En el medio de todo el pelotón,
apareció caminando a paso lento. Eran las 17.56 de una tarde calurosa, como
todas las de esta semana, cuando Lionel Messi dejó ver su figura con la remera
blanca de entrenamiento de la selección argentina . La imagen, la más esperada
desde que sus compañeros están aquí, era seguida de cerca por una cantidad de
reporteros gráficos y camarógrafos de TV que triplicaban los que se habían
visto hasta hoy.
Messi tenía los botines puestos y la misma barba recortada
con la que se lo había visto llegar a la concentración por la mañana. Se quedó
parado, mientras el resto se ajustaba los cordones, al lado de Javier
Mascherano , su compañero de cada entrenamiento aquí y en Barcelona.
Cuando el preparador físico llamó a todos para iniciar la
actividad, él y Lucas Biglia se separaron del resto y se fueron caminando con
los dos kinesiólogos. Biglia, que se recupera de una lesión, empezó la misma
rutina de los últimos tres días: inició un trote lento alrededor de la cancha.
Messi, el capitán que retomó los fueros, tomó una pelota, la hizo picar dos
veces contra el piso y después la pateó. Con la derecha, tímidamente primero
hasta que le dio un golpe seco, más fuerte. Estaba de regreso..
En esos diez minutos que se pudieron observar -luego la
práctica fue cerrada al periodismo-, sus movimientos se redujeron a eso. Fue,
en todo caso, su primer contacto con la pelota y con sus compañeros después de
siete días intensos. Justo una semana atrás, sufría un golpe en la espalda en
el amistoso contra Honduras por el que todavía sufre. Tras eso, lejos de
iniciar una rehabilitación lógica, debió subirse a un avión para viajar de
Buenos Aires a Barcelona y declarar en el juicio que le inició el Estado
español. Y esta mañana, muy temprano, terminó un viaje de 15 horas desde esa
ciudad hasta aquí. Por fin, la Copa América también empezó para el mejor
futbolista del mundo.