Hace casi cuatro décadas que Claribel Sarabia eligió la vida religiosa. Nació en El Salvador, pasó por distintos destinos misioneros y hace tres años llegó a San Juan. Rápidamente adoptó a la provincia como propia y desde febrero se mudó a Valle Fértil, donde encontró una comunidad “amable y alegre” con la que comparte catequesis, canto y trabajo pastoral. Su historia mezcla vocación temprana, entrega y una mirada clara sobre por qué hoy hay menos jóvenes interesados en la vida religiosa.
El acento centroamericano todavía despierta curiosidad entre quienes la escuchan en la parroquia o en las reuniones de catequesis. Pero la hermana Claribel Sarabia ya se siente parte de Valle Fértil. Llegó a comienzos de febrero, luego de haber pasado dos años en Albardón, y asegura que encontró en el departamento sanjuanino un lugar donde la gente la recibió “con mucha alegría”.
“Valle Fértil es muy lindo, me encanta. Me encanta la gente también, su amabilidad, su alegría, son muy comunicativos, muy amigables”, cuenta.
Actualmente integra el coro parroquial y participa de las actividades de catequesis junto a otras hermanas religiosas. Su tarea, dice, consiste en acompañar a las familias y acercar la fe a niños y adultos. “Las hermanitas colaboramos llevando la buena nueva a las familias, a los niños, participando en la comunidad con el coro”, explica.
Claribel pertenece a las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, una congregación que tiene presencia en 11 países y reúne a más de mil religiosas, incluyendo jóvenes en formación. La llegada de las hermanas a San Juan se dio tras una solicitud de la Iglesia local. “Cuando las hermanas están presentes en un lugar es porque el obispo lo solicita a nuestra Madre General. Por eso estamos acá presentes en Albardón y aquí en Valle Fértil”, señala.
La congregación cumplió dos décadas de presencia en la provincia desde su desembarco en 2006. Para Claribel, el trabajo cotidiano no pasa solamente por la actividad dentro de la Iglesia, sino también por el contacto humano y social con la comunidad.
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De la tele a la vida religiosa
El próximo año cumplirá 40 años de vida religiosa. Su vocación comenzó de una manera inesperada: viendo una telenovela mexicana durante su infancia. “Desde pequeña, viendo una telenovela con mi mamá, me llamó mucho la atención la vida de las religiosas”, recuerda. Se trataba de "Mundo de juguetes", una producción donde las monjas tenían un rol cercano con las familias y los niños.
Aquella primera inquietud reapareció años más tarde, cuando seminaristas visitaron su pueblo durante Semana Santa y la invitaron a participar de la catequesis. Después, la llegada de una religiosa anciana terminó de marcarla. “Cuando la religiosa preguntó quién quería colaborar para preparar a los niños para la primera comunión, levanté la mano y dije: ‘Yo, hermana’”, relata.
A los 15 años ingresó formalmente a la vida religiosa. Con el tiempo entendió que su vocación estaba ligada al servicio. “Así como un padre y una madre se desgastan por sus hijos, yo me desgasto por quien necesite escuchar una palabra de Dios, necesite catequesis o acompañamiento”, afirma.
La religiosa también reflexiona sobre una realidad que atraviesa a muchas congregaciones: la disminución de vocaciones. En San Juan, varias instituciones educativas históricamente administradas por religiosas pasaron a otras manos debido a la falta de integrantes. Para Claribel, la explicación está en el modo en que se vive la fe dentro de las familias.
“La semilla de la fe se transmite. El niño, cuando ve que su madre y su padre tienen fe, incorpora eso en su corazón”, sostiene. Y agrega: “Si los chicos de hoy no tienen fe es porque no se les ha transmitido quien tiene esa misión de hacerlo”.
Según su mirada, el desafío actual de la Iglesia es volver a acercarse a las familias jóvenes y fortalecer el vínculo espiritual dentro del hogar. “Papá y mamá son motores en la vida de un niño. La fe funciona igual”, resume.
Lejos de su país, al que vuelve cada dos años durante las vacaciones, Claribel asegura que su misión continúa siendo la misma que abrazó en la adolescencia: acompañar, escuchar y servir. Antes de terminar la charla, deja un mensaje sencillo, pero profundo: “La vida sin Dios es bastante ardua de vivirla. Te animo a que le des un lugarcito en tu corazón”.