Asimismo, encontramos dos escuelas sanjuaninas más, una en el microcentro capitalino y otra en Alto de Sierra, Santa Lucía, que llevan los nombres de Santiago Cortines y José Cortines, respectivamente, ambos hermanos de ella. Clara, Santiago y José nacieron tras el casamiento entre José Santiago Cortines y María Ignacia del Carril, quienes formalizaron su boda el 2 de junio de 1819 en la iglesia de La Merced. La genealogía de Clara Rosa es significativa, ya que ilustra cómo los miembros de su familia, aunque parte de la oligarquía local, también fueron agentes sobresalientes en su comunidad.
Eran una familia de profundas convicciones y liberales, parte de la oligarquía local, tanto por vía paterna como, especialmente, materna. Su madre era la hermana de Salvador María del Carril y cuando Clara apenas tenía unos meses de vida, su tío comenzó la gobernación provincial. Un pariente suyo, Indalecio Cortines (tío según César Guerrero o hermano según García Hamilton), fue el cofundador del Diario El Zonda. Su hermano Santiago, quien huyó con su familia a Chile hasta su retorno tras la caída de Rosas en 1855, sirvió a los presidentes liberales Sarmiento y Avellaneda en la cartera de Hacienda y Mitre lo comisionó para la creación del colegio nacional en San Juan. Se casó con su prima Elisa Cortines del Carril. Por su parte, el otro hermano, José, nació en Chile, donde estudió antes de trasladarse a San Juan; se enlistó en la Guerra del Paraguay, se casó también con su prima Elvira Cortines y se desempeñó como jefe comunal de Santa Lucía, además de ser funcionario del gobernador Doncel y fundador del Club Social.
Durante el exilio de Clara Rosa y su familia en Chile, según César Guerrero, cuando ella “contaba aproximadamente 17 años de edad” (Guerrero, 2025, p. 188), ellos y varios unitarios entablaron vínculos con su comprovinciano Domingo Faustino Sarmiento, también desterrado. Este encuentro no solo es significativo por la relación personal que se desarrolló, sino que también refleja las complejidades de las alianzas políticas en un contexto de exilio y resistencia. A solicitud de su familia, el gobernador federal de San Juan, Nazario Benavídez, le permitió a Sarmiento regresar a Argentina. Era la época en la que con Clara Rosa entablarían cierto vínculo personal, sobre todo movido por los sentimientos de él.
Clara se integró a la Sociedad Dramática Filarmónica y fundó la Sociedad Literaria en 1838. Estableció contacto con la Generación de 1837 y reanudó su actividad política. En 1839, creó el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, una institución secundaria para mujeres, un hito en la educación femenina que subraya la importancia de la educación como herramienta de empoderamiento. Junto a un familiar de Clara Rosa, lanzó el periódico El Zonda, desde el cual realizó críticas severas al gobierno. Este acto de crítica periodística es un ejemplo de cómo las mujeres de alcurnia comenzaron a ocupar algunos espacios de visibilidad y representar una voz en una sociedad que les era adversa.
A causa de sus continuos ataques al gobierno federal, Sarmiento fue arrestado el 18 de noviembre de 1840 y se vio forzado a exiliarse nuevamente en Chile. Antes de partir, había retomado contacto con una de las alumnas del nuevo colegio, Clara Rosa Cortínes, a quien le llevaba más de diez años de edad. Esta diferencia de edad y la naturaleza de su relación invitan a reflexionar sobre las dinámicas de poder en sus interacciones.
Tiempo después, en 1854, durante su ostracismo trasandino, Sarmiento escribió a Clara Rosa una carta. Desde Yungay, en la capital chilena, le respondió a un mensaje acercado por un hermano de la sanjuanina, en la que ella lo trataba de tonto y, en tono jocoso, él recordaba el “casi infantil sentimiento de amistad, con el que me favoreció siempre” (Orrolenghi, 1939, p. 39). Además, se quejaba de los tantos amigos perdidos por diferencias políticas, salvo ella, con quien conservaban un continuo vínculo afectivo “reiterándome su no ininterrumpida simpatía” (Orrolenghi, 1939, p. 40). El intercambio epistolar revela no solo la conexión personal entre ambos, sino también las tensiones políticas de la época que afectaron sus vidas y relaciones.
