Historias del Crimen

“Violador serial” sanjuanino con más de 20 años en la cárcel

Muy pocos conocen la historia del “Pelado” Pérez. Le atribuyeron una veintena de ataques sexuales, pero sólo le probaron dos violaciones. Elegía a parejas que estaban en lugares desolados. Los asaltaba y ultrajaba a la chica. Por Walter Vilca
domingo, 12 de mayo de 2019 · 14:39

Llegaron a decir que cometió más de una veintena de ataques sexuales. Si es verdad o no, su mala fama sobrevuela como una leyenda urbana para aquellos que conocieron la corta y furiosa historia del “violador serial” de Pocito. Un sujeto que cubría su rostro y con un arma en la mano salía a buscar a parejas de novios para atacarlas en zonas desoladas. Sólo le pudieron probar dos violaciones y por su peligrosidad lleva ya más veinte años preso  en el penal de Chimbas.

Lo apodaban el “Pelado” Pérez, pero su nombre real es Andrés Aníbal Pérez. No tenía el aspecto de un hombre peligroso, era casado y en ese entonces tenía una hija pequeña. Nadie podía imaginar que detrás de la imagen de ese joven con rasgos norteño, de oficio albañil, ex empleado de una distribuidora de gas y humilde vecino de Villa Nacusi, en Pocito, ocultaba el rostro de un perverso y violento abusador. Un misterioso sujeto que cargaba un arma, cubría su cara como un bandido y salía de noche a la caza de sus víctimas. En su caso, parejas de novios o amantes que elegían lugares oscuros para estar a solas y que sin querer terminaron viviendo una pesadilla de manos de este solitario violador.

Los policías de aquella época contaban que se hablaba de la supuesta existencia de un sátiro que rondaba y atacaba en la zona Sur del Gran San Juan, en inmediaciones de la ruta nacional 40 y calle 5. Habían escuchado relatos de asaltos a parejas, en los cuales también violaban a las chicas. Sin embargo, no contaban con denuncias. Las víctimas no recurrían a la Policía por vergüenza y pudor o simplemente no querían exponerse porque eran encuentros clandestinos de personas casadas o con compromisos.

Eso que parecían historias fantasiosas o cuentos para meter miedo, tomó visos de terrible realidad la madrugada del 27 de mayo de 1998 cuando una pareja de jóvenes apareció desesperada en la Seccional 6ta a denunciar un asalto y violación en la calle Maurín, cerca de calle 6, en Pocito. El joven y esa chica, que era adolescente, se besaban dentro de un auto Fiat 147 y de la nada los sorprendió un sujeto que tapaba su rostro con una prenda roja y los apuntó con un revólver. Obligó al muchacho a meterse dentro del baúl, mientras que exigió a la jovencita que se desvistiera. Ahí comenzó la violación, primero con manoseos y después con otros aberrantes ultrajes. La chica era virgen. El sátiro en todo momento amenazó con matarlos y también dijo que contaba con un cómplice que iba a llegar en cualquier momento, cosa que no era verdad. No se conformó con el abuso, además robó el estéreo del coche y dos casetes y escapó en medio de la oscuridad. A las víctimas les quedó grabado los ojos del violador y un dato que después sería clave: la campera que vestía y que llevaba la inscripción de YPF GAS, la cual luego apareció tirada en una calle de Rawson, con los dos casetes robados.

Ahí, luego de la denuncia, los investigadores policiales empezaron a tomar en serio todos los relatos sobre un supuesto violador serial que atacaba en la zona Sur. Igual era un poco tarde. Tras el último ataque, el sátiro como que se guardó por un par de semanas y no dejó rastros. Pero su morbo, su perfil de delincuente y su sed por el sexo violento, hizo que apareciera de nuevo la madrugada del 20 de junio del mismo año. Ya no en Rawson o Pocito, sino en cercanías del Dique de Ullum. El misterioso sujeto atacó a una pareja de jóvenes que estaba en un auto Fiat 600 frente a la ex fábrica Cerámica San Juan.

