Embed - Tiempo de San Juan on Instagram: "Martina Chapanay: entre valles, desiertos y lagunas cuyanas Guerrera, bandolera y rastreadora, Martina fue una mujer sanjuanina que en pleno siglo XIX desafió las normas de género, el poder central y el silenciamiento histórico. Su vida, marcada por la resistencia y la rebeldía femenina, revela una historia que durante décadas quedó relegada al mito y hoy vuelve a cobrar fuerza.Leé la columna completa del Dr. en Historia Hernán Videla para Tiempo de San Juan. www.tiempodesanjuan.com #martinachapanay #historia #columna #tiempodesanjuan #sanjuan"
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Nacimiento, familia y política
Martina Chapanay se destaca como una notable guerrillera cuyana durante los conflictos civiles en Argentina, específicamente en la Intendencia de Córdoba del Tucumán, que en ese entonces formaba parte del Virreinato del Río de la Plata. Se estima que su nacimiento ocurrió en la actual provincia de San Juan alrededor del año 1800, aunque el lugar exacto sigue siendo objeto de debate. Existe un consenso entre algunos historiadores que lo sitúan en las Lagunas de Guanacache, al sur, en la frontera con Mendoza. Sarmiento, en su obra El Chacho, menciona el origen de su familia en este complejo palustre, afirmando que “Las Lagunas de Huanacache están escasamente pobladas por los descendientes de la antigua tribu indígena de los Huarpes. Los apellidos (…) Chapanai están acusando el origen y la lengua primitiva de los habitantes” (Sarmiento, 2014, p. 62). Sin embargo, esta ubicación ha sido cuestionada por Horacio Videla (1981), quien sostiene que “Santos Guayama nació en la región lagunera de Huanacache, provincia de San Juan como se creyó hasta hace poco de Martina Chapanay” (Videla, 1981, p. 633). Otros incluso han propuesto que su nacimiento tuvo lugar en el Valle de Zonda, junto a los esteros de la quebrada, al oeste de la ciudad capital (Illanes, 2010).
Estos problemas de localización geográfica y cronológica son solo algunos de los desafíos que nos presenta la figura de Martina, más de dos siglos después de su nacimiento. Provenía de una familia mestiza de las comunidades huarpes del Cuyum. Era hija de un cacique huarpe, y su apellido "Chapanay" proviene del idioma huarpe milcayac, significando "zona de pantanos". La vida de Martina Chapanay estuvo marcada por el coraje y la rebeldía frente a la nueva configuración política cuyana tras las guerras de independencia. Este contexto nos invita a reflexionar sobre cómo las mujeres mestizas, como Martina, han sido históricamente invisibilizadas en las narrativas patriarcales que dominan la historiografía argentina.
El área donde se cree que nació Martina, que hoy es un desierto, conformaba en el siglo XIX un gran complejo lacustre rico en recursos hídricos y fitozoológicos, gracias a la desembocadura de los ríos San Juan y Mendoza. Las crónicas contemporáneas la describen como hija de Ambrosio Chapanay, un cacique huarpe, y de una mujer de ascendencia europea llamada Mercedes González, según el historiador Hugo Chumbita (1999). Otros relatos sugieren que su madre era una española criolla llamada Teodora García (Fanchín, 2014). En general, existe un consenso amplio en que estos relatos insisten en la condición cautiva de su madre, resultado de un rapto por un malón indígena al poblado europeo en Cuyo. Esta práctica de sumisión y vejación de las mujeres indígenas por parte de las masculinidades coloniales refleja un dispositivo de control sexual que, en términos raciales, se invierte: varones blancos violando y disciplinando cuerpos indígenas feminizados. Este fenómeno nos lleva a cuestionar las dinámicas de poder que han moldeado las relaciones de género en la historia argentina, donde las mujeres indígenas han sido tanto víctimas como agentes de resistencia.
La identidad mestiza de Martina Chapanay introduce una nueva dicotomía en los modelos de interpretación que se basan en cánones occidentales y binarios de constitución subjetiva. Representa un modelo de orden social en una época profundamente racista y jerarquizada. Siendo tanto warpe como española, en relatos posteriores se le atribuye una posible incorporación al mundo criollo, urbano y civilizado, casi bajo la forma de criada, a la que se resistió tenazmente, manifestando así una de sus primeras formas de rebeldía. Esta resistencia no solo desafía las expectativas de género de su tiempo, sino que también nos invita a reconsiderar cómo las mujeres han negociado su identidad en contextos de opresión.
Las narrativas sobre su corporalidad están atravesadas por otras dicotomías: nación-provincia, civilización-barbarie, centralismo-federalismo, urbanidad-ruralidad, fuerza-disciplina, valentía-corrección, realidad-ficción. Estos pares lógicos han sido utilizados para describir su existencia en la prosa nacional y regional. Julieta Tello (2024) ha distinguido diferentes perfiles en esta literatura, que la consideran con diferenciales de género, desde una heroína idealizada por la literatura hasta un objeto de estudio disciplinado por la academia. Esta dualidad refleja cómo las mujeres, especialmente las indígenas y mestizas, han sido objeto de una construcción narrativa que a menudo las despoja de su agencia y complejidad.
Desde temprana edad, Chapanay demostró habilidades sobresalientes como jinete y luchadora, destacándose en actividades como la caza y la doma de caballos. Este estilo de vida disruptivo, que desafiaba la normalidad construida sobre una división sexual del trabajo, se observa claramente en las comunidades huarpes de las lagunas. Diego Escolar (2021) señala que “la industria fundamental en la economía lagunera era la tejeduría de las mujeres” (p. 92), lo que sostenía la subsistencia material y económica de las familias. En este contexto, las prácticas sociales vinculadas a la jineteada y la caza, tradicionalmente asociadas a los varones, se convirtieron en una opción subversiva para ella a lo largo de su vida. Este fenómeno resalta la importancia de reconocer cómo las mujeres han desafiado las normas de género a través de su participación activa en espacios considerados masculinos.