Por último, se lamentaba de los problemas tradicionales de San Juan, aparentemente comentados por la esquela de Clara Rosa, y expresa su anhelo de volverse a reunir con ella en la provincia para “recordar nuestras tradiciones de buen vivir” (Orrolenghi, 1939, p. 40). Después de la caída de Rosas, los Cortines comenzaron a crecer en los espacios públicos locales y nacionales. El padre de la familia se convirtió en diputado provincial, y su hijo Santiago, posiblemente el “hermanito” encargado de las comunicaciones entre Clara Rosa y Sarmiento, se fue a estudiar derecho en Buenos Aires. Otro de los hermanos de Clara Rosa murió en la batalla de la Rinconada en enero de 1861.
El vínculo de Clara y Domingo Faustino ha sido retratado en algunas obras escritas. Una de ellas está apuntada por la pluma de José Ignacio García Hamilton bajo el provocativo título de “Cuyano alborotador”. Escrita como una narrativa histórica, el autor afirma que son “las risas de las muchachas lo que retorna al corazón de Sarmiento, que se recuerda a sí mismo como un joven inexperto, feo y tímido, deslumbrado por la belleza y simpatía de Clara Cortínez, hermana de su amigo Indalecio (…). El joven Domingo no tiene palabras para expresar su admiración por Clarita Cortínez [sic] y cada vez que se acerca a ella se siente cortado y se limita a mirarla. Clara se mueve con soltura y parece no reparar en los sentimientos de su amigo. En algún momento, cuando Domingo se atreve a balbucear su amor, Clara lo interrumpe: - ¿no te diste cuenta de que me gusta mi primo Lucas? Las montañas amarronadas parecen venírsele encima al jovencito y no sabe si es más fuerte el peso de su vergüenza que el de su dolor” (García Hamilton, 2006, p. 13). Este pasaje destaca no solo la juventud de Sarmiento, sino también las expectativas sociales que rodeaban a las mujeres en su tiempo, quienes a menudo eran vistas como objetos de deseo en lugar de sujetos activos de sus propias historias.
Como Clara Rosa terminaría casándose con su primo, José Victorino Ortega, el “14 de agosto de 1863” (Guerrero, 1943, p. 209), es decir, durante la posterior Gobernación de San Juan a cargo de Sarmiento, resulta probable que la propuesta de este y el rechazo de aquella haya sido durante este periodo y no durante la juventud. Especialmente dado el trato que mediaba entre ambos, según la carta aludida y fechada en 1854, en la cual no se vislumbraba algún distanciamiento.
Más allá de eso, Clara luego iba a ser la madre de Victorino Ortega Cortines, futuro gobernador sanjuanino. Fue precisamente su hijo quien donó el terreno en su finca de Puyuta para la escuela que actualmente lleva su nombre.
Es que durante el siglo XIX, las familias de las elites argentinas, adoptaron la práctica de los matrimonios entre parientes cercanos como una estrategia clave para conservar su patrimonio y mantener sus privilegios de clase. Este fenómeno, conocido como endogamia, no solo tenía implicaciones económicas, sino que también estaba profundamente enraizado en las normas sociales y culturales de la época.
Desde una perspectiva interseccional, es fundamental considerar cómo se entrelazan factores como el género, la clase y la raza en esta dinámica. Las élites buscaban consolidar su poder y estatus a través de alianzas estratégicas, donde el matrimonio se concebía como un medio para fortalecer la posición social y económica de la familia. Al casarse dentro de su círculo social, las familias aseguraban que sus recursos, tierras y riquezas permanecieran dentro de un grupo reducido, evitando así la dispersión del patrimonio.
Además, estas uniones a menudo estaban motivadas por la necesidad de preservar la "pureza" de la sangre y la identidad cultural, lo que reflejaba un temor a la pérdida de su estatus en un contexto de cambios sociales y políticos. Las mujeres, en este contexto, desempeñaban un papel crucial, ya que eran vistas como portadoras de la herencia familiar. Su matrimonio no solo implicaba una unión personal, sino que también representaba una transacción social que reforzaba la estructura patriarcal.
Asimismo, estas prácticas de endogamia perpetuaban sistemas de desigualdad, ya que mantenían el control sobre los recursos y limitaban el acceso de otros grupos sociales a las oportunidades económicas. En este sentido, la endogamia entre las familias oligarcas del siglo XIX no solo fue una estrategia de conservación patrimonial, sino también un mecanismo de exclusión que reafirmó las jerarquías sociales y de género de la época.
