Por Miriam Walter
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Físicamente el morocho alto mete miedo, pero al segundo cae bien tirando un par de frases cargadas de filosofía vivencial. Da la impresión que aprendió de todo lo que le pasó, desde campeonar varias veces como arquero de hockey sobre patines hasta haber perdido a su madre y a su hijita en un accidente hace apenas 2 años.
Nació en un humilde hogar de Trinidad, su mamá era ama de casa y su papá era bombero y a la vez peluquero del barrio. Beto y Rosa criaron a sus tres hijos, Juan, Oscar (“Chupa”) y Andrea apegados al trabajo. Desde chico, Juan se las rebuscó para ganarse unos mangos. Empezó en un taller de radiadores, limpiando autos y hasta de mecánico. Estuvo ahí desde los 12 a los 24 años. En las vacaciones era lavacoches y vendía sánguches. “Repetí dos años en la Boero porque trabajaba y empecé a jugar desde chico en Primera, pero igual me recibí de Técnico Electromecánico”, apunta.
En la familia Oviedo se respiraba boxeo, ciclismo y fútbol. Y como vivían a la vuelta de la cancha de Olimpia, a Juan y a sus hermanos les compraron patines a los 3 años, en un intento de sus padres de impulsarlos como hockistas. No fue una apuesta en vano: a los 7 años, Juan ya despuntaba como portero. Fue Freddy Luz quien le vio la chispa. “Yo era medio patadura, pero me gustaba jugar al arco. Muchas cosas del deporte me han enseñado cómo tomarme la vida. Siempre me he entrenado y nunca he pensado que debo estar en Primera, por eso tengo 38 años y sigo jugando. Pasa una semana que no entreno y siento que me falta el aire”, cuenta.
Cuando Juan llegó a Primera a los 15, eso no era muy común para un pibe.”Hoy es fácil llegar porque hay mucha exportación de jugadores a Europa. En mí creo que vieron las ganas, la motivación. A los 15 todavía no sos ni un hombre, hay situaciones complicadas, que te crean una personalidad fuerte o dejás. A mí me pasó lo primero. Si bien a veces cuando hablo parece que quiero ser un sabelotodo, en realidad es que estoy muy seguro porque tuve que madurar muy chico con ciertas cosas”, analiza.
La carrera de Juan fue en ascenso: “A veces estuve en el banco, pero eso me enseñó a saber que no soy indispensable”, asegura. Oviedo tiene 4 mundiales encima, en los cuales salió campeón en 1999 y fue medalla de plata en 2001 y 1997; también fue campeón panamericano, entre otros títulos. “Me encantaría jugar de nuevo en la Selección pero hoy por hoy no puedo jugar 5 partidos seguidos si quiero jugar al nivel que quiero. Soy muy autocrítico y exigente”, dice.
Hace 10 años que Juan juega en el exterior. Después de ganar el Mundial de 1999 llegó como una estrella al Seixal de Portugal. “En 1998 tuve una oferta para irme a España y tuve un accidente en moto y me rompí una rodilla. Eso fue determinante para hasta el día de hoy seguir con mi carrera”, asegura. Con los portugueses estuvo un año. “Después me volví a equivocar, me agrandé y me quedé en Argentina, quise volar más alto de lo que podía”, lanza.
De vuelta en San Juan siguió jugando y trabajando como técnico de las inferiores -siempre en Olimpia- y mechaba con la venta de celulares, hasta que su amigo David “el Colorado” Farrán lo llevó nuevamente a suelo europeo.
“Ahí empecé mi carrera en Europa y empecé a crecer como persona, a mejorar en muchos aspectos. Antes me sacaban (tarjeta) azul, peleaba, porque no podía perder y cuando pasaba se me saltaba la cadena, hasta no hace mucho era así. De dos años a esta parte he mejorado mucho, porque siempre fui leche hervida”, analiza. Estuvo en el Trissino hasta que llegó al club donde se consagró en los últimos años, el Valdagno.
“Puedo jugar 5 años más si quiero, pero es diferente. Con tres años en el Valdagno ganamos dos scudetto (el campeonato italiano de Primera) en tres finales, dos supercopas, tres años seguidos estuvimos en semifinales de Champion”, enumera.
