Asesinato y violación

El cruel crimen de los hermanos Quiroga

Era el verano del 2005 y una pareja de amantes fue violentamente sorprendida en el Camping de Chimbas. A él lo asfixiaron con un cable de teléfono y a ella la violaron dos veces. La policía los detuvo rápidamente gracias al sagaz accionar de un joven uniformado que se dedicó a investigar por su cuenta el robo de la moto. Los jueces no titubearon con estos dos asesinos y le dieron una pena que deberán cumplir por tiempo indeterminado en la cárcel. Por Omar Garade.
domingo, 29 de abril de 2012 · 12:18

“¿Ya te la cogiste?” preguntó el “Chelo” Quiroga a su hermano mayor mientras entraba a la casucha ubicada en la costa del río San Juan. “Pará, pará, yo no sirvo para violar gente”, le respondió todo nervioso José Luis Quiroga, mientras veía como se enfurecía su hermano menor. El más bajo de los Quiroga se acercó hasta el cuerpo de la Señora P, y de un tirón le sacó el cable que le ataba los tobillos. “Dale boludo, apuráte”, le dijo el “Chelo” tomándolo de un brazo y empujándolo hacia la mujer. El huesudo y largo José Luis cayó de rodillas entre las piernas abiertas de la Señora P y corrió la cabeza para no tener que ver a su víctima. La mujer esta vez no gritó, ni lloró, de su boca solo salió un ruego: “Por favor no dejes que me mate”.

Así fue uno de los momentos que le tocó vivir a la Señora P (llamaremos así a la mujer que fue víctima de la doble violación, ya que su nombre nunca se conoció públicamente) aquel 10 de enero del 2004, luego de ser atacada mientras hacía el amor junto a su amante en un arbolado cercano al camping municipal de Chimbas, a metros de la costa del río San Juan.

Como resultado de ese ataque, la pareja de la mujer terminó muerto, y ella fue violada dos veces por sus atacantes, los sanguinarios hermanos Quiroga, que aún hoy se encuentra pagando su condena en el Penal de Chimbas, luego que un tribunal sanjuanino los sentenciara a “Reclusión Perpetua con más la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado”, en uno de los dictámenes más duros que recuerden los archivos de la justicia local.

Repasemos los hechos ocurridos ese verano del 2004 para tener en mente los graves hechos que llevaron a los jueces a condenar a estos hermanos, con la misma rigurosidad con la que se trató los casos de “El loco del sifón”. Era media tarde del sábado y la madre de Nahuel Soria (24 años en momento de su muerte) estaba preocupada porque el joven se había peleado con su novia y un día atrás le había confesado que no se sentía bien y que “estaba deprimido”.

Su mama tenía sentimientos encontrados por la situación. Por un lado no le gustaba que su hijo estuviera triste o deprimido, pero por el otro estaba contenta de que se hubiera peleado con esa mujer mayor que él y que estaba separada del marido. Le sentía mala espina a esa relación y se lo decía siempre a su hijo: “Buscate una chica de tu edad y sentá cabeza de una vez por todas”. Nahuel la escuchaba, se reía, le deba un beso en la mejilla y se alejaba de ella sin decirle nada.

Nahuel “era un lindo chico” como repetía siempre su madre. De un cuerpo atlético, rubio y carilindo, más de una vecina de Santa Lucía estaba de acuerdo con lo que afirmaba la orgullosa progenitora. Andaba siempre “bien puesto” y recorría las calles sanjuaninas arriba de una moto Suzuki de 110 centímetros cúbicos, de color roja y blanca, que levantaba más de un suspiro entre la platea femenina. “Lindo, simpático y querendón”, como decían sus amigos, Nahuel siempre estuvo envuelto en “problemas de faldas”, y fue por una de esa aventuras que tanto le gustaba contarles a sus amigos en la esquina de la casa, que el muchacho perdió la vida.