Ahora bien, además de ese efectivo documento epistolar de 1854, y de la recreación literaria anterior, contamos con otra fuente que nos revela el vínculo entre Clara Rosa y Sarmiento. Augusto Belín Sarmiento, hijo de Ana Faustina y nieto del maestro, nos ha provisto de dos documentos, por demás, interesantes al respecto. Una obra de teatro publicada en Francia, la patria de su padre, recrea por medio de la dramaturgia un supuesto encuentro amoroso y no correspondido entre ambos. En el mismo se revive la imaginación de escenas pasadas entre ellos y un supuesto reencuentro en el que la protagonista se desprende de cualquier otra intención romántica con él.
Más allá de la creatividad ficcional de la obra, su autor reconoce que “Lo que he podido alcanzar como vía de transacción ha sido (…) una declaración un tanto poética y un poco irónica, hecha a una dama y tomada de una página auténtica puesta en el álbum de la que fue joven, al mismo tiempo que el Galán” (Belín Sarmiento, 1929, p. 19). Es decir, el nieto de Sarmiento tomó contacto con el documento, fechado según Guerrero (2025), en Buenos Aires “abril 23 de 1886” (p. 195).
En efecto, el escritor de la obra, más adelante, confirma que el exgobernador sanjuanino “tenía 75 años el que escribía la pluma dorada y está lejos de ser una declaración senil ese recuerdo bañado de juvenil poesía, demostrando que un corazón como el de Sarmiento no podía envejecer. Ofrece esta pieza (…) un poco de amor que lleva a su casa” (Belín Sarmiento, 1929, p. 20). Tal afirmación sugiere que, a pesar de la distancia temporal y espacial, los sentimientos de Sarmiento supieron perdurar, lo que nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del amor romántico y su simbolización posterior en la vida de los varones y las mujeres decimonónicas.
Ahora bien, ¿cuál era el documento fehaciente sobre el que se basa la pieza teatral? Se llama “La pluma dorada” y es una carta que recibió Clara Rosa, en su lecho de muerte, con casi 63 años de edad, basada en un viejo cuento. El texto epistolar está dividido, temporalmente, en tres partes. La primera podría ser datada tras el retorno a San Juan antes de 1840, cuando los expatriados en Chile se reencontraron de este lado de la cordillera. Entre sus recuerdos, surgen aquellos de su entonces juventud, porque según él, “ni en el alma ni el corazón envejecen” (Belín Sarmiento, 1906, p. 20). Entonces, parece describir un pasaje claramente sanjuanino en torno a “una serie de montañas escalonadas unas en pos de otras, cercanas las primeras hasta discernir los peñascos y las yerbas (…) cuchillas, colinas, siempre montañas; y en el fondo de estrecho valle, chozas y ranchos que me sirven de accidental morada” (Belín Sarmiento, 1906, p. 21). En ese paisaje, vaticina que sus compañeros y compañeras de aventuras, miembros de las familias elitistas locales, pasarían a la historia más allá de la anécdota. Se trataba de las clases urbanas burguesas con las que formaban un selecto y pequeño ilustrado.
Se reunían en un estero, posiblemente el de Zonda-Desamparados, en lo que él llama la atracción de subir a “los cordones de los Andes a rusticar”, es decir, a acampar. Por las calurosas tardes, damas, doncellas y empleadas se juntaban a charlar y empezaban a narrar el cuento de la pluma dorada. El cuento de un supuesto príncipe que quería desposar a una princesa encantada, la cual, por obra de un maleficio, quedaría liberada si se obtenía el acceso a un país adonde moraba un ave cuya pluma rompía el hechizo. Sin lugar a dudas, resulta sugestiva esa alusión a un hombre de la política deslumbrado por un amor imposible de una joven aristócrata, separados por una maldición en la que el viaje a un país extranjero los podría liberar y unir románticamente.
Prosigue, diciendo que “entre risas y bromas, la hora de comer llegaba, y el cuento de la Pluma Dorada no seguía adelante” (Belín Sarmiento, 1906, p. 22). Amenizada la jornada con guitarreada incluida, “entre risas y bromas, la hora de comer llegaba, y el cuento de la Pluma Dorada no seguía adelante (…) El paseo a la sierra tocó a su término (…) Clara, nunca oyeron sus oídos cuento más bello y más apetitoso” (Belín Sarmiento, 1906, p. 22) comenta. Este fragmento no solo destaca la alegría de la juventud, sino que también sugiere un anhelo por momentos de conexión y comunidad que a menudo son eludidos en la narrativa histórica.
