Mientras el imperio se expandía por los confines australes, traían consigo las relaciones de género en la península ibérica que presentaban una dinámica curiosa y, a menudo, desoladora. En este escenario que se importó con violencia al continente americano, varones y mujeres desempeñaban roles marcadamente diferenciados, moldeados por una mezcla de tradición, religión y economía.
Las mujeres, en su mayoría relegadas al ámbito doméstico, eran vistas como guardianas del hogar. Su educación, limitada y enfocada en la preparación para el matrimonio, les proporcionaba habilidades prácticas, como la costura y la cocina, pero poco más. Su vida después del siglo XV giraba en torno a la familia, donde su valor se medía en función de su capacidad para ser esposas y madres. Los matrimonios, frecuentemente arreglados, las convertían en piezas de un rompecabezas social y económico, donde el amor pasaba a un segundo plano frente a las alianzas estratégicas.
Por otro lado, los varones, en un mundo donde la masculinidad estaba asociada con la fortaleza y el liderazgo, ocupaban el centro del escenario. Eran los proveedores, los guerreros y los líderes. Su formación, mucho más amplia, les permitía acceder a universidades y participar activamente en la política. La figura masculina era la autoridad en el hogar, y su papel como protector y proveedor era sagrado.
A medida que las naciones europeas comenzaban a explorar nuevas tierras, el papel de la mujer en la sociedad española se volvía aún más complejo. La llegada de nuevas ideas y culturas desafiaba las normas establecidas. Las mujeres indígenas en las colonias, por ejemplo, vivían realidades distintas que, aunque también estaban marcadas por la opresión, ofrecían una perspectiva diferente sobre el papel de género. Las relaciones hispánicas de género al comienzo de la modernidad, por tanto, eran un reflejo de una sociedad en transición.
Aunque las mujeres estaban atrapadas en un sistema que las relegaba a la sombra, su resistencia y capacidad para adaptarse a las circunstancias les permitieron encontrar formas de resistencia y expresión. Mientras tanto, los hombres, cargando con el peso de la tradición y la expectativa, conquistaban en un mundo que, les otorgaba poder, también les imponía una serie privilegios.
La dominación masculina se ejercía en diferentes ámbitos y con notables grados de sujeción. Las condiciones que determinaban este ejercicio político, tanto público como doméstico, estaban asociadas a diferentes modalidades históricas. Analíticamente la distribución de los roles de género eran diferenciales conforme las matrices raciales y estamentarias socio-económicamente hablando.
Si bien, la opresión del patriarcado sobre las mujeres tendía a construir una constante social dependía mucho del lugar social que los hombres y las mujeres ocuparan en la cultura colonial en general y al interior de las comunidades recientemente fundadas. Entonces las diferencias en cuanto a los roles asignados colonialmente, los márgenes de resistencia femenina, su capacidad de agencia y el ejercicio de cierta posición mas o menos privilegiada estaban condicionadas por el origen étnico de las mujeres, su posición económica y la red familiar que las nucleaba en ciertos círculos políticos y económicos y no en otros, etc.
De esta manera se iba configurando colonialmente un modelo machista, clasista y racista. Incluso ponderaba beneficios a ciertas mujeres blancas, parte de la aristocracia encomendera cuyana, frente a otras explotadas servilmente por su ascendencia indígenas o en condición de esclavitud dado su origen africano. Blancas, indias y negras compartían la opresión de la dominación masculina pero con diferentes matices sociales.
Las mujeres en el Cuyo Chileno
Analizar la historia del San Juan colonial es inescindible de la comprensión del proyecto invasor hispánico a nivel regional. La fundación de la ciudad, posterior a la de Mendoza y antecesora de San Luis, formaba parte la constitución del área cuyana como avanzada fundamental de una estrategia diagramada desde el Perú y, en particular, de su enclave colonial más allá de la cordillera de los Andes: Santiago de Chile.
La participación femenina del asentamiento español en el valle central chileno tuvo una característica particular, dado que se produjo de forma intensa mediante la actuación de una mujer conquistadora. Inés Suárez, quien nació en 1507 en Plasencia, España, fue una mujer fundamental en la historia de la Conquista de Chile. Se convirtió en la primera española en llegar al territorio chileno, presenciando la fundación de Santiago y su defensa durante los primeros años de colonización. Era hija de una costurera y un ebanista. En 1537, tras la muerte en guerra de su primer esposo, Juan de Málaga, Inés llegó a América. Se estableció en Cuzco, donde conoció a Pedro de Valdivia, el conquistador español que lideraría la expedición hacia Chile. Su relación amorosa con Valdivia fue crucial, ya que no solo lo acompañó como amante, sino que también desempeñó un papel activo en su plan de colonización.
