Historias del Crimen

El carnicero que mató a su mujer a cuchillazos y, como con alivio, dijo: “todo terminó…ya pasó”

Ese fue el final de un matrimonio de 26 años. Una relación que se rompió cuando la mujer reinició una relación sentimental con su antiguo novio. Su marido no lo soportó y un día de febrero de 1996 la asesinó. Un tribunal atenuó la condena por considerar que esa “infidelidad” motivó el desenlace fatal. Por Walter Vilca
domingo, 8 de septiembre de 2019 · 17:00

Se lo había confesado. Estaba saliendo con su novio de la juventud, de la que seguía perdidamente enamorada. Y aunque él comprendió a su esposa y pactó con ella aguardar un tiempo hasta que pudiera marcharse de San Juan, no lo soportó por mucho. Una tarde de domingo se cruzaron como de costumbre dentro de la casa que aun compartían en Santa Lucía intentando disimular que se llevaban bien y, sin querer o buscándolo, empezaron a pelear por un simple entredicho. La historia de 26 años del matrimonio acabó fatalmente esa tarde de febrero de 1996 con la mujer muerta a cuchillazos y él sentado en la cocina, encerrado en la vivienda con el cadáver, diciendo: “todo terminó…ya pasó”, como si el sangriento desenlace hubiese sido un alivio.

Fue un salvaje crimen, hoy lo calificarían como femicidio, con la diferencia que el caso tuvo un trato distinto a otros. A la hora del juicio contra Adolfo Bonifacio Haschke -el asesino-, el tribunal atenuó la pena por considerar que la infidelidad cometida por su esposa fue el motivo que desencadenó el asesinato.

Nadie imaginó ese final, el destino quizás era otro para Adolfo Haschke, 50 años, y su esposa María Azucena Sarmiento, de 43, que llevaban juntos más de dos décadas. Él era bonaerense. Gran parte de sus vidas habían transcurrido en Buenos Aires, pero entre 1994 y 1995 decidieron retornar a San Juan y levantaron su hogar en los fondos de la casa paterna de la mujer en la calle Monseñor Cabrera del barrio Alberdi, Santa Lucía. El hombre no tardó en abrir una carnicería muy cerca de allí. Azucena se ocupaba de las tareas de la casa.

Una pareja muy normal, casi con la vida hecha y con una hija de 26 años que había elegido quedarse en Buenos Aires. Sin embargo, la relación matrimonial aparentemente ya estaba desgastada y ella prefirió elegir lo que le dictó el corazón. Nadie sabe cómo y cuándo se reencontró con un antiguo amor y no hubo retorno.

El desamor

El mismo “Fito” Haschke lo contó. Recordó que un día de septiembre de 1995 Azucena le pidió hablar seriamente y le confesó que estaba saliendo con Andrés Bustos, su novio de la juventud. Fue directa y sincera, le dijo que estaba enamorada de ese hombre que era casado y tenía familia. Aun así ella estaba decidida a dejarlo todo por él.

Haschke lo aceptó, no podía ir contra esos sentimientos y reconoció que no había otra alternativa que separarse. Es más, acordaron que vivirían bajo el mismo techo hasta que él vendiera las cosas del negocio y partiera a Buenos Aires, mientras tanto Azucena lo seguiría ayudando en la rutina del hogar como si nada hubiese cambiado.

El carnicero declaró que la seguía amando y no aceptó dejar el lecho conyugal, de modo que dormían en la cama matrimonial y en ocasiones hacían el amor pese a que el sentimiento no era el de antes. Según él, ella estaba tan perdida con ese amor que a veces le hablaba de su amante. Hasta sabía que su mujer se encontraba los jueves a la tarde con su novio y, como él no se convencía a perderla, la esperaba a la noche con la comida lista para cenar.

Estaba a la vista que esa endeble relación, con un tercero de por medio, no iba a durar mucho. Los hermanos y el resto de la familia Sarmiento, incluso la hija de la pareja, conocían del noviazgo de Azucena. La situación no daba para más. En enero de 1996, la mujer le hizo conocer al carnicero que no quería tener más relaciones sexuales con él y tampoco podía continuar “sirviéndole” como la esposa que era antes.

Es posible que eso aceleró la ruptura definitiva y sepultó las chances de reconciliación entre ellos. Al parecer, ella creyó que todo acabaría en buenos términos con su marido y tenía la esperanza de rehacer su vida con ese otro hombre. A lo mejor no lo sabía, pero ese amor no era correspondido. Bustos declaró después en tribunales que sabía que ella estaba enamorada de él, pero jamás se le pasó por la mente dejar a su familia para ir a vivir juntos.

Igual Azucena lo amaba y sentía que la relación con Haschke no tenía salía. A mediados de febrero de 1996, ella se mudó por unos días a la casa de su hermana para estar más tranquila y pensar. El domingo 25 de febrero regresó a su domicilio en Santa Lucía y se encontró con el que era su marido. Él había llegado un rato antes de visitar a sus cuñados. Se saludaron con naturalidad procurando disimular los rencores y ese desamor que los distanciaba cada vez más.