La vida de este humilde trinitense que hoy en Europa gana por trabajar tres horas al día dos veces más que cualquier empleado de comercio italiano, cambió radicalmente. Cuentan sus amigos que cuando era chico dormía toda la familia en una piecita y que Juan compartía sus zapatillas con su hermano porque no tenían para los dos. Ahora, además de ganar bien como jugador siendo casi un veterano, explota su faceta como empresario (ver aparte).
En San Juan le dicen “Juan Del Arco” y la prensa italiana le puso “Saracinesca” que significa “cierre relámpago”. Cabulero, es famoso por un ritual que hace en la cancha: antes de que le pateen un penal o un tiro libre, se da una vueltita alrededor del arco, lo que a veces pone furiosos a los contrincantes.
“Yo creo que soy mejor como armador de camarín que jugador. Lucho mucho por el grupo. Cuando hay que divertirse, lo hacemos pero en la cancha hay que dar 120 %. Yo soy de los que lo veo al hockey como un espectáculo, no como que vos tenés que pensar el resultado”, subraya.
Oviedo acaba de firmar su pase al Novara, club de la ciudad del mismo nombre, a unos 300 kilómetros de Vicenza, donde Juan estuvo hasta ahora con el Valdagno. “Novara es el equipo más ganador, pero hace 5 años que no gana nada. Mi objetivo personal es repuntar el camino para que el Novara vuelva a como era hace un tiempo”. ¿Se queda fuera del país toda la vida? “Estamos viendo”, asegura. Por lo pronto, ya tiene la ciudadanía italiana hace 5 años.
La tragedia que lo marcó
El 3 de febrero de 2010, su madre Rosa Llorca de 64 años y su única hija Sol de 4 años, murieron en un accidente a bordo de un colectivo que viajaba a Necochea. Juan (quien estaba divorciado de la madre de la nena, con quien se había casado en San Juan) recibió la noticia en Italia, en plena actividad. Ese mismo año logró junto a sus compañeros de equipo darle el primer scudetto (la máxima copa italiana) de su historia al Valdagno, en 78 años de vida del club.
“La verdad que el tiempo nunca va a ser mucho, creo que esto no tiene relación con nada, no se lo deseo a nadie, ni a mi enemigo más grande. Todavía creo en Dios y creo que siempre está, que me debe algo, porque soy una persona que en el bien o en el mal, me las he ganado. Y nunca jodí a nadie, tanto en el deporte como en la vida, y yo hoy por hoy puedo decir que tengo mis mismos amigos desde hace más de 30 años”, analiza conmovido Juan.
“Yo con mi hija tenía una relación especial. En el poco tiempo que he sido papá yo me la he vivido a mi hija, la he disfrutado. Si bien después que me separé estuve a cientos de kilómetros de ella, pero si la quería mandar a una escuela privada, darle lo mejor, podía”, analiza Juan. En homenaje a su hija, en su equipo tiene dos soles bordados y en su pecho, cerca del corazón, un tatuaje que dice en italiano “nada es para siempre”.
El empresario
Cuando trabajaba en un taller mecánico, a Juan Oviedo lo fue a buscar un señor de apellido Sirera que lo inició en la actividad administrativa. Hace 7 años, invirtió en un cyber. “Pensé en no poner un cyber con 30 máquinas sino con 10, pero con las mejores máquinas de San Juan. Ya lo vendí, me dio mis ganancias. No es que me hice millonario pero logré mi meta de hacerlo funcionar”, dice. Hace un par de años que tiene un negocio, “Piú Hockey”, en Mendoza y Belgrano donde, en sociedad con unos italianos que él interesó para que inviertan en Argentina, vende indumentaria de hockey de una marca exclusiva que se fabrica en Italia. Ya está pensando cómo ampliarlo. “Como negocio con el hockey no te vas a hacer rico pero vas a vivir bien, vas a pucherear”, analiza.
Textuales
“A mí me gusta que la gente vea goles, pasar la bocha por debajo de las piernas, el circo, la espectacularidad de las cosas. Si vas a un partido y termina 2 a 2, no tiene sentido, tiene que terminar 8 a 6”.
“El dueño del taller de radiadores donde trabajaba, Juancho, nunca me enseñó a soldar porque me decía que el día que aprendiera me iba a morir acá soldando, me decía que era una persona que debía hacer más”.
“Es normal que vos enterrés un padre o una madre, pero no a una hija. Mi vieja es como que todavía está. Y lo de mi hija lo llevo siempre conmigo, he tenido que ir al psicólogo porque no sabía cómo manejarlo”.
