenciaria de la capital mendocina, pero le detectaron una enfermedad crónica pulmonar, de modo que fue internado en el Hospital José Néstor Lencinas de Godoy Cruz. Ahí empezó su otra historia. Aprovechó su condición de enfermo y, en un descuido de los guardias, escapó del nosocomio.

Una banda mixta

En esos días de fugitivo fue que recaló en San Juan. Sus contactos en el ambiente delictivo lo cruzaron con otros personajes que, al igual que él, probaban suerte en la calle. Ladrones de las más diversas facetas. Entre ellos “El Polvareda” o “Gaucho” Juan de Dios Carrizo, un exconvicto pocitano venido a menos a sus 60 años y que en ese tiempo se ganaba la vida vendiendo yuyos medicinales casa por casa.

Otro fue Feliciano Wenceslao Pérez, alías “El Chico” por su cara juvenil. Un sanjuanino de 27 años que también contaba con antecedentes por robos y con pasado de oficio de panadero, pero sin domicilio fijo. El cuarto integrante era Antonio Absalón Flores Cuenca, apodado “El Tuco” o “Cucharón”, un jornalero de 37 años de la zona de Concepción. La lista la completaba “El Chileno” Juan Francisco Ahumada, otro mendocino tan escurridizo y peligroso como Puebla Ponce.

Afirman que se ocultaban en Albardón, pero tenían aguantaderos en distintos lugares del Gran San Juan. Los documentos judiciales señalan que al estilo de los bandoleros también cometían robos en San Luis, La Rioja y Mendoza y saltaban de una provincia a otra para escabullirse y vender sus botines.

El asalto mortal

Eso lo supieron cuando descubrieron el accionar de la banda. Y fue después del demencial atraco del 4 de mayo de 1956, que los puso entre las cuerdas. Ese golpe fue planeado. El entregador fue “El Polvareda” Juan de Dios Carrizo, que bajo la pantalla del vendedor de yuyos, en una de sus tantas recorridas por los poblados de 25 de Mayo marcó al viejo comerciante libanés José Sultán Alí.

"El Chico". Feliciano Wenceslao Pérez.

El dato decía que el anciano, que vivía con otro hombre mayor llamado Juan Anastasio Ozán, guardaba mucho dinero en su casa y tenía todo tipo de mercadería. Un blanco fácil para la banda, en teoría. Días antes “El Polvareda” Carrizo junto a “El Mendocino” y el resto del grupo merodearon el negocio del “Turco” Alí hasta que la noche del viernes 4 de mayo de 1956 dieron el golpe.

Uno entró fingiendo ser cliente y, en eso que lo atendían, sus cómplices se colaron. En segundos, tenían la situación controlada. La versión fue que cerraron el local y desataron una pesadilla contra el comerciante y su amigo. A Alí lo arrastraron a golpes hasta su habitación. Le dieron una feroz paliza para que dijera dónde escondía el dinero, pero además le ataron las manos y los pies. Fue una verdadera cesión de tortura; de hecho, lo dejaron moribundo hasta que dio sus últimas suplicas ahogado en su propia sangre.

Algo parecido sucedió con Juan Anastasio Ozán, a quien le pegaron y dejaron inconsciente, también maniatado. A este lo abandonaron en el piso de un pasillo de la galería, según los recortes periodísticos. Mientras tanto, los delincuentes dieron vuelta el negocio y la casa buscando plata y objetos de valor.

La pista del yuyero

Al otro día todo fue conmoción. Un vecino se cansó de llamar a la puerta del negocio y posteriormente entró. Allí encontró al viejito Alí muerto, atado de manos y pies. En otro sector de la vivienda fue hallado Ozán, todavía con vida. Este fue auxiliado, pero estaba tan shockeado y herido que no pudo aportar demasiados datos sobre los asaltantes. A simple vista se podía ver que los delincuentes se habían llevado mercadería y otros objetos de valor. Se suponía que también dinero.

"El Tuco". Antonio Absalón Flores Cuenca.

La investigación se tornó complicada, los autores eran foráneos. A los días supieron que los delincuentes habían abordado un tren de carga. Un vecino aportó otro dato importante, contó que en los días previos al robo y asesinato vieron a un yuyero junto a otras personas que no eran de la zona. Luego establecieron que el yuyero era “El Polvareda” Juan de Dios Carrizo.

Ese hombre contaba con antecedentes penales por robo, eso lo puso como principal sospechoso junto a los otros hombres. La Policía de San Juan emitió una comunicación a otras provincias pidiendo la detención de esos sujetos. Las pistas llevaban a La Rioja, donde los investigadores de esa provincia empezaron a hacer averiguaciones hasta que en los primeros días de junio atraparon a Carrizo.

La caída

Carrizo ya estaba grande y no resistió al interrogatorio. Largó todo, confesó que él había sido el entregador y que acompañó a la banda, pero los que perpetraron el robo y la golpiza a los viejos comerciantes eran “El Mendocino” José Manuel Puebla Ponce, “El Chileno” Ahumada, “El Chico” Pérez y “El tuco” Flores Cuenca.

Pronto cayeron Pérez, Flores Cuenca y Ahumada. Todos en La Rioja. Al único que no pudieron capturar fue a “El Mendocino” Puebla Ponce, que retornó a su provincia y desapareció por las semanas siguientes. Fue el más buscado, sus cómplices lo delataron. Apuntaron contra él como el cabecilla de la banda y el autor del asesinato. Además, su prontuario demostraba su grado de peligrosidad.

