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Personajes

La danza como refugio, vocación y legado

Encontró en la danza no solo una carrera, sino un camino de transformación, conexión y amor por la enseñanza. Hoy transmite su pasión a niños, jóvenes y adultos que, como ella, descubren en el movimiento un refugio y una forma de ser libres.

Por Florencia García

A los siete años, Agustina Perlata Manzzantini (@agus.peralta) descubrió un universo nuevo: la danza. Sin saberlo, ese primer paso marcaría un camino de idas y vueltas, pausas y regresos, que hoy la encuentra con 25 años, convertida en profesora de danzas árabes e instructora de Bollywood dance. Pero su historia, como la de muchas mujeres apasionadas, no fue lineal ni sencilla: estuvo marcada por los desafíos económicos, la maternidad y algunos miedos.

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“Empecé a bailar de chiquita, pero tuve que dejarlo porque mis papás no podían seguir llevándome. Recién volví a los 14, y ahí sentí que era lo mío”, recuerda. La danza se convirtió en su refugio emocional. No solo movía el cuerpo: movía también emociones, recuerdos, miedos y deseos. “Cada vez que bailo descubro algo nuevo en mí. Es como un lenguaje propio donde el cuerpo dice lo que las palabras no pueden”.

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Agustina Perlata Manzzantini

Agustina Perlata Manzzantini

A los 21 años se formó como instructora de Bollywood dance, y a los 25, finalmente, como profesora de danzas árabes. Pero su verdadera escuela fue el aula: comenzó a dar clases en 2021, primero como práctica y después como docente. “Pasar de ser alumna a estar al frente fue difícil. Al principio sentí mucho miedo, muchas inseguridades, pero tuve buenos guías, y todo se fue dando”.

Desde entonces, su experiencia ha sido una danza en sí misma: adaptarse a ritmos, edades e historias distintas. “No es lo mismo enseñar a niños de cinco años que a adultos que jamás bailaron. Cada grupo tiene su tiempo, sus miedos, sus objetivos”.

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Agustina no enseña solo técnica. Enseña confianza. Trabaja la autoestima de cada alumna desde la empatía, sabiendo que el cuerpo también guarda memorias, prejuicios, dolores y vergüenzas. “Siempre les digo: no se frustren. Cada uno tiene su ritmo, y todos tenemos historias diferentes. No hay que exigirse de más al principio”.

También acompaña a sus alumnas hasta el escenario, ese lugar mágico donde todo lo trabajado cobra sentido. “Para mí el éxito no es que salga perfecto. Es que bajen del escenario con una sonrisa, que se miren entre ellas y sientan orgullo”. Porque, como dice, “la parte difícil ya la vivieron en clase. El show es el regalo”.

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Agustina ha formado a niñas, adolescentes, adultos y personas mayores. Y reconoce que muchas veces, quienes más se enfrentan a barreras emocionales son los más grandes. “La vergüenza, los prejuicios, todo eso pesa. Pero lo vamos trabajando con clases escénicas y mucha contención”.

Uno de los aspectos que más valora de su recorrido es el lazo humano que se construye a través de la danza. “Se crean vínculos profundos con las alumnas, con los maestros, con los compañeros. Son amistades que duran para siempre, porque compartimos emociones muy intensas”.

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La danza también la acercó a otras personas: a su hijo Valentino, su fiel compañero que hoy también baila; a sus alumnas, con quienes dice emocionarse cada vez que las ve en el escenario; y a las amistades profundas que se construyen entre pasos y ensayos. “Hay relaciones que te marca la danza y que duran para siempre”, dice.

Pero hay algo más que, asegura, es tan esencial como la técnica o la pasión: el entorno. “El apoyo de la familia es fundamental. No hay nada más lindo que mirar al público cuando estás bailando y ver ahí a tu gente, aplaudiéndote, sacando fotos, acompañándote. Sin ellos, ningún bailarín estaría donde está”, reflexiona. Y también les dedica un lugar especial a sus maestras: “Tuve la suerte de formarme con personas increíbles, tanto en lo profesional como en lo humano. Gracias a ellas soy la maestra que soy hoy. Uno siempre toma lo mejor de quienes lo formaron”.

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Agustina y su hijo Valentino

Agustina y su hijo Valentino

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En cuanto a sueños, no pide fama ni escenarios internacionales. Su anhelo es claro y simple: “Seguir bailando mientras el cuerpo me lo permita. Porque yo estoy una semana sin bailar, y no aguanto. Es algo que necesito”.

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