Cinco muertos en un accidente

Cuando la vida no vale nada

En el invierno del 2002 un conductor borracho llevó a la muerte a cuatro niños y un adolescente al caer con su auto al cauce del río Los Patos, a pocos kilómetros de la Villa Calingasta. Por Omar Garade.
domingo, 22 de abril de 2012 · 18:39

Por Omar Garade

Quizás hoy la situación ha cambiado, pero en el invierno del 2002 un accidente que produjo cinco muertos, dejó la triste sensación de que la vida en la Villa Calingasta no valía nada. El abandono y la desidia que se vivía en ese entonces en aquella localidad cordillerana era tan evidente, que ni siquiera la tristeza general por tan luctuoso accidente podía tapar la sensación que uno de los lugares más bellos de San Juan, se estaba convirtiendo en un pueblo fantasma.

Muchos factores confluían para que así fuera. Quizás el más importante fue el corte de la Ruta Provincial 12 por la construcción de los diques Caracoles y Punta Negra. Este hecho había prácticamente aislado a esa zona de la provincia. La construcción del nuevo camino se demoraba cada vez más y las promesas de las autoridades provinciales de turno, ya no eran creídas por los pobladores de la zona, que tenían la sensación de que habían sido olvidados definitivamente.

Otro factor importante era la crisis económica que envolvía a todo al país y a San Juan en particular. En el momento en que ocurrió este accidente, la municipalidad de Calingasta llevaba un retraso de tres meses en recibir de la coparticipación provincial que les correspondía. Eso significaba una gran sangría para la sociedad calingastina, que como muchos pueblos del interior provincial, dependía en aquellos años de empleo público y de la distribución de esa cantidad de dinero en toda la villa.

A estos problemas circunstanciales que aquejaban el lugar, había que agregarle los crónicos que son más corrientes en zonas alejadas y cercanas a la cordillera de los Andes. La falta de trabajo, sobre todo en la época de invierno, y el alcoholismo que era realmente una epidemia en esa época, formaban parte del paisaje habitual de la villa. A cualquier hora se veía gente sin hacer nada en distintos lugares públicos del pueblo, a la vez que muchos de ellos se encontraban totalmente borrachos desde tempranas horas de la mañana.

Dentro de este desalentador panorama se produjo uno de los accidentes más trágicos que se recuerde en la provincia. Eran las 17 horas del 7 de julio del 2002, cuando Roque Dávila (42 años en el momento del hecho), un minero desempleado con domicilio en la propia villa, se subió a su viejo Renault 12 y viajó los 11 kilómetros por la ruta 12 que lo separaban del paraje Alcaparrosa, donde se encontraba la vivienda de los Gonzáles.

Los Gonzáles eran una de las tantas familias que vivían en los alrededores de Calingasta y que en esa época del año no tenían mucha actividad por la falta de trabajo. Una mujer dirigía la casa, doña Catalina, y  sus hijos la acompañaban. Su marido, Hugo, era un empleado municipal, que sólo los fines de semana volvía a su casa, ya que le era costoso y pesado realizar el viaje de 11 kilómetros todos los días para ir y volver de su casa al trabajo.

Dávila se dirigía allí porque tenía interés en una de las hijas de los Gonzáles. A Teresa no le interesaba este hombre que a veces con su viejo auto hacía servicio de remis, pero desde que su marido, Mauricio Yáñez, había caído preso, por lo menos no lo “corría” cuando iba a la casa. Don Hugo no aprobaba esa relación y se lo había dicho muy “clarito” a Dávila, pero éste a pesar de la prohibición paternal, insistía en darse una vuelta los fines de semana por lo de los Gónzalez para aunque sea verla.

Como Dávila no podía decir que iba a ver a Teresa, decía que se acercaba a saludar a sus “amigos” Cristián González (17 años en momentos del hecho) y Hugo González (16 años cuando falleció), que eran los hermanos menores de la “pretendida”. El mismo Cristián aseguró que Dávila ya estaba “curado” cuando se bajó de su auto en el paraje Alcaparrosa. Así fue, ya que el conductor venía tomando desde el mediodía y durante la siesta. A esa hora por lo menos ya llevaba tres litros de vino en su “haber”.