"El Gaucho". También llamado "Cucharón", Juan de Dios Carrizo.

Pero “El mendocino” no iba a quedarse quieto. Usando su otro nombre, un día volvió a San Juan. Sus problemas de salud tampoco lo dejaban en paz. Así fue que en una ocasión concurrió al viejo Hospital San Roque –hoy Marcial Quiroga- a hacerse atender y ahí conoció a una enfermera sanjuanina. Entabló un romance con esa chica. Un amorío que sería su perdición.

Un viaje al azar

Puebla Ponce alternaba sus estadías entre Mendoza y San Juan, pero se empecinó en volver a ver a esa joven. El 21 de julio de 1956 arribó a la provincia y tomó el taxi de Manuel de la Santísima Trinidad Cocinero en la equina de Rawson y Maipú, en la capital provincial. Pidió al chofer que lo llevase al Hospital San Roque y éste puso en marcha el coche, pero en el camino le dijo que iba a detenerse a cargar combustible.

Mientras aguardaban en una estación de servicio, Cocinero le solicitó a Puebla Ponce que aguardara que haría un llamado telefónico. El chofer se metió a una cabina. Eso despertó la sospecha de “El Mendocino”, que estaba perseguido. Sabía que la Policía lo buscaba. La foto de su rostro había sido publicada en los diarios tras las detenciones de sus cómplices Carrizo, Pérez, Ahumada y Flores Cuenca. Fue así que se le puso en la cabeza que el taxista había llamado a la Policía para delatarlo.

"El Pibe". Juan Francisco Ahumada, otros de los supuestos miembros de la banda que fugó antes del juicio en 1961.

Minutos más tarde abordaron el taxi y partieron rumbo al Hospital San Roque, en Rivadavia. “El Mendocino” Puebla Ponce se encontraba intranquilo y furioso con el taxista por ese sospechoso llamado. Eso motivó que cambiara de planes en el trayecto y ordenara tomar rumbo a Marquesado. Lo guío hasta una calle desolada. En un momento le pidió que detuviera el auto. Tenía ganas de orinar, le explicó.

Asesinato alevoso

En realidad, fue una maniobra de distracción. Cuando regresó al coche, se acercó por el lado de la puerta del conductor. Cuando estuvo encima de Manuel Cocinero sacó su revólver y le descerrajó un mortal disparo en la sien. Luego sacó el cadáver del taxista y lo tiró en una acequia. Sin perder tiempo, se puso frente al volante y recorrió un trecho, pero finalmente abandonó el auto. Apenas si sabía meter los cambios.

Esa misma mañana, “El Mendocino” se trasladó a la Estación Pedro Echague en Santa Lucía y esperó hasta que tomó el tren carguero que lo llevó a Pie de Palo en Caucete, según las crónicas periodísticas. Para entonces, la Policía había encontrado el cadáver del taxista Manuel de la Santísima Trinidad Cocinero. Ahí nomás salieron a buscar al asesino. La orden fue controlar la terminal de ómnibus de Capital y todas las estaciones de trenes para identificar a los posibles sospechosos con el fin de agarrar al homicida.

El operativo cerrojo dio resultado. Horas más tarde lograron capturar a “El Mendocino” en la estación de trenes de carga de Caucete. No tuvo escapatoria, menos una coartada salvadora. En su poder tenía el arma homicida. Rápidamente fue reconocido como el delincuente que también buscaban por el asalto y asesinato del comerciante árabe de 25 de Mayo.

Pese a sus antecedentes y los dos crímenes que le atribuían, los policías estaban frente a un jovencito. Un peligroso delincuente que estaba solo en el mundo y que se vio acorralado por el asedio de los investigadores, tanto que terminó por quebrarse. Ahí se acabaron sus días de hampón.

Confinado en el sur

Los documentos judiciales revelan que “El Mendocino” Puebla Ponce o Ávila Conti junto a sus cómplices fueron juzgados cuatro años más tarde. Algo pasó en el medio. Juan Francisco Ahumada, alías “El Chileno”, fugó en ese ínterin y no llegó a ser condenado. Sus compañeros fueron acusados, en distintos grados de participación, de varios delitos.

Sin duda, el que no tuvo modo de zafar fue “El Mendocino” José Manuel Puebla Ponce o Alejandro Alberto Ávila Conti que recibió la pena más dura. El 20 de octubre de 1961, el juez Américo Armando Aguiar lo condenó a prisión perpetua por los delitos de doble homicidio agravado, robos reiterados, asociación ilícita y fuga en grado de tentativa. El peor castigo fue que, por su peligrosidad, lo enviaran a purgar pena en una cárcel del sur del país.

Feliciano Wenceslao Pérez, alías “El Chico”, y Antonio Absalón “El Tuco” o “Cucharón” Flores Cuenca fueron sentenciados a 15 años de cárcel por participación secundaria en homicidio agravado, lesiones graves, robos reiterados y asociación ilícita. La pena más leve fue para “El Polvareda” o “Gaucho” Juan de Dios Carrizo, a quien le dieron sólo 6 años de prisión por el delito de participación principal del delito de robo y asociación ilícita.

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