El violador llevaba un pasamontaña, una linterna en una mano y un arma en la otra, con la que apuntó a la pareja para que permaneciera callada e hiciera todo lo que le ordenaba. Otra vez repitió la maniobra. Al joven lo hizo desnudar, lo mandó al asiento trasero y exigió que se acostara boca abajo y no se moviera. Como a la otra chica, a ésta la sometió de todas las formas en el asiento delantero del auto mientras su novio escuchaba sus gritos. Fue una pesadilla para ambos. El violador disfrutaba, incluso pidió a su víctima que gritara y fingiera que gozaba. También aprovechó para robar. El violador reclamó el estéreo del auto y dinero, pero como no había nada de eso, finalmente fugó llevándose el pantalón deportivo del joven novio.

Este último caso fue denunciado en la Policía. Las víctimas señalaron que no pudieron ver el rostro del atacante, pero no se olvidaron de su tez trigueña y de sus ojos, que eran algo alargados. Los investigadores policiales inmediatamente relacionaron el robo y la violación con el caso de Pocito. Coincidía el modus operandi del violador. Se hablaba de la utilización de un arma, de que se cubría el rostro y que siempre sustraía algo. Además, la descripción del físico y de los ojos que daban del sujeto coincidía con la del atacante de la otra pareja. Eso reforzó la hipótesis de que era el mismo hombre.

La investigación fue manejada en secreto por la conmoción pública que podía generar el caso y por otro lado porque esperaban que el delincuente no se diera cuenta de que estaban detrás de sus pasos.  La pista clave fue esa campera azul con la inscripción de YPF GAS hallada en Rawson, que evidentemente pertenecía al violador. No todas las distribuidoras tenían las mismas prendas, entonces policías comenzaron a averiguar a qué empresa pertenecía esa campera hasta que llegaron a dar con la firma. Entrevistaron a sus empleados y se constató que todos tenían su correspondiente prenda, excepto uno que ya no pertenecía a la distribuidora de gas. Ese era Andrés Aníbal Pérez, quien había sido echado y se había llevado una campera similar. Sus compañeros describieron al sospechoso y saltó que tenía los ojos achinados. Ese era un indicio más.

Esos datos fueron cruciales. Ya no era solo una corazonada, los policías sospechaban firmemente que el “Pelado” Pérez era violador serial. El 6 de julio de ese año realizaron un gran operativo y allanaron su domicilio en Villa Nacusi, Pocito. Ahí secuestraron las prendas de vestir que llevaba el día que atacó a la pareja en calle Marín, casi 6. También encontraron la linterna que vieron los otros jóvenes que sufrieron el atraco en Ullum. La detención de Pérez cerró el circulo entorno a él, pues su fisonomía y su estructura corporal coincidía con las descripciones que dieron las víctimas en los dos casos. Evidentemente era el violador serial. Y si bien se investigó si era autor de otros ataques sexuales, nada se pudo probar y la acusación se sustentó sobre los dos casos denunciados.

En el 2000, los jueces Juan Carlos Peluc Noguera, Enrique de La Torre y Guillermo Adárvez llevaron a juicio a Andrés Aníbal Pérez por los delitos de violaciones reiteradas, robo agravado por el uso de arma y privación ilegítima de la libertad. Durante el debate en la Sala II de la Cámara Penal y Correccional se expusieron las acusaciones contra el llamado violador serial y las víctimas volvieron a apuntar contra él, además de reconocer las prendas y los objetos secuestrados. Lo más relevante fue el informe psicológico sobre el “Pelado” Pérez, que lo pintó como un hombre impulsivo, simulador y manipulador. Un psicópata con rasgos perversos en el que primaba el placer a cualquier costo, a la vez peligroso y agresivo a pesar de su imagen de persona tranquila, según el expediente.

El 6 de marzo del 2000, el tribunal sentenció al “Pelado” Pérez a la sufrir la pena de 22 años de prisión. Los jueces se aseguraron que estuviese un largo tiempo entre rejas y esa decisión judicial se mantuvo en todo momento. Hasta la fecha, el llamado violador serial continúa preso pero estaría gozando de salidas transitorias. Fuentes judiciales indicaron que recién en 2020 podrá obtener la libertad, pero su leyenda y su violento pasado seguirá presente para los conocieron su historia.

 

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