La segunda parte dista de estos eventos y puede ser situada casi tres décadas más tarde. Si bien las ideas y las condiciones económicas de los grupos seguían siendo las mismas, la coyuntura gubernamental había cambiado. Ya no formaban parte de la disidencia política ni eran perseguidos por sus opositores. Ahora el federalismo había caído y gobernaban el moderno país y la provincia cuyana. Mientras Sarmiento llegaba a San Juan, designado gobernador interino por el presidente Bartolomé Mitre, uno de sus intereses en la ciudad era volver a juntarse con Clara Rosa. Sin embargo, es en este momento donde es rechazado por la joven mujer. Este repudio revela determinada posibilidad de agencia de Clara Rosa en sus decisiones y su autonomía, un aspecto que merece ser resaltado en la historia de las mujeres, o bien la sujeción a las convenciones familiares de la época. Si bien los Cortines formaban parte de la elite sanjuanina junto con los Sarmiento y Albarracín, la endogamia familiar era una costumbre afianzada aunque quizás tensionada a la hora de evaluar la posición del nuevo pretendiente: nada mas ni nada menos que el Gobernador de la Provincia.
Sarmiento apunta: “Transcurrieron los años (…) siempre dispuesto yo a contarle mi cuento de la Pluma Dorada. Cuando me arremangué a hacerlo, Vd., para ponerme punto en boca, me anunció su próximo casamiento con un primo, con lo que no pude contarle el cuento más patético, más tierno, más risueño, más lamentable y más verdadero... ¡Era muy lindo, Clara, mi cuento!” (Belín Sarmiento, 1906, p. 22). Esta cita es reveladora, ya que muestra cómo él se posiciona como un narrador de su propia historia, mientras que Clara Rosa, al rechazarlo, reafirma su autonomía y elige su propio camino.
La tercera parte es contemporánea a la escritura de la nota, durante los meses terminantes de la presidencia de Roca, y su último tiempo en Buenos Aires, antes de partir a su última morada en Asunción del Paraguay. Con cierto resentimiento, afirma llevarse el final, por cierto ya conocido y comentado por él a terceros, a su muerte. Escribe: “No le diré para desesperarla, que me lo llevo conmigo a la tumba, aunque no sé si con todos los detalles y digresiones con que se lo habría contado a Vd” (Belín Sarmiento, 1906, p. 22). El comentario sugiere una mezcla de nostalgia, encono y resignación, reflejando la complejidad de las relaciones humanas y la persistencia de los sentimientos a lo largo del tiempo.
Clara Rosa Cortines murió apenas unas semanas después de escrita la correspondencia, el 29 de julio de 1886, dos años antes que Sarmiento.
La historia de Clara Rosa Cortines revela la complejidad de las dinámicas de poder y género en el siglo XIX, donde las mujeres de las clases hegemónicas, a pesar de estar enmarcadas en un contexto patriarcal, lograron ejercer algunas formas de agencia. Clara no solo se destacó por su educación, sino que también desafió las expectativas sociales al rechazar a Sarmiento, un hombre de poder. Este acto de rechazo es significativo, ya que simboliza una afirmación de su autonomía y una resistencia a las convenciones matrimoniales que limitaban la decisión de las mujeres a meras transacciones políticas, con ciertos matices, puesto que lo descartó por un matrimonio con su primo, parte de las practicas sociales endogámicas de la época.
La correspondencia entre Clara y Sarmiento, aunque cargada de sentimientos románticos, también pone de manifiesto las tensiones entre el deseo y las obligaciones familiares, reflejando cómo las mujeres de su clase eran objeto de deseo y, al mismo tiempo, portadoras de legados familiares. La endogamia y las alianzas estratégicas de las élites no solo perpetuaban el control sobre los recursos, sino que también limitaban las oportunidades de las mujeres para definir sus propios destinos.
En conclusión, la figura de Clara Rosa Cortines es un ejemplo de las nuevas condiciones políticas en un contexto histórico que a menudo se silenciaba las voces femeninas. Su legado invita a reconsiderar las narrativas históricas desde una perspectiva renovada, reconociendo las múltiples dimensiones de la experiencia femenina en la construcción de la historia.
Bibliografía
- Guerrero, C. (2025). Mujeres de Sarmiento. San Juan: Adbulah.
- Orrolenghi, J. (1939). Sarmiento a través de un epistolario. Buenos Aires: Jesús Méndez.
- García Hamilton, J. (2006). Cuyano alborotador. Buenos Aires: Sudamericana.
- Guerrero, C. (1943). Patricias sanjuaninas. Buenos Aires: López.
- Belín Sarmiento, A. (1906). Sarmiento Anecdótico. Buenos Aires: Soria.
- Belín Sarmiento, A. (1929). El joven Sarmiento. Saint Cloude: Pablo Belín.