Hubo una tendencia que en el verano internacional tuvo un protagonismo indiscutido: el tejido liviano. Crochet, puntos calados, fibras naturales y una sensualidad tranquila que no necesitaba exagerar para hacerse notar. Desde Brasil hasta Italia, pasando por editoriales y pasarelas, el crochet fue símbolo de frescura y modernidad. Vestidos midi que dejaban respirar la piel, chalecos que elevaban una remera blanca y bolsos tejidos que desplazaron a los deportivos: todo tenía sabor a verano europeo y ritmo de vacaciones. Sin embargo, en San Juan —una provincia de verano largo, sol fuerte y estética mediterránea por naturaleza— esa tendencia no terminó de instalarse.
La pregunta que quedó flotando fue inevitable: si la ciudad convive con el calor, si el tejido permite el paso del aire y si el crochet tiene un glamour discreto que ensambla bien con nuestros olivares y viñedos, ¿por qué acá no lo vimos con la fuerza que merecía? La moda nunca es sólo una cuestión de prendas; es una negociación entre clima, cultura y mentalidad. Y San Juan, que organiza el verano en clave de practicidad, tiene códigos propios.
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Para buscar respuestas hice algo simple: salí a la calle y hablé con mujeres reales. Mujeres que conocen el calor desde el cuerpo, que tienen trabajo, familia, tiempos y compromisos, y que hacen elecciones vestimentarias sin la solemnidad de los reportes de tendencias.
“Para mí el tejido es invierno. Aunque sea calado, mi cabeza dice calor. Y al trabajo no me lo pondría.” — Mariela, 52, empleada administrativa
“Yo lo uso sólo en la playa. Tengo uno que compré en Brasil. En la ciudad me siento demasiado.”— Sofía, 34, abogada
“No lo vi en los negocios. Lo que había era caro o muy playero. Faltó algo para la vida normal.”— Laura, 48, comerciante
“No sé con qué combinarlo. Y siento que marca todo.”— Julieta, 28, ama de casa
Las respuestas abrieron pistas valiosas. La primera tiene que ver con el archivo cultural: en San Juan, el tejido todavía pertenece a un territorio simbólico ligado a las abuelas, a lo doméstico y a lo artesanal entendido como manualidad. Es una estética que la gente ubica en el pasado familiar, no en la modernidad urbana. Entonces, cuando el crochet minimalista llegó desde el mundo mediterráneo como una propuesta sexy y contemporánea, acá chocó contra un imaginario antiguo. No falló la prenda, faltó actualizar la categoría mental.
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La segunda pista se juega en el valor de lo artesanal. Mientras la moda global viene revalorizando lo hecho a mano como lujo —porque el lujo hoy es tiempo, oficio y singularidad— en San Juan lo artesanal todavía carga con un prestigio débil. Cuando el tejido es italiano o brasileño se lo considera diseño; cuando es local, se lo lee como hobby. Esa brecha simbólica, que es sutil pero profunda, marca diferencias en cómo consumimos moda y cómo validamos el trabajo de nuestras propias manos.
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La tercera pista es estrictamente estética y comercial: faltó oferta traducida a la vida real. Lo que se vio fue o muy playero o muy costoso. No apareció ese tejido urbano pensado para la oficina, el almuerzo o la salida nocturna. Sin esa traducción práctica es difícil que una tendencia se vuelva hábito; y en San Juan, donde el verano exige inteligencia textil, la ropa tiene que resolver más de una situación con la misma pieza.
Sin embargo, si hay una provincia donde el crochet mediterráneo podría haber florecido es ésta. San Juan tiene olivares, viñedos, piedra, luz intensa y un ritmo que combina rusticidad con elegancia silenciosa. Los tonos crudos, blanco, arena, terracota o verde oliva —los colores que mejor acompañan el tejido— son casi paisaje local. El tema no fue la estética, sino la falta de apropiación.
¿Qué habría pasado si el crochet se hubiese instalado? Podríamos haber visto chalecos livianos sobre musculosas claras, bolsos tejidos reemplazando mochilas sintéticas, vestidos calados midi que insinúan sin exponer, y tops aireados que hacen más amable el calor del mediodía. Ese tejido urbano habría elevado sin abrumar, aportando textura y mediterraneidad a la provincia.
Por eso, más que una tendencia que pasó desapercibida, el tejido de verano fue una oportunidad que quedó pendiente. La moda necesita tiempo y necesita diálogo con el territorio. No siempre llega cuando llega al resto del mundo; a veces necesita que la ciudad la piense, la adopte y la haga propia. Y San Juan, que es práctica, luminosa y exigente con el verano, puede que necesite una segunda vuelta para enamorarse del crochet.