Eran las 19,30 horas de ese sábado, cuando la Suzuki se paró en la esquina de calle Maipú y Avenida Rawson. Allí Nahuel se sacó el casco y le dio un beso en la boca a la hermosa Señora P. La Señora P era una mujer mayor de treinta años, casada y con dos hijos. Había conocido a Nahuel en la escuela de su hija, ya que el muchacho era hijo de la maestra de su pequeña. Rápidamente se pusieron en contacto y luego de una serie de llamados y mensajes de todo tipo decidieron salir.

Esa era la primera vez que salían y el beso sorprendió a la Señora P, que aunque anhelaba la pasión de ese joven, no esperaba tanta. Ella, una mujer “con todas las letras”, como le había contado el joven a los amigos de la esquina, estaba separada desde hacía un año de su marido, pero por cuestiones económicas aún convivían. Esa versión de su situación marital, luego fue discutida en el proceso, porque en la forma que ella escondió lo sucedido, dio a entender en todo momento que no quería que su marido supiera que le había sido infiel.

Ella respondió con más fuerza el beso, y rápidamente rodeó su cuello con los brazos. Él no se quedó atrás y también la tomó con fuerza por la cintura. La temperatura subía y antes que sucediera algo fuera de lo común, un suspiro con mezcla de ahogo de ella cortó la “acción” y la separó unos centímetros del cuerpo del muchacho. Ella dijo “vamos a algún lado por favor”, él le cedió su casco, Señora P se acomodó en la Suzuki y partieron.

La primera parada fue en un hotel alejamiento en la zona de Chimbas. Preguntaron el precio, pero reuniendo el dinero que ambos tenían, no alcanzaban a pagarlo. No se desanimaron y fueron a otro. Lo mismo. Esta vez sí se lamentaron y pensaron por un momento que todo ese fuego se iba a tener que terminar en la mesa de un café con tortita, que era lo único que podía pagar con su dinero.

Él se volvió a subir a la moto y le dijo: “Yo conozco un lugar, ¿te animás?”. Ella como respuesta se subió de un saltito y se aferró a su cintura. Nahuel se dirigió hacia la Costanera de Chimbas, y al poco cruzarla, se detuvo en una arboleda que daba a la parte de atrás del Camping Municipal del mismo departamento. En el lugar no había nadie y la poca luz le dio a la pareja la confianza suficiente para entregarse el uno al otro.

Lo que siguió fue una escena de amor. Él la besó apasionadamente e intentó desnudarla. Ella lo detuvo y le dijo que no podía acceder por que estaba “indispuesta”. Nahuel no se amilanó y siguió adelante y ella, presa de esa pasión, se dejó llevar. Estuvieron varios minutos acariciándose y besándose de todas las manera posibles. Ella no pudo más y finalmente se puso de espaldas para que él le hiciera el amor.

Fue en ese instante de gozo en que la pareja había perdido el sentido de la realidad, cuando los dos hermanos Quiroga entraron en escena. Alfredo Quiroga, alias el “Chelo” (32 años cuando ocurrió el hecho), fue el encargado de pegarle violentamente con un palo en la cabeza de Nahuel. El joven cayó derrumbado de inmediato, y la Señora P asustada por lo que había pasado, se subió el pantalón y trató de escapar corriendo.

“Pegále, pegále, que no nos vea las caras”, le grito “Chelo” a su hermano mayor, José Luis Quiroga (38 años en momentos en que ocurrió el crimen). José Luis obedeció a su hermano, y tomando el palo que este le alcanzaba, siguió pegándole en la espalda a Nahuel que estaba indefenso en el suelo lleno de ripio de la costa del río San Juan.

Mientras tanto, Alfredo comenzó a perseguir a la Señora P, que corría aturdida entre la oscuridad. La tomó de los pelos y la tiró de cara al suelo. La dio vuelta y comenzó a pegarle cachetadas en la cara. “Calláte mierda, cállate o te mato”. La levantó y la obligó que caminara hacia el lugar en que su hermano seguía golpeando al joven motociclista.