Durante el asedio mapuche a Santiago en 1541, cuando Valdivia y sus tropas abandonaron la ciudad para enfrentar una rebelión indígena, Inés asumió el liderazgo y organizó la defensa (Córdoba, 2014).Mandó a decapitar a los líderes indígenas prisioneros y arrojar sus cabezas entre los atacantes para causar pánico. También se hizo cargo de la atención médica de los soldados heridos, lo que la convierte en la primera enfermera de la recientemente fundada Santiago.
Pedro de Valdivia, a pesar de estar casado con Marina Ortiz de Gaete, mantuvo una unión con Inés durante más de diez años. Sin embargo, tras un juicio en Perú, Valdivia se vio obligado a dejarla. Posteriormente, Inés se casó con Rodrigo de Quiroga, otro conocido conquistador, y juntos contribuyeron a la construcción de importantes templos en Santiago. Inés murió con mas de setenta años de edad en 1580.
De este lado de la cordillera, sobresalen ciertas figuras que, más allá del interés despertado en los historiadores tradicionales, conforman una base empírica que demuestran esa configuración de género a través de la reconstrucción de su vida en San Juan de la Frontera. Se trata muy probablemente de las primeras mujeres españolas que acompañaron el proceso de invasión, conquista y colonización del actual territorio sanjuanino y cuyano.
Unidas en los textos por el marido: Las Lemos
El genealogista chileno Thayer Ojeda (1911) sostiene que “Revisando los nombres de las personas agraciadas con solares (…) se encuentran estos otros que talvez no estuvieron presentes en la primera ceremonia (…) figuraron estas dos mujeres: Marina Gallego y Doña Teresa Jil, esposa de Gaspar de Lemos.” (873- 874). Estas mujeres promueven la inquietud histórica por haber sido las primeras, con nombre y apellido, registradas en la historia de Cuyo, inicialmente en Mendoza. Sus casos revisten una excepcionalidad notable dado que la mención de mujeres y el registro en fuentes coloniales no era una regularidad. La ausencia de mujeres en las fuentes históricas coloniales se debe a razones culturalmente falocéntricas que han perpetuado su invisibilidad. En una sociedad patriarcal, las crónicas y documentos de la época fueron predominantemente redactados por hombres, quienes a menudo minimizaban o ignoraban las contribuciones de las mujeres, relegándolas a roles asumidos como secundarios. Este sesgo historiográfico ha llevado a que las mujeres sean vistas como meras acompañantes de los hombres en lugar de agentes activos en la historia.
Además, esas pocas mujeres que aparecen en estas fuentes suelen pertenecer a clases sociales privilegiadas. Siempre las esposas de conquistadores o políticos destacados en la administración colonial suelen ser quienes son reconocidas en la escritura de documentos originales. Su visibilidad se debe a su acceso a recursos y poder, lo que contrasta con la experiencia de la mayoría de las mujeres, que vivieron en condiciones de marginalidad. Este fenómeno refuerza la narrativa de que las mujeres solo han tenido, supuestamente, valor en función de su relación con los hombres, perpetuando así su invisibilidad histórica.
Mariana Gallego, propietaria de una parcela en Mendoza, estuvo casada en primeras nupcias con Gaspar Lemos. Para Morales Guiñazú (1932) durante “el reparto de tierras que se hizo a los pobladores figuran (…) doña Marina Gallegos, que se supone fué la primera esposa de don Gaspar de Lemos, las que se presume también vinieron en la expedición” (p. 16). En este sentido, según la interpretación de César Guerrero fue una de las primeras vecinas de Mendoza que “acompañaron a Jufré en su expedición” (149) hacia el norte.
Una vez viudo Lemos se volvió a desposar. Es entonces cuando Morales Guiñazú (1932) lo contradice, nuevamente, afirma que “por 1565, aparece casado en San Juan con doña Teresa Gil (p. 33)”, la otra protagonista de la lista del genealogista. Era hermana de Catalina Gil, de quien se tiene poca información, e hija de Juana María Martin de Navas. Juana había nacido alrededor de 1520 en Albacete, España, y en torno a 1518 se había casado con Juan Martin Gil, primer alguacil de la ciudad. Junto a su yerno, eran también unos de los primeros pobladores españoles de San Juan de la Frontera, según Videla Morón (Jorba, 1962).
