sábado 24 de enero 2026

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Tiempo de San Juan. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Columna

El Muro Benavidez y la caza al "marrón"

Ya no es un escándalo calificar como un plan menos la muerte de un chico de 13 años, ahogado en un canal. Y sí, ahora garpa. Las fronteras de lo indecible se rompieron.

Por Natalia Caballero

Uno de mis tantos vicios de café es leer los comentarios en las notas de los diarios. Suele ser un reflejo que exhibe el nivel de hostilidad social. En el scrolleo, la muerte de un pibe de 13 años ahogado en el canal Benavidez. Por estos días, no es ninguna novedad la bendición de lo indecible. Y así es como un hombre o una mujer promedio de San Juan, que se levanta en la mañana para ir a trabajar -o no-, que arma una canasta para ir al club en la tarde, que paga el mínimo de la tarjeta, que se emociona con el video de un bebé que ve por primera vez con lentes, puede decir que la muerte de Tiziano Aráoz Castellino representa una alegría nacional porque la tragedia es un plan menos para el Estado. Livianos, desde una casa de barrio del IPV, son los soldados de la caza al “marrón”.

El 17 de enero se murió Tiziano, ahogado en el canal Benavidez. El caso es atípico: la hipótesis es que un amigo lo empujó. Pero la investigación judicial no es el objeto de análisis de esta columna. No es una postal nueva para los sanjuaninos que se usen los canales como pileta. Es peligroso. Es tradición. Es la pileta de los pobres.

Que socialmente los muertos en canales valgan menos que los muertos en piletas de country no es sorprendente, tampoco para los medios de comunicación. Los protagonistas vip siempre leen más, para los comentaristas en vez de accidentes son tragedias. Pero el caso de Tiziano marca la disolución de -quizás- la última frontera que quedaba: la celebración colectiva de la muerte de un niño. Nunca lo vi en San Juan en casi dos décadas de periodismo.

He leído comentarios y escuchado editoriales de periodistas disfrazados de indignados expresando alegría por linchamientos, euforia por personas asesinadas en grescas barriales, solicitudes en masa de pena de muerte para delincuentes juveniles (incluso menores de edad) y hasta condena social a víctimas de femicidio simplemente por el hecho de ser mujeres. Pero nunca, hasta ahora, la celebración de la muerte de un pibe solo por ser pobre. Solo por estar del “lado incorrecto” de la Benavidez, solo por existir.

nat

Hay ensayos que exploran cómo se corrió la barrera de lo indecible. Desnudan esta nueva narrativa del mundo: emocional, que desmiente lo comprobado científicamente, impune y despiadado. La sensación después del festín racista de los comentarios por Tiziano es el de un San Juan capturado por la ruptura del lazo humano.

Fui naif. Pensé que podíamos salvarnos un tiempo más. El torbellino digital, el loop importador del imaginario supremacista, lo hizo. Y me pegó una cachetada. El muro Benavidez como divisoria de aguas de la civilización: la guerra del marrón contra el marrón, la guerra del pobre contra el pobre, la guerra explícita contra lo que "no se debe ser" para pertenecer a la uniformidad del “me gusteo” serial que premia un ideal que no reclama, no analiza y no se conmueve ante la falta.

Los tipos duros están de moda otra vez. Los hombres y mujeres que gestionan la cosa pública le dieron el empujón final a ese “decir lo que sea”. Antes, la impunidad del decir era propia del anonimato. La frontera se fue craquelando. Hoy un presidente puede burlarse del distinto, un periodista también. Los acuerdos universales ya no son tan acuerdos. Pasaron a ser condenados los eslabones más débiles. Como Tiziano.

En su obra de 1921 Psicología de las masas y análisis del yo, Sigmund Freud argumentó que las personas proyectan una versión idealizada de la fuerza sobre los líderes, asignándoles inconscientemente el rol de protector o incluso de figura parental. En esencia, cuanto más caótico se siente el mundo, más inclinados estamos a seguir a alguien que se muestra absolutamente seguro de sí mismo, incluso si esa seguridad roza lo delirante. ¿La exposición constante y la necesidad de validación en la vida real y en la digital conduce socialmente a un inevitable personaje disruptivo? Parece.

Es inevitable pensar en ese San Juan de vecinos sentados en reposera compartiendo en las tardes de verano las alegrías y pesares de la cotidianeidad, de ese San Juan de la palmada amiga al compañero de laburo que estaba viviendo un problema familiar, de ese San Juan de las juntadas eternas en las Fiestas con parientes y el ermitaño de la cuadra. No es melancolía. Tampoco nostalgia, no siempre todo tiempo pasado fue mejor.

Sé que vive entre nosotros una enorme solidaridad. El problema es advertir la rapidez con la que va avanzando la disolución del lazo humano que durante años caracterizó la identidad sanjuanina, que se plasmaba en cada saludo callejero nombrando al otro “mi hermano”. No es casual el lenguaje.

No quiero caer en el término discriminación, porque esto es algo más. La persistencia de dinámicas racistas en el mundo es parte de la humanidad desde que es humanidad. Luchas sociales pudieron legitimar derechos y cambiar las reglas. Ahora es vintage cambiar las reglas del poder. Ahora hay festín hasta para la muerte de un niño. No hay tobillera, como en Brasil. Tampoco nadie que la pida. Un bonete y piñata para la tragedia del otro lado de la Benavidez.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Las Más Leídas

Identificaron al motociclista fallecido en el accidente de tránsito con un colectivo en Capital
Video: el agua desbordó el río en el Puente Blanco de Zonda y causó serios daños
Insólito: un preso se quejó porque no le dan yogurt ni postre en el Penal de Chimbas
Los hermanos detenidos.
Capital: un colectivo atropelló a un motociclista y lo mató

Te Puede Interesar