Todos los que conocían a Dávila en esa época lo definen a “como un tipo alegre y de buen corazón, que él único problema que tenía era que tomaba mucho”. Los hermanos Gonzáles lo recibieron muy bien y rápidamente descorcharon unas botellas de vino patero. Todo transcurría con alegría en esa humilde casa, cuando a uno de los muchachos se le ocurrió pedirle al dueño del Renault que fueran hasta la villa para buscar la guitarra.

Dávila accedió y trastabillando se subió al vehículo. Hugo le preguntó si podían llevar a los niños, que hacía mucho que no iban a Calingasta. “Buscamos la guitarra y de paso los chicos dan una vuelta”.  Dávila aceptó y todos entraron al coche. Además de Dávila iban los hermanos Cristian, Hugo, Rosa (10 años cuando murió) y Silvana (12 años cuando murió), y los hijos de Teresa (la pretendida de Dávila que no participó del viaje) Cintia (en ese momento 4 años), Fátima (6 años cuando murió) y Brígida (11 años cuando murió).

Eran las 20 horas de ese fatídico domingo, cuando todo el grupo se dirigió hacia la villa Calingasta. Una vez que llegaron allí, Dávila recogió su instrumento y varias veces se paró a seguir tomando vino con amigos y conocidos. Al igual que él, los hermanos Cristián y Hugo, se encontraban bastante alcoholizados cuando decidieron regresar hacia la casa de los González. Hicieron una última parada en el kiosco del Automóvil Club Argentino (ACA), donde los tres tomaron la última “caja de vino”.

Algunos aseguran que Dávila tuvo un contratiempo con un vecino que le quería quitar las llaves porque lo veía demasiado borracho como para conducir. Eso no se comprobó durante el proceso en tribunales, pero sí hubo varios testimonios de que cuando bajó en el ACA, ya le costaba mucho mantenerse en pie. En ese estado es que se puso al volante y tomó de nuevo la ruta 12 para desandar el camino. Adelante iba el conductor, Cristian y la pequeña Cintia, mientras que atrás iban Hugo, Rosa, Silvana, Fátima y Brígida.

A pocos kilómetros antes de llegar al paraje Alcaparrosa, Cristián ya le pedía a Dávila que por favor bajara la velocidad. Estaba preocupado. De un lado el enorme cerro, y del otro el precipicio y el caudal del río Los Patos. El chofer no le hizo caso y no aminoró su marcha. En algún momento Cristian dijo que el auto iba a unos 100 kilómetros por hora, aunque luego ante el tribunal dio una nueva versión asegurando que el vehículo no iba a más de 60 kilómetros por hora. Lo cierto es que para un camino de montaña sinuoso como el viejo paso a Calingasta, cualquiera de las dos velocidades era excesiva.  Cuando llegaron a una curva cerrada, Cristián le gritó a Dávila: “¡Cuidado con el cerro!”. A partir de ese momento todo fue tragedia.

El gritó alertó a Dávila, que pegó un volantazo que no evitó que una de las gomas traseras raspara con la montaña. El violento movimiento del volante, más el roce del vehículo con el cerro, provocó que el Renault 12 perdiera totalmente control. La máquina se fue directamente para la mano contraria y luego de pasar la banquina, se desbarrancó.

El auto cayó por lo menos 25 metros por el precipicio antes de hundirse dentro del cauce del río Los Patos. Mientras caía golpeó varias veces con piedras y pequeños arbustos, que hicieron cada vez más violento y sin freno el descenso. Todo transcurrió en unos segundos, y lo que era risa y bromas en el asiento de atrás, ahora se convirtió en gritos y desesperación.

El Renault 12 cayó de trompa sobre el río. El envión lo llevó a dar vuelta sobre sí mismo. Cuando quedó con las ruedas para arriba debajo del agua no se detuvo. Volvió a dar vuelta sobre sí mismo y quedó dentro del  frío lecho con el techo para arriba. El parabrisas delantero se despedazó apenas el vehículo entró al agua, por eso todo el interior se inundó de inmediato.
Fue esa misma violenta entrada de agua la que desalojó de la parte delantera a Dávila, a Cristián y a la pequeña Cintia. Ellos tres lograron salir del auto y de distinta manera llegar a la superficie. Los cinco que se encontraban atrás no tuvieron la misma suerte. El líquido les pegó de lleno y rápidamente invadió el lugar en que se encontraban. Ellos no tenían por dónde escapar. En unos segundos los apretujados hermanos y sobrinos González murieron ahogados, como si hubieran estado dentro de una trampa mortal. Hugo, Silvana, Rosa, Brígida y Fátima dejaron sus vidas en el agua del río Los Patos.

