Policiales que conmovieron a San Juan

El crimen del agente Salinas: Un muerto, muchos responsables

Comenzaba el nuevo milenio en San Juan y un crimen de un joven policía dejaba sobre el tapete un menú de irresponsabilidades por parte del poder político que costó una vida. Félix Salinas intentó detener a dos arrebatadores que acababan de robar a un hombre su billetera y recibió un disparo en el corazón. El joven policía se enfrentó a las malvivientes sólo con su vocación, ya que la fuerza a la que pertenecía no le había dado el arma reglamentaria ni el uniforme. Por Omar Garade.
domingo, 18 de marzo de 2012 · 13:18

La muerte del agente Félix Salinas tiene muchos culpables. No fue solamente responsable el criminal que apretó el gatillo que produjo el disparo que le quitó la vida en una calle del barrio Bancario en Desamparados, sino también las autoridades policiales y de gobierno que lo mandaron a la calle sin preparación, sin uniforme y sin arma reglamentaria.

Todo sucedió en febrero del 2000 y el doctor Alfredo Avelín recién llevaba dos meses como gobernador de la provincia. Uno de los principales problemas que tuvo que enfrentar su administración fue la pesada herencia de nombramientos de último momento en la Policía que había realizado el gobernador Jorge Escobar.

Las comisarías se llenaron de “agentes” que por decreto habían llegado a la fuerza. Sin adiestramiento y sin los elementos mínimos para realizar este peligroso trabajo de seguridad. Este repentino engrosamiento de las filas policiales sólo se debía a un intercambio de favores políticos que se pagaban con puestos de trabajo dentro del Estado.

A ninguno de los que se iba de la administración Escobar –incluso el mismo gobernador- les importaba cuál era el futuro de esas personas. Por lo tanto, para ellos sólo significaba la firma de un documento oficial de último momento, en el que nunca se tuvo en cuenta la seguridad de los sanjuaninos ni el mejoramiento de las instituciones de seguridad de la provincia.

El mismo papel cumplieron las autoridades policiales de esa época, que lejos de oponerse a este aluvión de nuevos agentes, se hicieron los distraídos y abrieron las puertas a estos novatos que ni siquiera habían recibido el adiestramiento mínimo antes de ser designados en algún destacamento policial.

La idea es que nada importaba. No importaba el que entraba, porque al que entraba tampoco le importaba ser policía. Según la visión del gobierno y de los jefes policiales, eran tan sólo personas que querían trabajo, que podían hacerlo en la fuerza, como en cualquier ministerio en la tarea que fuera. Lo importante era darle “conchabo” en el Estado y asegurarles un sueldo.

Pero en esa maraña de irresponsabilidades había un joven que sí quería ser policía. Que había visto por años cómo su hermano mayor llevaba puesto el uniforme con orgullo y quería ser como él. Era un joven que estaba casado y tenía dos hijos, pero además de la necesidad laboral, tenía realmente una vocación de servicio para utilizar el uniforme de la Policía de San Juan. Ese joven era Félix Salinas.

El 2 de febrero del 2000 toda la situación explotó cuando una bala calibre 22 abrió el pecho de este joven agente a plena luz del día. El hecho ocurrió pasadas las 11 en una calle del barrio Bancario en la zona de Desamparados. Salinas estaba de franco y se encontraba charlando con unos amigos en un kiosco del lugar.

En un momento, el agente observó cómo una moto con dos ocupantes hacía una extraña maniobra y tomaba una calle a contramano. A Salinas le pareció sospechoso ese accionar y se subió a su bicicleta playera para ver hacia dónde iban estos dos sujetos.
Cuando llegó hasta la esquina por donde había seguido viaje la moto, se encontró en presencia de un robo. Uno de los ocupantes del rodado se había bajado y había golpeado a un hombre que acababa de estacionar su auto frente a la puerta de entrada de su casa. En el suelo, la víctima; el ladrón, a cara descubierta, le metió la mano en uno de los bolsillos del pantalón y le robó la billetera.

El que estaba en la moto y llevaba un casco puesto, le gritó a su cómplice que se apure, que debían escapar. Cuando el ladrón se subió a la moto, se encontró con que muy cerca había una persona que le gritaba que se detuvieran.

