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Crítica

Paquito D´ Rivera, como si el Auditorio estuviera hecho para usted

El clarinetista cubano subió a la sala el miércoles y ofreció un concierto memorable. Jugó con los grandes compositores, tributó honores a Piazzolla y apoyó sobre las tablas sanjuaninas una banda de las mejores que se hayan escuchado siempre. Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan

Resulta que Johann Sebastian Bach era cubano y se llamaba Juan Sebastián Baca. Que Mozart había nacido en realidad en New Orleans y que un tal Beethoven se hacía llamar así en Alemania pero en realidad era peruano del Cuzco. Sólo un músico de una estatura considerable –artística, claro- puede ser capaz de que semejante insolencia no caiga de manera indigesta, y eso fue lo que consiguió el gigante Paquito D’Rivera en su paso por el Auditorio ante una sala casi llena que vivió una de sus galas históricas.
Paquito es una de las grandes figuras del jazz contemporáneo e integra el pelotón de latinos que han conseguido agregar al circuito mundial del género una sensibilidad especial. Recaló en San Juan de la mano del Mozarteum, en lo que luego se transformó en una noche mágica y de expectativas repletas: nunca antes un primera serie del jazz mundial había estado en el Audiotorio y el resultado estuvo hasta por encima de lo que se esperaba.
No sólo por Paquito sino por la impresionante formación en sexteto de su banda de apoyo, un grupo de habitués de la primera línea mundial que no suele andar por estas tierras. Dejaron en claro por qué. Apenas distinto al sexteto que brilló interpretando a Piazzola el mes pasado en México (cambió el bajista y el baterista), la banda se mostró ajustada y virtuosa, dos exigencias que en la música de las grandes ligas valen oro.
Todo el combo maquillado por una muy amena presentación del propio Paquito en cada tema, con el rodaje de un viejo sabio. Arrancó agradeciendo haber aterrizado “en la tierra de Sarmiento” y siguió explicando esa loca idea de que Bach era cubano. Y si no, escuchen: y se largó con una sorprendente interpretación en tiempo de son, igual que su milagrosa conversión de Mozart en autor de música negra, lo que atestiguó con un furioso blues de su pieza para clarinete y orquesta.
Cerró la primera mitad del programa con una caricia. Su obra América, hecha a pedido para una celebración y ganadora de un premio Grammy, el más importante para la discografía mundial. Apareció la soprano portorriqueña Brenda Feliciano en el recitado y las notas –en español y en inglés- volcando el poderoso torrente de su voz alejada del micrófono pero sin perder espacio. Ya habían dejado testimonio de su paso por el escenario un excelso pianista como Alex Brown, el trompetista argentino Diego Urcola y el bajista Oscal Stagnaro, una pared detrás de la formación con momentos de lucidez personal en algún que otro solo. ¿Podía pasar algo mejor?
Sí, podía. Y pasó. Porque el dueño de la batuta anunció un segundo segmento en exclusivo homenaje a Piazzolla, a quien colmó de elogios y explicó –por si hiciera falta- que no lo interpretarían literalmente sino según ellos pudieron percibir su influencia. Arrancó con una versión extraña y sofisticada de Adiós, Nonimo, siguió con un Blues para Astor Piazzolla inspirado en su trompetista argentino, avanzó con un Oblivion arreglado como un danzón/habanera en el que descolló el percusionista Pernell Saturnino y cerró con lo que faltaba.
-Es mala suerte tocar a Piazzoll y no tocar…. Libertango. Y allí fue: sexteto a pleno para un cierre para recordar, con un solo memorable a cargo del baterista norteamericano Mark Walker que dejó al Auditorio aplaudiendo de pie. A él, a Paquito y a toda su banda. Por tanta genialidad en poco más de dos horas.

 

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