La cara del carnicero cambió cuando vio que Azucena preparaba un bolso. Y se puso peor en el momento en que ella le contó que planeaba viajar a Buenos Aires para visitar a su hija. De inmediato supuso que le mentía, que en realidad pensaba marcharse con su amante.

El clima se enrareció. La mujer siguió haciendo sus cosas y encendió el lavarropas. El aparato empezó a perder agua, eso molestó a Haschke que reaccionó mal y le reprochó que no hacía bien las tareas domésticas de la casa. De pronto la discusión se trasladó a las recriminaciones por esa relación extramatrimonial y volvieron los cuestionamientos de un lado y de otro.

Una discusión fatal

La pelea continuó dentro de la casa, más precisamente en el dormitorio. Según el carnicero, Azucena le exclamó que no le importaba lo que ella hiciera y le largó una cachetada. Si fue así o no, es difícil comprobarlo. Fue lo que él relató. En eso, la agarró con su mano izquierda y con la derecha tomó un cuchillo que tenía en el cajón de la mesa de luz. Su furia y su resentimiento pudieron más. Cuando menos se dio cuenta la mujer, recibió un cuchillazo en el pecho. Sobre ese puntazo vino otro, cerca del corazón.

Marta Sarmiento, la hermana de Azucena que vivía en la parte delantera de la propiedad, en esos instantes andaba en el patio levantando la ropa del tendedero y escuchó el grito: “¡no Fito…!” Pensando que Haschke estaba golpeando a su hermana, pegó el grito llamando al resto de la familia que permanecía en la otra casa. No se quedó con eso, en su desesperación atinó a entrar a la vivienda de su hermana por la puerta de la cocina y llegó hasta el dormitorio. Ahí vio a su cuñado con el cuchillo en la mano, encima de Azucena que se hallaba tendida en la cama.

Haschke se dio vuelta de repente y dijo: “hija de p…” Marta salió corriendo al patio a buscar ayuda. El carnicero se levantó y apresurado trabó con candado la puerta de la casa. Pasado unos segundos llegaron los otros hermanos de Azucena y sus cuñados que rodearon el inmueble. No podían entrar, el carnicero se había encerrado. Uno de ellos rompió el vidrio de la ventana del dormitorio, entonces Yolanda Sarmiento –otra hermana- metió una mano, corrió la cortina y con espanto observó que Azucena yacía ensangrentada sobre la cama y su rostro tenía un color amarillo.

Todos suplicaban a Haschke que abriera la puerta, pero éste apagó las luces y se sentó despreocupado en una silla de la cocina como esperando ver qué hacía. Junto a él, adentro de la casa, estaba el cadáver de su esposa. Yolanda Sarmiento le gritó desde afuera: “¡qué hiciste Fito!”. El hombre respondió resignado: “todo terminó…ya pasó”.

El terror se apoderó de la propiedad de los Sarmiento. A los minutos arribaron los policías de la Seccional 5ta que exigieron a Haschke que abriera la puerta o la tiraban abajo. Este hizo caso, pero luego amagó con enfrentar a los policías con un cuchillo y finalmente se entregó sin poner resistencia. Buscando justificarse, alegó: “me hizo mucho daño…” y, mientras los uniformados lo trasladaban a la comisaría, contó que ella lo engañaba.

Adolfo Bonifacio Haschke fue imputado de homicidio agravado por el vínculo, un delito castigado con una pena de prisión o reclusión perpetua. Bajo esa acusación llegó al juicio en septiembre de 1997 en la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional. Si bien hacía dos años que la figura del “adulterio” había sido suprimida como delito en el Código Penal Argentino, esa supuesta infidelidad de Azucena fue tema central en el debate y pieza clave para la defensa en el intento por demostrar que el carnicero había sido víctima de su cólera por ese engaño. El propio fiscal planteó esa situación como motivación de todo lo sucedido y por tanto la consideró una circunstancia extraordinaria de atenuación.

El tribunal encontró como agravante del crimen el vínculo existente entre el homicida y la víctima, el daño y la repercusión social del hecho. Y como atenuante la falta de antecedentes del comerciante, su arrepentimiento y esa circunstancia extraordinaria dada por la turbulenta relación de la pareja, según se desprende del fallo judicial. Con esos argumentos, los jueces condenaron a Adolfo Bonifacio “Fito” Haschke a 14 años de prisión y lo confinaron a purgar su castigo en el penal de Chimbas. Hay penitenciarios que todavía recuerdan al viejo Haschke como un reo muy tranquilo y respetuoso. El hombre trabajó por muchos años en la cocina de la penitenciaria hasta que un día recuperó la libertad y no fue visto nunca más.

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