La volvió a tirar al suelo y Alfredo con otro palo también comenzó a pegarle al muchacho. “No me peguen más” era el ruego desesperado de Nahuel que se retorcía dolor entre las piedras, mientras que desde su cabeza salía un torrente de sangre que de a poco le cubría toda la cara. “Dame la plata, dame los papeles de la moto”, le gritaba el Chelo mientras aumentaba la golpiza.
Por su parte, José Luis ya le había quitado el cinto de cuero que tenía la víctima y con ese elemento le ató las manos. Luego asustado por los gritos de su hermano, le revisó los bolsillos y finalmente extrajo de uno de ellos la billetera del muchacho, que contenía unos pocos pesos y la tarjeta verde de propiedad del vehículo.

Chelo no se calmó al ver esto y sacando un cable de teléfono que tenía en uno de sus bolsillos, comenzó a rodear el cuello de Nahuel. Entre medio puso un palo y comenzó a apretarlo como si fuera un torniquete. El joven se comenzó a asfixiar y movías sus piernas en forma desesperada. “Tenelo así que yo ya vuelvo”, le dijo a José Luis, y agregó “si te mira a la cara dale la vuelta con todo”. Dicho esto, volvió a tomar a la Señora P por el cabello y la llevó hasta la casucha que se encontraba a no menos de cincuenta metros de donde su amante en pocos minutos encontraría la muerte.

Eran tan solo cuatro paredes. No había vestigio que alguna vez había vivido una familia ahí. Según relató el “Chelo” durante el proceso, allí vivía junto a su familia y sus cinco hijos. Que era una casa prestada, pero que cuando su mujer se enfermó tuvieron que irse a vivir con sus suegros. Que él solamente iba hasta allí para cuidar que no se robaran más cosas. Con ese fin había convocado a su hermano mayor para que lo ayudara con la vigilancia.

En el mismo piso la tiró a la Señora P y luego de revisar su cartera, se abalanzó sobre ella a horcajadas, como si la mujer fuera un animal, empezó a pegarle fuertes cachetadas en la cara. “No llorés, no llorés que te mató”. Ella alcanzó a pegar un grito esta vez recibió una trompada. Enceguecido el “Chelo” tomó más del cable con el que ahorcaron a Nahuel y le ató las manos a su víctima. Seguidamente le destrozó la blusa y de un tirón le arrancó el corpiño. Sin pausa, le bajó el pantalón y luego de un fuerte golpe le separó las piernas. No medió un instante, que la bestia comenzó a violarla. La mujer solo gritaba “NO”, y él le seguía pegando en todo el cuerpo, como si la furia de la penetración y los golpes fuera la misma.

Cuando la dejó, la Señora P lloraba casi sin aire. Era como un llanto mudo que salía de su alma. Ella presentía su fin. La violación solo era una parte de este calvario que le tocaba vivir. Alfredo se levantó y antes de salir, ató los tobillos de su víctima con el cable de teléfono. Dejó a la casucha y cuando llegó a adonde estaba su hermano menor, observó que la tarea ya estaba hecha.

Nahuel había muerto tan solo unos minutos después de que “Chelo” se llevara a la Señora P a la casucha. José Luis no tuvo mucho que apretar para que finalmente el muchacho muriera. Durante el juicio se supo que tan solo el primer golpe con el palo que recibió la víctima fue letal para él. También fue la asfixia, que finalmente fue la causa de la muerte que los especialistas demostraron ante el tribunal. Lo cierto es que el ataque recibido por los dos hermanos Quiroga fue tan violento, que no había forma de que Nahuel le escapara a la muerte.

Ambos volvieron a la casucha y allí “Chelo” le mostró en qué estado había dejado a la Señora P. “Cojétela y nos vamos”, ordenó el menor de los Quiroga y se volvió a ir para donde estaba el cadáver del joven Soria. José Luis se quedó parado ante la mujer toda golpeada y sucia luego de ser violada. No se animaba a moverse por miedo de asustarla. De repente entró Alfredo y le gritó “¿Ya te la cogiste?”.

