En la esquina de calle Mendoza y 9 de Julio, en medio de unos cajones cargados de verduras y frutas, Julio Oballes se gana la vida por kilos. Lo que pesa, lo vende, y lo que vende, va para sus bolsillos o el de sus empleados. Así desde hace un poco más de 30 años, cuando siendo adolescente empezó con su pequeño emprendimiento después de acompañar por un largo tiempo a su padre Andrés, también en el centro sanjuanino, pero en un pequeño y humilde puestito ubicado sobre Avenida Córdoba y General Acha. Julio es la tercera generación de verduleros de los Oballes. Heredó la pasión por el trabajo, por la atención al público, y también la crudeza que a veces tiene el oficio.
"Julito" para quienes lo conocen o visitan en su lugar de trabajo, está frente a la plaza de La Joroba desde hace tres décadas. Fue mutando de esquinas, pero siempre en la misma manzana, esa que lo acogió cuando apenas tenía 15 años y muchas ganas de crecer, de tener su propio sueldo para ayudar a los suyos.
Creció en el Barrio Parque Independencia, en Chimbas, y de niño ya visitaba la Feria de Capital con su padre, quien había aprendido de la ocupación de su su abuelo Andrés. A esa edad ya sabía cómo ganarse a la clientela, cómo sacar cuentas y cargar decenas de cajones repletos de frutas y verduras.
"Trabajando con mi papá fui aprendiendo. Yo iba a la Escuela Antonio Torres y cuando salía de estudiar me iba a donde estaba él. Estaba todo el día, lo acompañaba todas las tardes. Tenía una camioneta a la que le decían `bloquista`, porque tenía la tradicional estrella del partido. Desde la década del 70 ya era verdulero. Toda familia humilde, que se vino de Albardón a la Capital para empezar de cero prácticamente", cuenta el protagonista.
El más chico de dos hermanos y único varón, no le quedó otra que salir a la calle para hacerle frente a las adversidades. Cuando su padre enfermó se hizo cargo prácticamente de su familia. Y si no era con la verdulería, se la rebuscaba de otras maneras: vendió desde mandarinas en una cancha hasta espumas en fiestas patronales. "A los 15 me fui a trabajar por mi cuenta. Fue una situación fea, porque mis padres empezaron a tener problemas de salud y yo, siendo un niño, tenía que salir a trabajar para pagar sus remedios. Había que salir adelante", reflexiona.
Y lo pudo hacer con esfuerzo propio, más tarde con el apoyo de su esposa Natalia e hijos. Hoy es el motorcito de la verdulería capitalina que, además de ser un sustento para su familia, lo es para otras tres: "Llevo casi 35 años aquí y he vivido cosas buenas y malas. He pasado por momentos jodidos, como lo que pasó en el 2001. Nosotros antes almorzábamos uva con pan, porque había que comer lo que había, pero hoy estamos en la lucha. Agradecido con ese oficio y de la gente, con la que tengo contacto a diario y me ayuda mucho. Me falta para jubilarme, pero espero seguir un tiempo más hasta donde Dios Diga".