Historias del crimen

Salina, el agente asesinado en cumplimiento de su deber

Tenía 24 años. Salió al cruce de dos ladrones en moto y recibió un mortal disparo en el pecho. Hacía 2 meses que estaba en la fuerza, pero no le habían dado el arma ni el uniforme, aún así quiso cumplir con su deber y murió en la calle. Por Walter Vilca
domingo, 05 de mayo de 2019 · 21:57

Pasaron diecinueve años y todavía sigue abierta la herida por el asesinato del agente Félix Salina, una muerte en cumplimiento del deber que aun es recordada como una deuda sin saldar en la misma Policía y en la Justicia. Un crimen en manos de ladrones que jamás se resolvió y que costó la vida de un joven policía que llevaba trabajando dos meses en la fuerza, pero que irónicamente no había recibido su uniforme ni el arma reglamentaria.

Félix Javier Salinas era jovencito, tenía 24 años cuando perdió la vida de forma desafortunada el mediodía del 2 de febrero de 2000. Parte de su trágica historia quedó perpetuada para siempre en la Seccional 26ta del barrio Los Tamarindos en Chimbas, la que lleva su nombre en honor a su acto de valentía y también como triste recuerdo de lo que es capaz de hacer la delincuencia.

Él hubiese querido vivir del fútbol, su gran pasión: jugó en las inferiores del Club Sportivo Del Bono y debutó en primera como volante a los 17 años. Seguía los pasos de su hermano Gustavo “El Pato” Salina, otro conocido jugador de equipo de la Esquina Colorada. Sin embargo, con el tiempo no le quedó otra que continuar el camino de “El Pato” y convertirse en policía. Y es que Félix necesitaba mantener a su esposa y a sus dos hijos, que eran pequeños. No conseguía trabajo estable, entonces se vio obligado a buscar algo seguro y así fue que ingresó a la Policía. Como muchas cosas que hacía, tomó en serio su profesión y  creyó encontrar su vocación como servidor público. Eso sí, tuvo que lidiar con la burocracia estatal. Fue nombrado como agente en diciembre de 1999 y a los días lo destinaron a cumplir tareas en la Seccional 18va de Albardón, pero sin arma reglamentaria ni uniforme. Les dijeron que debían esperar hasta que la nueva administración del Gobierno de Alfredo Avelín –que asumió en diciembre- se acomodara y ordenara el desbarajuste dejado por el ex gobernador Jorge Escobar. Salina agachó la cabeza y cumplió sus guardias y los recargos sin quejarse, esperanzado que más adelante vería los frutos de su trabajo. Por el contrario, su suerte pareció estar echada desde el momento en que decidió hacerse policía.

Es que el 2 de febrero de 2000 -el día que tenía franco- salió a dar una vuelta en bicicleta por su barrio, el Municipal de Rivadavia, y después pasó por el Bancario. Ahí se detuvo a charlar con un amigo. En eso estaba cuando vio a dos sospechosos en una moto y no pudo con su genio. Empezó a seguirlos de lejos por la calle 6 de Noviembre, cerca de la Parroquia Medalla Milagrosa. Los sujetos eran “motochorros”. Lo descubrió en el instante que notó que se acercaron a un hombre que bajaba de su auto y uno de ellos lo atacó por la espalda. El delincuente empujó a su víctima y le sacó la billetera. Fue cuestión de segundos. Salina reaccionó sin dudarlo y pedaleó hasta llegar a ellos, ahí tiró su bici y se abalanzó sobre uno de los ladrones. Dicen que hubo un forcejeo y de pronto se escuchó el estruendo de un disparo.

Félix Salina cayó al suelo en medio de la confusión y ya no hubo vuelta atrás. Mientras los ladrones escapaban en una moto Zanella 125 cc, el agente quedó tendido y dando sus últimos gritos de dolor y agonía. La víctima del robo, un médico de apellido Pacheco, no logro salvarlo. Tampoco los policías y el equipo médico que llegó a los minutos. Y Salina murió al costado de la calle entre la desesperación de la gente que miraba estupefacta cómo se iba la vida de ese joven.

No hubo una muerte más sentida para la Policía. Era un camarada –como dicen ellos-, un joven que recién entraba a la fuerza y lo que más dolía era que había fallecido justamente por cumplir con su deber al intentar evitar un robo. Todos lo lloraron, más todavía cuando se enteraron que llevaba dos meses trabajando en la Policía y ni siquiera le habían dado el arma reglamentaria y el uniforme. Junto a esto también salieron a la luz los duros reclamos por la precariedad laboral de los policías  y el paupérrimo salario que percibían en ese entonces.

El crimen sacudió a la Policía, que empezó con una cacería para dar con los asesinos. Pero no fue fácil, no contaban con muchas pistas. El médico que sufrió el robo, y único testigo presencial, no aportó demasiados datos para identificarlos. Sí relató que uno de los ladrones supuestamente tenía un tatuaje en forma de corazón en un brazo, según los investigadores.

Fueron días furiosos, los investigadores salieron a allanar aguantaderos y visitaron a “informantes” y posibles sospechosos. En las jornadas siguientes demoraron como a 30 hombres, todos con antecedentes, para investigarlos y preguntarles si sabían algo del crimen. Al final todos fueron liberados y continuó la infructuosa búsqueda que tarde o temprano llevó a dos posibles sospechosos,  Luis “Mala Suerte” Flores y Carlos “El Cata” Díaz. La fuerte certeza de que existían pruebas contra ellos o sola la ansiedad por resolver el caso, hizo que los investigadores apostaron todo a que Flores y Díaz eran los homicidas. Movieron cielo y tierra para encontrarlos durante semanas enteras. Estos por su parte permanecieron ocultos o desaparecieron de la provincia. Sabían que la Policía los buscaba y los señalaban como los autores del crimen que conmocionaba a la provincia, entonces estaban en graves problemas. Sus fotos circulaban por todos los medios y la condena social era un hecho.

Con el tiempo ambos cayeron presos, pero el convencimiento policial y el dolor por la muerte del agente Salina no alcanzaron para traducirlos en prueba y demostrar que ellos eran los asesinos. Flores y Díaz estuvieron detenidos algunos meses, pero la verdad es que la víctima del asalto no los reconoció y los vagos indicios no sirvieron para involucrarlos. La desazón fue grande para los investigadores que quedaron desorientados y sin más sospechoso. Ese fue un final anunciado. La investigación se vino abajo y con ello también se selló toda posibilidad de esclarecer el crimen del agente Salina que hasta la fecha es una herida para la fuerza policial y la propia Justicia.

 

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