Luego que terminó de violarla, José Luis se levantó y salió a encontrarse con su hermano. Tenía en la cabeza la voz de la Señora P que le pedía por su vida. “Vamos soltarla a ésta por ahí, total con el cagazo que tiene no le va a contar nada a nadie”. El “Chelo” dudó unos minutos, mientras jugaba con el cable entre sus manos. “Está bien, tráela que nos vamos”. José Luis obedeció y levantó a la mujer y la sacó al exterior.

Cada uno tomó uno de los brazos de la mujer y comenzaron a caminar hacia donde estaba el cuerpo de Nahuel. Pasaron al costado de él cuerpo, y a la Señora P casi se descompuso al ver la cara ensangrentada del joven. Pasaron de largo y el “Chelo” le comenzó a hablar. “No digás nada a nadie, sino te vamos a ir a buscar y te volvemos a traer para acá, y de acá no salís viva, ¿me entendés?”. La mujer asentía y no abría la boca. Por un momento le volvió la esperanza, que a pesar de todo podría salir con vida de esa pesadilla.

Hicieron cien metros entre las pequeñas piedras, cuando finalmente escuchó la voz de José Luis que decía: “Corré y no parés. No se te vaya a ocurrir mirar para atrás”. Ella dudó un segundo, pero un empujón en la espalda le indicó que era cierto que ellos querían que corriera. Así lo hizo, lo más rápido y lo mejor que pudo entre las piedras. Los hermanos Quiroga se quedaron mirando un momento hasta que la silueta de su víctima se perdió en la oscuridad. Se volvieron donde estaba la moto: tenían algo más importante que hacer.

Alfredo y José Luis levantaron el cuerpo de Nahuel Soria y lo llevaron lo más cerca posible de la costa del río. A no más de 200 metros de la casa, los dos hermanos improvisaron una tumba con piedras, en donde finalmente depositaron el cuerpo del joven. Por la forma en que lo cubrieron, era notable que no veían bien, ya que la mitad del cuerpo del joven quedó al descubierto.

Todo parecía terminado para estos dos asesinos, que en ese momento decidieron separarse. Alfredo llevaría la moto y el casco a la zona de la Plaza España para venderla, y José Luis volvería a la precaria vivienda para quemar todas las evidencias de lo que había pasado allí minutos antes. Pero todo este esfuerzo fue en vano, porque el olfato de un policía descubrió rápidamente todo lo sucedido.

La investigación y detención

Un oficial investigador se enteró al otro día que un grupo de personas, que trabajan en la venta de panchos de la zona de la Plaza España, anduvo dando vueltas toda la noche con una motocicleta que tenía manchas de sangre. El uniformado de calle comenzó su propia investigación durante varios días, que finalmente lo hizo llegar hasta el vehículo y dar con los asesinos.

Al interrogar a los pancheros, uno aseguró que sí había estado con una moto que le había dejado un amigo para venderla, pero que no era costosa porque estaba floja de papeles. Ese mismo panchero le dijo al investigador que la moto tenía una mancha de sangre en el tanque de nafta. El investigador siguió con su búsqueda y pronto dio con la persona que compró la Suzuki 110 por tan solo 300 pesos.

El oficial obligó a los pancheros a que recuperaran la moto; estos lo hicieron y se la entregaron en partes a la autoridad. El oficial, dándose cuenta que el comprador sabía que era robada, decide también interrogarlo a él. Durante el interrogatorio el comprador y posterior desarmador de la moto le relata al oficial que el vehículo había sido robado a una persona y que esa persona estaba muerta. Que así se lo había contado el panchero que se la vendió. El oficial volvió tras sus pasos, y retomó sus investigaciones con el panchero. Finalmente este le reconoció que era robada y que aparentemente su propietario estaba muerto, porque así se lo había contado un ex panchero que sabía ir de visita a su carro, un tal “Chelo”.