Teresa y su esposo eran propietarios de un terreno en San Juan. Al ser parte de una de las familias fundadoras, se les concedió una parcela de tierra en San Juan y la correspondiente encomienda, ubicada en la esquina noreste de la manzana que corresponde al ángulo sureste de la Plaza Mayor de la villa. Juntos, tuvieron una gran descendencia, entre la cual se destacan Victoriana y Gerónima.
Mariana y Teresa, propietarias de tierras en cuyo, esposas del mismo conquistador dotado de encomiendas que explotaban a indios e indias, vinculadas a una familia fundadora en San Juan, ilustran cómo las mujeres de clases privilegiadas podían obtener cierto reconocimiento. Su condición de españolas, blancas y terratienientes, ligadas heterosexualmente a la del varón hegemónico demuestran el grado de privilegio e identificación que construyeron en las circunstancias históricas en las que vivieron. Sin embargo, este reconocimiento está intrínsecamente ligado a su relación con un hombre poderoso. Así, su participación, aunque significativa, sigue enmarcada en la lógica patriarcal que ha invisibilizado a la mayoría de las mujeres españolas en la historia colonial.
Unidas en los textos por el padre: las Vega Sarmiento
El historiador Cesar Guerrero (1943), menciona a una de las primeras mujeres que incursionaron en el orden colonial español. A diferencia de las anteriores se trata de una española americana. Dicho, en otros términos, comenta la existencia de una de las primeras mujeres criollas de la ciudad. Micaela Vega Sarmiento nació en San Juan de la Frontera como hija de españoles, era la menor de los hijos de Alonso Sarmiento y Ana Lemus.
Su padre, nacido en 1570, era encomendero de la región de Cuyo. Su madre quedaría viuda desde 1616 hasta su muerte en 1643. Micaela se desposó muy joven, en 1636, con don Jacinto Quiroga y Mallea. Guerrero (1943) le atribuye a su marido ser descendiente de Eugenio de Mallea y Teresa de Asencio, confirmado por las fuentes. Pero erróneamente también lo considera nieto de Inés de Suárez, quien, en efecto, nunca tuvo descendencia en ninguno de sus vínculos amorosos. El hermano de Jacinto, Juan, cubriría el puesto de alguacil mayor de la ciudad en 1661 y se casaría con la hermana de Micaela, Catalina.
Sujetas a los mandatos patriarcales de la época, de repetía el modelo familiar español. Sujetas a su marido o su padre, primero la madre Ana y luego sus hijas Micaela y Catalina, construyeron una trama familiar clásica. Les permitía el acceso a una posición económica y política notablemente mejor en contraste a las condiciones materiales de quienes estaban subalternizadas en las encomiendas que los varones conquistadores poseían: las mujeres de las comunidades Warpe de la recientemente fundada ciudad.
Dado que el apellido paterno de las hermanas, heredado de su abuela Ana Vega Sarmiento, se iría desplazando, conforme las tradiciones patronímicas peninsulares, conservarían una parte del mismo en su descendencia, una tradición que se mantuvo durante siglos. El tataranieto del hijo de Micaela, José Quiroga Sarmiento, sería unos siglos más tarde el mismísimo Domingo Faustino Sarmiento.
En conclusión, la historia de las mujeres en el contexto colonial español revela una compleja intersección de privilegio y opresión. Figuras como Teresa Gil y Mariana Gallego, aunque reconocidas en documentos históricos, reflejan un sistema patriarcal que limitaba su agencia a través de su relación con hombres poderosos. A pesar de su estatus privilegiado, estas mujeres estaban atrapadas en un modelo social que las posicionaba como guardianas del hogar y piezas en alianzas estratégicas. Asimismo, el caso de Micaela Vega Sarmiento ilustra cómo las mujeres criollas también enfrentaron las restricciones del patriarcado, aunque con ciertas ventajas. En conjunto, estas narrativas destacan la necesidad de reexaminar la historia colonial desde una perspectiva de género, visibilizando las contribuciones y luchas de las mujeres en un mundo dominado por la masculinidad hegemónica.
Bibliografía
- Morales Guiñazú, F. (1932). Genealogía de los conquistadores de Cuyo y fundadores de Mendoza. Buenos Aires: FFYL- UBA.
- Thayer Ojeda, L. (1911). Las antiguas ciudades de Chile. Santiago: Cervantes y Barcelona.
- Jorba, J. (1962). Cuarto centenario de San Juan. Buenos Aires: Cactus.
- Guerrero, C. (1943). Patricias sanjuaninas. Buenos Aires: López.
- Córdoba, J. (2014). Inés Suárez y la conquista de Chile. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales. (III), pp. 38-42.