Hacen cálculos, proyectan, usan su fuerza, despliegan toda su capacidad de precisión y se aseguran de tener siempre colocado el arnés. Sin embargo, no pueden evitar persignarse y encomendarse a Dios antes de iniciar su tarea. Se trata de Rubén y Julio Zamora, dos hermanos sanjuaninos que tiene una tarea difícil, pero que los apasiona: erradicar árboles secos de hasta 35 metros de altura en toda la provincia.
Fue la decisión de no estudiar la que los llevó a desempeñar su tarea. Eran adolescentes cuando su padre les dijo, “si no van a estudiar, tienen que trabajar”. El hombre, que en ese entonces trabajaba en una fábrica, dejó su puesto para iniciar el emprendimiento junto a sus hijos. Todos, se subieron al jeep de la familia y, armados con hachas, comenzaron a “trabajar en la leña”, como ellos mismos lo describen.
Iban a las fincas, se las ingeniaban para cortar los árboles de quienes los llamaban y, después, vendían la leña. Pero su trabajo cambió radicalmente e día en el que, después de mucho trabajo, el padre de la familia logró comprar la primera motosierra.
Aquel hombre murió hace casi 15 años, pero sus hijos continuaron con el oficio, que fueron mejorando año a año. Hoy, los hermanos tienen 46 y 50 años, un equipo de trabajo, 7 motosierras, varios cursos tomados y están dispuestos a ir a donde los llamen. Desempeñan tareas en lugares que van desde el Parque de Mayo o el Jardín de los Poetas hasta viviendas o fincas particulares de cualquier departamento.
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Rubén y Julio trabajan con Matías (hijo de Julio), Roberto Fuentes y Carlos Abarca.
“Esta es una vocación que hay que sentir y querer, porque demanda concentración, responsabilidad y mucho esfuerzo físico. Nosotros tenemos la suerte de que todavía somos jóvenes, pero de a poco el cuerpo se ve afectado, hacemos mucha fuerza. Creo que la clave es la precaución, nunca hemos tenido un accidente”, cuenta Julio.
El hombre asegura que, en su trabajo todos son importantes, tanto el que está arriba del árbol como quienes están abajo señalando, controlando o tomando las cuerdas para direccionar la rama con el fin de caiga en el lugar más seguro. Y justamente es él quien normalmente se queda en tierra firme. “Tengo un problema con la altura que no puedo explicar. Cuando llego a los 20 metros, me freno, no puedo seguir subiendo. Por eso, el que trabaja arriba normalmente es mi hermano”, confía.
Rubén, por su parte, es quien se siente increíblemente cómodo en la cima de los árboles. Al verlo trabajar, pareciera que estar allí es sencillo. Trepa hasta llegar a la copa, encuentra la rama justa para enganchar su arnés e, incluso, halla aquellas que le sirven para apoyar los pies o la espalda. “Llego a pasar hasta 5 horas seguidas arriba, porque subir y bajar es complicado”, revela el hombre que, como el resto de su familia, es pocitano.
Sin embargo, su comodidad no lo lleva a confiarse. “Yo tengo un hijo y mi esposa me despide con temor cada vez que sabe que tengo un trabajo en altura. Nosotros somos conscientes de que el más mínimo error puede costarnos la vida. Por eso, siempre tenemos en cuenta todos los cuidados necesarios y, mientras tanto, al ir subiendo, me encomiendo a Dios, a los santos y a mis difuntos”, cuenta.
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La técnica clave para no fallar
Los hermanos, quienes trabajan con el hijo de uno de ellos, un vecino de la infancia y un chofer al que conocieron durante su tarea; tienen su método. Cuando alguien recurre a sus servicios, lo primero que hacen es acercarse al lugar y estudiar el árbol. Es en ese momento en que deciden por dónde empezar a cortar, para dónde van a caer las ramas e, incluso, si van a necesitar la asistencia de una grúa.
“En general tratamos de hacer el trabajo sin grúa, porque si no se encarece mucho para quienes nos contratan. Pero cuando vemos que se corre peligro por las características del árbol o por los cables y las construcciones que hay alrededor, pedimos asistencia sí o sí”, asegura Julio.
Una vez que están todos esos detalles definidos el equipo poner la fecha de trabajo, pero siempre sujeta a modificaciones. “El clima siempre tiene que estar calmo, con viento, aunque sea leve, no podemos trabajar por el peligro que implica”, explica Rubén.
Otro detalle clave al momento del desarrollo de su trabajo, es la concentración, son conscientes de que los nervios y las distracciones les pueden costar caro.
Después, queda la tarea más pesada. Cortan las ramas, que llegan a pesar hasta 5 mil kilos, y cargan los trozos de modo manual a un camión. Luego, venden la leña. “Eso nos permite ganar unos pesos extra, así podemos cobrarles un poco menos a los clientes. La situación está complicada para todos, y tenemos que asegurarnos que la gente pueda pagar el trabajo, si no, no nos contrata”, relata Julio.
Para cerrar, los hermanos coinciden en que, a pesar de llevar más de 30 años en el rubro, siguen aprendiendo detalles de su oficio de modo permanente. Al tiempo que resaltan que, afortunadamente, nunca han tenido inconvenientes y aseguran que, más allá de tener un trabajo que les permite llevar el pan a sus casas todos los días, es una labor que disfrutan.