Luego, el milagro. Cristián recuperó el conocimiento arriba del capot del auto. Miró para todos lados y recién se dio cuenta de que el cuerpo de su sobrinita descansaba sobre su pecho. Miró a un costado y vio cómo el cuerpo de Dávila flotaba boca arriba y sin señales de que el hombre estuviera consciente de lo que le pasaba. Hizo un esfuerzo descomunal para pararse y en ese movimiento, Cintia se volvió a caer en el agua. Se desesperó y empezó a buscarla, fueron segundos horribles, hasta que sintió que algo lo tomaba del pantalón. Metió su mano y encontró la de su pequeña sobrina. De un solo tirón volvió a sacar a la pequeña a la superficie y con fuerza la rodeó con sus brazos.

Una vez recuperada la “Chatita”, como le decía Cristián a su sobrina de cuatro años, comenzó a pensar cómo salir del río. Tenía que ser rápido, porque la estructura del auto se movía por la correntada. Estaba lejos del barranco (casi no había un espacio de costa), por lo que era difícil salir de ahí. Se decidió y se jugó una estrategia peligrosa que le permitiera llegar al barranco. Con todas sus fuerzas tiró el cuerpo de la niña que estaba semiconsciente lo más cerca de la tierra. Inmediatamente después se tiró tras ella y nadó lo más rápido que pudo al lugar donde había caído la pequeña. Así lo hizo y en unos minutos estuvo seguro al pie del cauce.

Una vez allí, al joven de 17 años, se le presentaba otro desafío, que era el de trepar los 25 metros de barranco que lo separaban de la calzada de la ruta 12. Un día después de lo ocurrido, Cristián no se podía explicar como hizo para subir. Estaba muy cansado después de salir del auto, pero sabía que si no encontraba ayuda para su sobrina, esta podía perder su vida.

 Con una fuerza inusual se tomó de lo que pudo y comenzó a trepar. Se caía y se paraba. Se tomaba de un arbusto, se lastimaba las manos, pero seguía. Finalmente, con un esfuerzo sobre humano, llegó a la ruta. Allí se tiró unos minutos para recuperar el aliento, siempre con su sobrina cerca del pecho.

No pudo darse el lujo de desmayarse, porque inmediatamente alzó entre sus brazos a la “Chatita” y comenzó a desandar el camino hacia su casa. Descalzo (perdió sus zapatos en la trepada), totalmente mojado y casi congelado por el frío, inició la caminata. A unos 500 metros del lugar del accidente se encontró con unos vecinos. Estas dos personas tuvieron que pararlo a Cristián que casi no los vio. Al contarle qué les había pasado, estas personas los subieron a una camioneta y los llevaron hasta su casa.

De allí salieron los primeros vecinos para rescatar a las víctimas. Al único que encontraron con vida fue a Dávila, que todavía flotaba boca arriba cerca del auto. Cuando revisaron por primera vez se dieron con el horror de que ninguno de los menores que allí se encontraba había sobrevivido.

En pocas horas había más de cien personas sobre la ruta. De a uno fueron sacados los cuerpos del auto y elevados a través de cuerdas hacia la ruta. Luego llegaron tres camiones, que también a través de cuerdas y poleas, maniobraron por horas hasta que lograron sacar del agua al Renault 12 de Roque Dávila.

Tanto Cristián como Cintia y Dávila fueron atendidos en el hospital zonal. Los tres se recuperaron rápidamente, pero sólo el conductor no volvió a su casa, ya que quedó detenido en una celda de la comisaría de Calingasta, acusado de homicidio culposo.

El lunes, la villa era una máscara de dolor. El espectáculo de los cinco féretros todos alineados en el espacio del comedor infantil de la ciudad, era conmovedor. La improvisada e inmensa sala velatoria estuvo colmada de vecinos desde las 12 horas del 8 de julio, hasta las 15 horas del 9 de julio, cuando se llevaron los cuerpos hasta el cementerio local.