Se trataba del agente Félix Salinas, que al ver lo que sucedía, se subió en la bicicleta y pedaleó rápidamente hasta alcanzar los malvivientes. Allí les gritó que se detuvieran y se identificó como policía. De inmediato se trabó en lucha con uno de ellos para evitar que escaparan.
Cuando uno de los ladrones logró zafar de los brazos de los ladrones, sacó un arma calibre 22 y en una distancia no mayor a dos o tres metros le descerrajó un disparó que le dio al joven en plena zona del corazón. Salinas se desplomó en el suelo y los criminales huyeron de inmediato del lugar.

Las personas que se acercaron vieron cómo en sus últimos minutos de vida, Salinas hacía fuerza para darse vuelta y ponerse sus espaldas. Los que lo atendieron dijeron que el muchacho sangraba cada vez más y a cada momento su respiración se hacía más difícil. Llamaron a una ambulancia, pero cuando llegó al lugar el agente ya había muerto.
De ahí en adelante todo fue escándalo. ¿Cómo era posible que un agente de policía no tuviera su arma reglamentaria? ¿Cómo era posible que un agente estuviera en la calle sin el adiestramiento mínimo? ¿Quién había nombrado a Salinas y cómo fue que le dieron un destino con todas estas carencias para prestar servicio?

Todas estas preguntas se comenzaron a agolpar en los medios de comunicación y en la opinión pública general. Las respuestas rápidamente llegaron y en los decretos de Escobar estuvo la respuesta. El gobierno del doctor Avelín estaba en medio del proceso de revisión de estos nombramientos cuando ocurrió el asesinato.

 Aunque no tenía una responsabilidad directa en que ese joven estuviera en la Policía, sí la tenía al no controlar en tiempo y en forma en que se desempeñaban los nombrados por decreto. En no analizar en que le servían a la fuerza policial estos nuevos agentes sin preparación.
Pero también en esto se lo debe disculpar al titular de la Cruzada Renovadora, ya que tan sólo dos meses no era mucho lo que podía hacer, pero sobre todo no contó con la ayuda de la jerarquía policial que no hizo nada para cuidar la institución y le dieron destinos en comisarías a estos novatos.

En medio de esta discusión de responsabilidades y culpas, el resto de los policías comenzaron una incansable búsqueda de los autores del crimen. Tropezaron con un gran obstáculo en la pesquisa, ya que el principal testigo de lo ocurrido, la víctima del robo, no estaba dispuesto a dar muchos detalles de lo que había vivido en ese momento.

Se trataba de un médico de nombre Luis Quiroga Pacheco, que en todo momento aseguró que no podía reconocer a los criminales que lo habían asaltado. Para los investigadores no había duda, el profesional no quería dar su testimonio por miedo a las represalias de los delincuentes. Le insistieron de todas maneras, hasta le propusieron dejarle custodia policial en su casa hasta que los delincuentes fueran atrapados. Todos estos esfuerzos fueron en vano, ya que el médico se seguía negando.

Poco tiempo después, en un episodio todavía no muy claro, el profesional accedió a identificar a sus agresores en los libros de delincuentes que poseían los investigadores. Según las autoridades de esa época, el doctor fue “tratado con mucho decoro” por dos oficiales que fueron a visitarlo y durante esa “visita” finalmente aceptó colaborar con los uniformados.
Se trataba de dos “simples arrebatadores”, como los tenía identificados la fuerza hasta ese momento. Eran Luis Alberto “El mala suerte” Flores y Carlos Javier “El Cata” Díaz. El primero de estos era el que estaba más comprometido ya que se lo señalaba como quien había disparado el arma que mató a Salinas.

Flores conducía la moto, mientras que Díaz fue quien se bajó del rodado para robarle la billetera a Quiroga Pacheco, por lo tanto su situación no era tan complicada como la de su cómplice. A partir de esta identificación toda la fuerza salió a allanar cada uno de los aguantaderos de la Capital y el Gran San Juan.
En el playón de la Central de Policía se podían ver las filas de detenidos que esperaban a que los investigadores les tomaran declaración sobre el caso. Esto siguió así por varias semanas, pero a pesar de este gran esfuerzo los sospechosos no pudieron ser detenidos.  Una red de familiares, amigos y cómplices lograron que tanto Flores como Díaz salieran de la provincia inmediatamente después de haber asesinado a Salinas.

Años después se logró detener a uno de estos malvivientes en la provincia de Buenos Aires, pero a pesar de todo el esfuerzo que se realizó en esta investigación no se lo pudo llevar a juicio, es decir que ninguno de los dos criminales que participó en el crimen del joven Félix fue atrapado, enjuiciado o encarcelado.