Sin embargo, el orden social de género también estaba permeado por la distribución de roles políticos dentro de la misma comunidad. Según Escolar, la defensa de la tierra y la práctica de la autonomía política frente a la élite colonial en la región lagunera, en torno a mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX, coincide con la fecha y el posible lugar de nacimiento de Martina Chapanay. Este contexto histórico demuestra que las mujeres que formaban parte de los núcleos de poder local, debido a su cercanía al cacicazgo, podían ejercer ciertos derechos políticos respecto al uso de la tierra. Un ejemplo de esto es María del Carmen Illescas, nieta de Francisca Caquis y bisnieta de un cacique lagunero, quien, junto a su marido, reclamó en 1759 la posesión de tierras, logrando una sentencia favorable del Corregimiento de Cuyo (Escolar, 2021, p. 41). Este tipo de participación política de las mujeres en contextos indígenas desafía la narrativa de que la política ha sido históricamente un dominio exclusivo de los hombres, subrayando la necesidad de reexaminar las contribuciones de las mujeres en la historia.
Las guerras civiles
Según algunos testimonios, Martina Chapanay ofreció sus servicios al general José de San Martín en el ejército independentista, un dato que contrasta con la controversia sobre su año de nacimiento, que se sitúa entre 1800 y 1810 (Illanes, 2010; Chumbita, 2009). Sin embargo, tras un trágico incidente que la separa de San Martín, decide unirse al ejército de Facundo Quiroga, como señalan Ana Fanchin y Patricia Sánchez (2014). Esta decisión no solo representa una subversión de los roles de género tradicionales, sino que también refleja una búsqueda activa de agencia en un contexto donde las mujeres eran comúnmente relegadas a la esfera privada. La resistencia bélica que emprende, en defensa de la libertad regional y contra el poder central, se convierte en un acto de afirmación de su identidad y autonomía.
De acuerdo con Daniel Illanes (2010), Martina se integró a una banda de resistencia y bandoleros del Pie de Palo, frecuentando fiestas y pulperías de Caucete y Angaco, cuando regresó a la provincia, después de haber “combatido en Ciudadela, en 1831, a las órdenes de Quiroga” (p. 231). Este contexto de participación activa en la resistencia no solo desafía las expectativas de género de su época, sino que también pone de relieve cómo las mujeres, a menudo invisibilizadas en la narrativa histórica, jugaron un papel crucial en la configuración de la política local. La historia de Martina nos invita a reconsiderar la noción de heroísmo, que tradicionalmente ha sido asociada a figuras masculinas, y a reconocer que las mujeres también han sido protagonistas en la lucha por la libertad.
Martina participó de manera periférica en la política local, mostrando afinidad por los caudillos federales. Su acercamiento a la política parece haber tenido sus raíces en el seno familiar. Según Escolar (2021), su padre era un referente en el gobierno lagunero, ya sea como cacique o como juez de paz, “gratificando la continuidad que hemos insinuado entre figuras de autoridad indígena colonial y nuevos cargos civiles” (p. 125). Este contexto familiar le permitió a Martina acceder a un espacio de poder que, aunque limitado, le otorgó una perspectiva única sobre las dinámicas políticas de su tiempo. La influencia de su padre no solo le proporcionó un modelo de liderazgo, sino que también le permitió desafiar las normas de género que limitaban la participación femenina en la esfera pública.
Como conocedora del terreno, con una memoria excepcional para los caminos y una habilidad notable para navegar fenómenos naturales, Martina se convirtió en una rastreadora de travesías, desiertos y montañas. En algunos momentos, llegó a colaborar con perseguidos políticos, facilitando su destierro trasandino. Hacia el año 1841, “varios cabecillas unitarios más fugaron a Chile, ayudados según una versión por Martina Chapanay a pedido del prior de Santo Domingo (…) pese a la amistad con Benavidez de esa singular mujer” (Videla, 1976, p. 265). Este acto de resistencia no solo destaca su valentía, sino que también desafía las nociones tradicionales de género que relegan a las mujeres a roles pasivos en la historia militar. La capacidad de Martina para actuar en un contexto de violencia y represión revela la complejidad de su identidad como mujer guerrera, que desafía las expectativas de su tiempo.
Para esa época, ya había participado auxiliando con sus milicias al ejército regular de San Juan, a cargo del gobernador Benavidez, ya que “colaboró con Benavidez y Aldao, en la batalla de Angaco y en el combate de La Chacarilla, contra las fuerzas unitarias del general Mariano Acha, en 1841” (Illanes, 2010, p. 231). Este tipo de colaboración no solo resalta su valentía, sino que también desafía las nociones tradicionales de género que relegan a las mujeres a roles pasivos en la historia militar. La figura de Martina se convierte en un símbolo de la resistencia femenina, desafiando las narrativas que han intentado silenciar las voces de las mujeres en la historia argentina.
Bibliografía
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Chumbita, H. (2009). Jinetes rebeldes: Historia del bandolerismo social en la Argentina. Buenos Aires: Colihue.
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Domínguez Saldívar, S. (2004). Los gauchos rebeldes en la historia argentina. Buenos Aires: Gedisa.
Escolar, D. (2021). Los indios montoneros: Un desierto para la nación argentina (Guanacache, siglos XVIII-XX). Buenos Aires: Prometeo.
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