editorial

Una devolución a la realidad para tres ministros taquilleros

Frederic/Berni y Gómez Alcorta muestran sanas intenciones en lo dialéctico. Pero los hechos los despiertan de la nube y les señalan que con eso no alcanza. Se corre el riesgo de empeorar. Por Sebastián Saharrea
sábado, 13 de febrero de 2021 · 10:16

Hay Ministerio de las Mujeres, sí, pero esta semana se cometió uno de los femicidios más resontantes de los últimos tiempos por sus condiciones.

No el más espantoso, todos lo son. Sí el más desalentador: las estructuras burocráticas creadas con la finalidad de visibilizar el flagelo no parecen dar resultado sino por el contrario, se parece estar retrocediendo en nivel de crueldad. Mucho palabrerío, poca acción.

El crimen atroz de Úrsula debe ser una inspiración a la reflexión para los encargados, justamente, de haberlo evitado. Dos de ellos, justamente, mujeres que hacen de la militancia de género un motor indispensable.

Sabina Frederic, ministra de Seguridad de la Nación, responsable máxima de unas fuerzas de seguridad que no consiguieron advertir la presencia de un maltratador serial con uniforme, antecedentes y varios avisos de que cometería la salvajada que finalmente concretó.

En su caso, con el protagonismo coestelar de su similar bonaerense Sergio Berni. Extraña mixtura de médico, abogado y militar, su verdadera vocación parece ser la del armado de burbujas mediáticas al servicio de alguna aspiración que aún mantiene en secreto. Extrañamente también al mando de un brazo sensible como la seguridad en el conurbano para un dirigente de mirada claramente opuesta a él, como Axel Kicillof.

Parece servirle los dos, hasta que un garrotazo de la realidad les devuelve la delicada dimensión de lo que manejan: la vida de las personas. Y ya no hay margen para subir a una moto con una ithaca bajo la atenta mirada de alguna cámara, no hay con qué mirar para otro lado ante la dolorosa postal de la realidad: un subalterno de la fuerza estaba donde no debía estar hace tiempo y cometió un crimen de esos que no tienen medicinas para remediar.

Un femicidio, justamente lo que se invoca estar combatiendo ante todo. El más cruel y canalla de todos los crímenes, cometido bajo la tutela del Estado por parte de un forajido con uniforme. Con carpeta psiquiátrica pero muy influyente entre sus pares, que lo defendieron hasta el último aliento incluso reprimiendo una protesta de familiares y amigos.

Berni y Frederic muestran aparentes e insalvables diferencias ante todo el menú conceptual sobre seguridad. Pero hay algo que los unifica: la inacción en el terreno de juego.

Cada uno maneja su propio estilo, con similares resultados sobre la difícil realidad de seguridad que no sólo no consiguen atenuar sino que empeora ante su propia vista. Berni, más histriónico, muy amigo de los flashes y de los paneles nocturnos. Suele contraatacar en los estudios de televisión con desenvoltura cuando la altura del agua amenaza la línea de flotación.

No pasa de allí: la provincia de Buenos Aires sigue siendo tierra de nadie en materia de seguridad, con tendencia a cada vez peor. Lo atestigua este caso de un salvaje femicida amparado por el uniforme policial cuando ya había telegrafiado sus intenciones y nadie tuvo agallas para frenar. Hace poco, también, la desaparición y muerte de un muchacho en Bahía Blanca con acción policial opaca.

Le echarán la culpa a los jueces y sus demoras en tramitar los expedientes y las resoluciones, cuando está en riesgo la vida de las mujeres amenazadas por sus parejas. O en activar eficientemente un botón antipánico. Y es cierto, un indignante desprecio judicial que efectivamente existe.

Pero Berni no puede mirar para otro lado silbando bajito. Llegaron para mejorar la seguridad, con una prédica especial sobre los delitos de género. Y los delitos de género no hacen otra cosa que empeorar. El acusado por el femicidio es un policía portando arma reglamentaria pese a las 18 denuncias en su contra, que seguía en la seccional aunque de licencia (psiquiátrica, ¿nadie se dio cuenta?). Y la seccional es jurisdicción de Berni, así que sería apropiado el final de las escenas de acting para revisar en profundidad sus profundos errores.

Y si bien, como se sostuvo al principio, todos los femicidios son igual de dolorosos e indignantes, que resulte cometido por un policía en funciones sobre quien recayeron decenas de denuncias no tramitadas ni atendidas, resulta un notorio agravante que la conducción política no puede despreciar.

Frederic es su antítesis en materia estilística. A cargo de la seguridad nacional, apenas se le conoce la cara. Llegó al equipo de Alberto Fernández por alguna presunta virtud que el presidente pudo haber visto en ella dentro de los claustros, o por el abordaje teórico de estas problemáticas complejas.

Pero el terreno de juego de los hechos la abrumó y la devolvió, tal vez, como la peor ministre del gabinete nacional. Brilla por su ausencia ante los habituales estallidos sociales ante la virtual retirada de la sensación de seguridad pública, como el caso de Rojas.

Tal vez se ocupe del asunto puertas para adentro si es que prefiere evitar el payaneo de micrófonos de su colega Berni, pero esos presuntos resultados de su ocupación tampoco aparecen para ser observados.

Más bien lo contrario, lo que se nota es un sonoro vacío en el terreno de juego. Con el agravante para ella de tirar la pelota a la tribuna, como hace en episodios en que la presión social aprieta y opta por el atajo de la exculpación señalando la inacción judicial. Y materializa, también, por voceros mediáticos, lo mismo que le cuestiona a quienes la atacan.

A Frederic no se le reconocen virtudes ni siquiera en sus ámbitos más afines. No hay militante que le reconozca muñeca, capacidad, algún motivo por el que no haya sido eyectada hace tiempo. No se sabe si fue incluida elípticamente en la lista de Cristina cuando proclamó la necesidad de desprenderse de los “funcionarios que no funcionan”. Habrá estado o no en los pareceres de la jefa, queda claro que Frederic no parece tener activada la tecla on.

Mención especial para Elizabeth Gómez Alcorta, titular del recién creado Ministerio de las Mujeres. Llegó a bordo de su reconocida militancia feminista y de su condición de abogada defensora de Milagro Sala. Desde allí armó un frondoso equipo burocrático de funcionarios y reparticiones nuevas, cuyos resultados en los hechos no se visualizan muy claros más allá de las buenas intenciones y las acciones declarativas.

Tuvo su momento de gloria para la gestión con la aprobación del aborto voluntario, limitado igual a una larga sucesión de buenos deseos. Se chocó con la realidad con el caso Úrsula, sobre lo que quedó bien claro que hace falta bastante más que ser buenos declarantes.

Ella misma lo dijo esta semana: “no alcanza con indignarnos”. Y sí, una expresión que también la incluye.

Comentarios