Todo esto sucedía al mismo tiempo que la familia de Nahuel y sus amigos buscaban al joven por todo San Juan. Cuando su cuerpo fue encontrado semienterrado en la costa del río San Juan, el 15 de enero, es decir 5 días después del crimen, lo único que tuvo que hacer el policía que había recuperado la moto fue atar cabos.

De esa manera se llegó rápidamente a los hermanos Quiroga, que al ser detenidos no presentaron resistencia. En algún momento José Luis intentó contar lo que había sucedido, pero rápidamente fue censurado por su hermano menor, que lo obligó que tuviera cerrada la boca en todo momento. Recién hablaron durante el juicio que se realizó en diciembre del 2005, casi un año después.

Allí los hermanos alegaron todo el tiempo que ellos no habían sido los protagonistas de lo ocurrido. Que fueron otras personas que estaban junto a ellos, y que tan sólo se habían dedicado “a mirar asustados” lo que ocurría. El desfile de testigos y especialistas demostró todo lo contrario, y fue por la gran cantidad de pruebas en su contra que los sanguinarios hermanos Quiroga terminaron en prisión.

Los miembros de la Sala Primera de la Cámara en lo Penal y Correccional, integrada por los jueces Diego Román Molina, Arturo Ernesto Velert Frau y Silvia Peña de Ruiz, juzgaron a los Quiroga por los cargos de “Homicidio doblemente agravado, abuso sexual y robo simple”.
Con esa carátula, el 12 de diciembre del 2005, estos jueces condenaron a Alfredo y José Luis Quiroga a “Reclusión Perpetua con más la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado”, que es una de las penas más severas del Código Penal, similar a la que le dictaron al acusado de los retorcidos casos de “El Loco del sifón”.

¿Qué pasó con la Señora P?

Luego de correr como desesperada a largo de la costa del río San Juan, la golpeada y abrumada Señora P consigue orientarse y comienza a poner rumbo hacia la avenida Costanera. A pocos metros de andar por el lugar, da con un bar. La esperanza la inunda, y dándole la vuelta al lugar, elige una de las puertas traseras y con fuerza comienza a golpear para llamar la atención. Una mujer de unos cincuenta años sale a ver qué pasaba y al percatarse que se trataba de un chica golpeada y violada, la hace entrar a su local.

La Señora P le cuenta lo sucedido a su “salvadora” pero le ruega que no llame a la policía, porque tenía miedo de lo que fuera a suceder con su marido. Su benefactora la entiende, por eso le llama un remis que la traslade a su hogar. Cuando llegó allí no pudo sostener mucho la versión de que se había caído mientras caminaba, razón por la cual le terminó diciendo que había sido secuestrada y violada.

El marido la llevó de inmediato a que hiciera la denuncia ante una comisaría. Allí repitió la mentira del rapto, pero se dejó hacer todos los exámenes físicos que se hacen en este tipo de presentaciones. Lo cierto es que gracias a la muestra del semen que se extrajo a la mujer luego de la denuncia, se pudo incriminar definitivamente a los hermanos Quiroga, porque esos test no dejaron dudas que el esperma provenía de ellos.

Solo unas pocas horas después de haber hecho la denuncia, la Señora P sintió una gran presión familiar, ya que en todo momento dudaban de su versión de los hechos. Fue por esto que la bella mujer decidió viajar a Buenos Aires por unos días, para recuperarse de lo sucedido. Ella no supo en ese momento cual había sido el final de Nahuel Soria, pero pensó, que al igual que ella, los Quiroga lo habían dejado ir.

Estaba en Buenos Aires cuando se enteró y volvió de inmediato a San Juan para dar su testimonio sobre lo sucedido e identificar a los sanguinarios hermanos Quiroga.

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