Un año después, Dávila fue a juicio y sentenciado a 3 años de prisión efectiva por el cargo de homicidio culposo, agravado por la imprudencia y la negligencia de conducir alcoholizado. En el momento del accidente se le hicieron los análisis de sangre y los resultados dieron que el conductor tenía el triple de alcohol permitido para manejar. También se comprobó que el Renault 12 estaba en buenas condiciones, y que no hubo una falla mecánica como dijo la defensa, y que la tragedia en sí fue causada por un error humano, que en este caso fue provocado por el estado de borrachera del acusado.

En menos de un año Dávila quedó libre, porque a pesar de recibir una sentencia inusual para la época con respecto a los acusados de homicidios culposos por accidentes de tránsito (normalmente en esos años se daban condenas en suspenso por ser menor a tres años), rápidamente salió del Penal de Chimbas.

Durante todo el juicio, Roque Dávila dijo que no recordaba nada de lo que había pasado. Lo último de lo que tenía noción es cuando se bajó con los chicos González en el ACA, luego despertó en el hospital. Sin duda esta fue una estrategia de la defensa para que el acusado no se inculpara. Pero con el tiempo esa idea de no recordar, también le habrá servido para seguir sobreviviendo, porque el solo hecho de acordarse que por su irresponsabilidad y adicción, cinco personas murieron, habrían convertido en un infierno su vida.

La despedida

El entierro de los niños y jóvenes muertos en el accidente del 7 de Julio del 2002, fue realizado recién el 9 de Julio. Era tanto el dolor en la villa, que el intendente de ese momento decidió suspender los festejos por el día de la Independencia nacional. Es más, el locro patrio que se iba a hacer para todos en el pueblo, se transformó en un guiso carrero para los asistentes al velorio esa mañana.

El traslado de los féretros estaba programado para el mediodía del 9 de Julio, pero como no llegaba el padre de los dos hijos de Teresa González que murieron en el accidente, se pasó para las 16 horas. Se trataba de Mauricio Yáñez, por esos días un conocido ladrón de la zona de Calingasta que se encontraba cumpliendo su segunda condena en Chimbas.

Al llegar Yáñez (que tuvo que ser trasladado por un diputado de la zona, porque el Penal no tenía en qué llevarlo hasta la villa), se acercó a los féretros de sus hijos y le dio un ataque de nervios, que lo tuvo por varios minutos temblando y llorando en el piso custodiado por dos guardiacárceles.

A muchos de los presentes les llamó la atención de que Teresa se acercara a ayudarlo a recuperarse, ya que ella lo había denunciado varias veces debido al castigo físico que Yáñez le propinaba a la mujer cuando estaban juntos. Además, para todos los vecinos era conocido el desinterés del convicto por sus hijos, a los que no atendía por el simple hecho de que pasaba su tiempo entre los robos, la cárcel y el alcohol.

Finalmente, los ataúdes salieron a las 15 del comedor infantil y tardaron una hora en llegar al cementerio calingastino, donde en una fosa común para los cinco, fueron definitivamente  depositados.

El alcoholismo

Con el tiempo se comprobó que de las ocho personas que iban en el Renault 12, tres de ellas estaban alcoholizadas, y según se supo ninguno de los tres podría haber manejado. Es decir Roque Dávila, Cristián y Hugo González, estaban totalmente borrachos. Si lo pensamos, los niños que subieron a ese auto estuvieron todo el tiempo condenados, porque tanto el mayor, como los otros dos adolescentes que podrían haber manejado, estaban tan alcoholizados que cualquiera de ellos podría haberlos llevado a la muerte.

Otro dato sobre el alcoholismo en este caso, es que el padre de las víctimas, el municipal Hugo González, fue visto todo ese domingo alcoholizado en la villa, y tanto fue el estado de ebriedad que tenía este hombre que ni siquiera pudo participar del rescate de los cuerpos de sus hijos y nietos.

Finalmente, durante la cobertura de esta noticia por periodistas de la capital provincial, se llegó a la conclusión de que el alcohol corría libremente por la villa y nadie hacía nada por controlarlo. Ni el intendente de esa época, ni el jefe de la Policía, pudieron responder con hechos concretos que se podía hacer para detener ese flagelo que literalmente estaba destruyendo esa sociedad.

La queja más normal es que los ciudadanos se podían emborrachar a cualquier hora en espacios públicos sin que nadie le dijera nada. La prueba estaba en que los últimos tragos de vino que tomaron Dávila y los hermanos González, fue en el kiosco del ACA, a unos pocos metros de la sede policial de ese pueblo.

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