La frustración entre sus colegas todavía subsiste, porque a pesar del tiempo transcurrido se lamentan de no haber encontrado nunca una prueba o un testimonio definitivo que los ayudara a hacer justicia. Ni siquiera la moto fue encontrada. Según explicaron, el vehículo debió ser desarmado por partes y hecho desaparecer definitivamente. Lo mismo pasó con el arma, de la cual nunca se encontró ningún rastro de ella.

Lo cierto es que el caso del crimen del agente Salinas dejó al descubierto las irresponsabilidades por parte de los políticos, la desidia por parte de las altas esferas policiales, y la desprotección que sienten las víctimas de ilícitos, que ni siquiera se animan a testimoniar contra sus agresores.

La despedida

El entierro de los restos de Félix Javier Salinas conmovió a todo San Juan. Unas trescientas personas se dieron cita en torno al féretro que hizo un recorrido desde el centro capitalino, hasta un cementerio parque ubicado en Rivadavia.
La despedida empezó a las cuatro de la tarde y terminó cerca de las 9 de la noche, luego de que el cortejo fúnebre hiciera dos paradas importantes para la gente que conoció al joven agente.

Primero fue en su casa del Barrio Municipal en la zona de Desamparados. Allí cientos de vecinos salieron de sus casas a presentar sus respetos y poner una flor sobre el cajón.
La segunda fue en el club Sportivo Del Bono, institución en la que Félix jugaba el fútbol al igual que su hermano. Allí lo esperaban un grupo de niños de las inferiores del club, que con un clavel en la mano y con la tradicional camiseta con los colores blanco y celeste.

Finalmente llegaron al cementerio parque, en el que las autoridades policiales dijeron algunas palabras ante la desesperación y la tristeza de los padres, el hermano y la mujer de Salinas.


Una vida en números

La indignación que existía entre los colegas de Salinas en el momento de su muerte fue mucha. Sobre todo por la cantidad de dinero por la que este muchacho había arriesgado y perdido su vida. Era febrero del 2000 y ese hombre que yacía en el piso rodeado de peritos y forenses, sólo se llevaba a su casa luego de un mes de trabajo 450 pesos.

Esa cifra en ese momento era una miseria y apenas superaba lo que cobraba un empleado de comercio. En total cobraba un bruto de 630 pesos, pero luego de los descuentos le quedaban 450. En ese momento sus compañeros no tan sólo se quejaban del bajo sueldo, sino también de que muchas veces ellos mismos se tenían que comprar el uniforme. Algunos aseguraban que conocían casos que en algunas comisarías los efectivos debieron adquirir sus propias balas.

La familia, es decir la esposa y los dos hijos de Salinas, habrían cobrado en esa oportunidad tres seguros a los que aportaban tanto el policía como el Estado. Nunca se supo si lo hizo y tampoco trascendió cuál fue el monto indemnizatorio por la vida de este muchacho.

¿Hizo bien?


Todos admiraron y aplaudieron lo hecho por Salinas. El acto de coraje de haber enfrentado a los dos delincuentes y tratar de detenerlos totalmente desarmado. Pero pasada esta euforia, muchos se preguntaban si el acto de coraje no era también un acto de irresponsabilidad.

 ¿Tendría que haberlos dejado ir y dar aviso a un patrullero? ¿Se habría arriesgado demasiado sin antes constatar si los delincuentes estaban o no armados? ¿Estaba adiestrado Salinas como para enfrentar una situación de este tipo?

Todas estas preguntas quedaron sepultadas bajo el inusual hecho de que un policía de franco y desarmado no se hubiera hecho el distraído y actuado para detener a los criminales.

Raid

Durante la investigación se pudo constatar que antes de asesinar al agente Salinas, el infame dúo de “El mala suerte” Flores y “El cata” Díaz, habían cometido dos intentos de robos por la zona. El primero en un kiosco, al que ni siquiera pudieron entrar porque fueron anticipados por el dueño del local, que ante la presencia de los malvivientes, cerró rápidamente con llave la puerta de su negocio.

El otro ocurrió en una casa del mismo barrio Bancario, a unas pocas cuadras en donde ocurrió el crimen. Al parecer estos dos sujetos se introdujeron en una vivienda, luego de observar que la dueña de casa salió a hacer las compras. Viendo una oportunidad, uno de ellos se introdujo y el otro quedó afuera haciendo campana.

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