historias del crimen

El misterio en torno al crimen del policía sanjuanino castrado y arrojado a un chiquero

A más de 27 años de aquel asesinato, el caso permanece impune. El hombre murió desangrado dentro del corral de chanchos, en el fondo de su casa en Chimbas. Se habló de una venganza, pero no se sabe quién o quienes cometieron tan salvaje agresión y qué motivos hubo.
domingo, 25 de octubre de 2020 · 09:03

Largaba espuma por la boca y tenía los ojos bien abiertos, como si en su mirada hubiesen quedado grabados el dolor y el espanto. Su cuerpo estaba tendido entre medio de los cerdos, desnudo de la cintura para abajo y lo que más impactaba era que le faltaban los órganos genitales. Literalmente había sido castrado.

Quienes vieron a Mario Gerónimo Moreno moribundo el mediodía del 27 de abril de 1993, no olvidaron nunca esa escena. No sólo porque fueron testigos de los últimos minutos de vida de ese policía de 43 años, sino porque su muerte fue el inicio de otros de los grandes enigmas jamás resueltos en la historia criminal de San Juan.

Poco y mucho se puede decir de Moreno, un suboficial de la Policía provincial que trabajaba de radio operador. Un tipo serio y “buen mozo”, contó un familiar directo que pidió reserva de su nombre. Un solterón nacido en el poblado jachallero de Huaco, que vivía con su madre y tenía una casa humilde en la calle 5 de Octubre de Villa El Rosario, en inmediaciones de Centenario y 9 de Julio, Chimbas.

Un hombre muy reservado, pero dueño de muchas historias amorosas, algunas clandestinas. Sus íntimos le escucharon confesar que mantuvo romances con mujeres casadas. Pero algo más guardaba y no se lo contaba a sus familiares. Al parecer, Mario Gerónimo Moreno andaba en problemas y padecía depresión. Estaban tan mal que le dieron licencia médica y estuvo parado muchos meses, hasta que tramitó el retiro para dejar la Policía. Aun así, pese a que no estaba en actividad, desde la comisaría de Chimbas solían llamarlo a cualquier hora y él salía presuroso, relataron. Un allegado suyo contó que a sus hermanos les resultaban extraños esos encuentros y temían que estuviese presionado por otros policías o que supiese algo que no debía saber.

Su última noche

La noche del 26 de abril de 1993 fue la última vez que lo vieron con vida. Unos parientes se toparon con Mario Moreno en un viejo bar de calle Mendoza y Rodríguez donde habitualmente concurría. La versión es que el policía  se retiró en la primera hora de la madrugada del 27 de abril y enfiló a pie por la plaza central del departamento como yendo en dirección a la seccional. De ahí, nadie sabe a dónde fue o qué hizo más tarde.

Eran las 13 del mismo 27 de abril y un vecino llamó al domicilio de Luis Moreno, el hermano de Mario que vivía en una propiedad lindera, para decirle que los chanchos gruñían demasiado y que parecía que algo pasaba en el fondo de la casa de su madre. Doña Nicolasa Sánchez -la mamá de los Moreno- desde el día anterior que no estaba porque había ido a visitar a una hija a Angaco. Y dando por hecho que Mario tampoco se encontraba, uno de los hijos de Luis se cruzó y fue a ver qué ocurría en el chiquero de la casa de su abuela y su tío.

A los segundos, el niño de 12 años salió aterrado. Había hallado agonizando a su tío dentro del corral de los cerdos. Luis junto a su mujer, Dora Neira, corrieron hasta el chiquero y encontraron a Mario tirado boca arriba entre los chanchos. Lo primero que notaron era que no tenía el pantalón y el calzoncillo, que estaba ensangrentado en la zona de la pelvis y le habían arrancado sus órganos genitales. Su mirada parecía perdida y despedía espuma entre los dientes, según los relatos. No hablaba, pero respiraba apenas. Tras los gritos de sorpresa y desesperación, arribaron los vecinos. Entre varios levantaron al policía, lo subieron en un auto y partieron rápido a la guardia del Hospital Guillermo Rawson. De nada sirvió. Mario Gerónimo Moreno llegó sin vida al nosocomio.

El desconcierto

El espanto sacudió a todos y las preguntas empezaron a rondar sin respuesta. Lo primero que pensaron fue que Mario había sido atacado por los chanchos, pero esa teoría no tuvo asidero. Su pantalón estaba colgado en un cerco. Esa prenda no había llegado sola ahí. Además, el informe forense reveló que la herida mortal no era producto de un accidente ni de la mordedura de un animal, le habían cortado a propósito el pene y los testículos. Y que era obra de alguna persona que utilizó un cuchillo tipo “sierrita” para mutilarlo, de acuerdo a los datos revelaron por los investigadores en ese entonces. También presentaba un corte a la altura del talón, explicó un familiar.

Eso dio a entender a las claras que se trataba de un crimen y, por la manera de la agresión, una venganza con un mensaje con connotaciones sexuales. Quienes lo atacaron evidentemente tenían una animosidad y un rencor muy fuerte contra el policía y se lo hicieron saber de la peor forma. La intención era hacerlo sufrir, de hecho dejaron que se desangrara hasta morir.

Todo fue desconcierto. Adentro de la casa no veían desorden como para suponer que existió alguna pelea previa o que lo hubiesen reducido en el interior del domicilio. No encontraron indicios de que el ataque se produjo en el mismo corral, tampoco dieron con los restos mutilados. Quizás se los comieron los chanchos, especulaban. Eso sembró la posibilidad cierta de que lo agredieron en otro lugar y posteriormente lo tiraron malherido en el chiquero.

Los investigadores policiales apuntaron en distintas direcciones y empezaron a interrogar a vecinos, amigos y parientes directos. Nadie se salvó. Todos fueron considerados sospechosos. Hasta el hermano, del que llegaron a decir que pudo haber asesinado a Mario por una disputa familiar. Un familiar directo de los Moreno aseguró que unos policías prácticamente torturaron a ese hermano para obligarlo a auto incriminarse en el crimen, siendo que era inocente y uno de los principales interesados en saber qué había pasado.

Así también siguieron la línea de las posibles amantes y de algún novio o marido despechado. En ese sentido, citaron a declarar a amigos y algunas mujeres que tuvieron cierta relación con Moreno, pero no surgió ni la más mínima pista para fortalecer esa hipótesis o poner la mira sobre una persona en particular.

La confusión superó al propio horror y la imposibilidad de encontrar un dato clave o una sospecha cierta minaron poco a poco la investigación. Los policías y el juez de la causa entraron a dar vueltas sobre el mismo punto y se perdieron en la nada. Y quien cometió semejante crimen consiguió su cometido, el de la venganza y la impunidad porque nunca llegaron a esclarecer el asesinato de Mario Gerónimo Moreno. Mientras tanto, en la Villa El Rosario de Chimbas resuena como una leyenda la historia de ese estremecedor asesinato y los familiares que vivenciaron aquel duro trance siguen esperando que un día se conozca la verdad.

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