Recordando a Escudero por Javier Cófreces
Por Javier Cófreces
Hace más de 30 años el poeta sanjuanino (tucumano por opción), Rogelio Ramos Signes, me regaló el libro Le dije y me dijo, de Jorge Leonidas Escudero. Aquel gesto significó mi acceso a la obra del genial autor que evoco en estas líneas tras su penoso deceso de hoy, miércoles 10 de febrero de 2016.
Por entonces no imaginaba que la circunstancia apuntada, sería el puntapié inicial de una relación de admiración y amistad que se sostuvo durante décadas. Aquel libro me entusiasmó tanto que de inmediato publiqué, en 1986, un extenso artículo en la revista que dirigía, La Danza del ratón. La nota se titulaba "El buscador de oro” y contenía unos cuantos poemas que aparecían en Le dije y me dijo.
Al poco tiempo de aquello con Escudero comenzamos a mantener una relación epistolar muy fluida y enseguida me remitió por correo otros libros que había publicado. Se trataba de ediciones muy sencillas que había costeado con su propio dinero, La raíz en la roca, Piedra sensible y Los grandes jugadores. Nuestra amistad se asentó tras mi viaje a San Juan en 1994, y el suyo a Buenos Aires, en 1996, para leer en la Feria del Libro, invitado por La Casa Provincial. En esa ocasión le presenté al editor José Luis Mangieri, que en 1998 le publicara Caballazo a la sombra, en la colección Tierra firme.
A partir de 2001, cuando fundé Ediciones en Danza nuestro vínculo se estrechó más aún, y a través del sello Escudero editó los siguientes trece libros que publicó hasta el día de hoy. Desde entonces viajé siete veces a San Juan al solo efecto de encontrarme con el poeta, conversar y planear nuevas ediciones. A veces lo hice solo, otras veces en compañía de mi mujer, Alejandra, y en ocasiones con poetas, Eduardo Mileo, Marisa Negri y Catalina Bocardo. Cuando comenzó a ser conocido en Buenos Aires, Escudero viajó varias veces a la Capital. Le organizábamos lecturas y presentaciones para el lanzamiento de sus libros en distintas salas o librerías. Una de ellas, en 2007, fue en la Biblioteca Nacional tras la publicación de Caza nocturna. Recuerdo que por la timidez y humildad del poeta semejante ámbito lo intimidó, y le costó ocultar su emoción ante una concurrencia que excedía el ámbito "de las peñas” al que estaba acostumbrado en su provincia.
En todos nuestros encuentros de Buenos Aires y en mis viajes a San Juan (excepto en los dos últimos, donde ya flaqueaba su salud), los casinos fueron una cita obligada. Siempre me pidió que lo acompañara y, por cierto, el casino flotante de Puerto Madero lo fascinaba. Escudero decía que yo le traía suerte y con esa escusa me arrastraba con él, sin opción a rechazar las salidas. Solamente jugaba chance simple en la ruleta, no le interesaban otras opciones. Casi siempre lo vi ganar y cuando nos retirábamos de las casas de juego me ofrecía la mitad de sus ganancias. De más está decir que jamás acepté ese dinero, ni siquiera la noche que introdujo varios billetes grandes en uno de mis bolsillos. Me dijo: "Se nota que sos mi amigo, en los casinos todos me sacan o me piden. Yo soy más amigo que ellos, porque soy el que les da cuando gano…”
Compartimos guitarreadas, tertulias, recitales de poesía, almuerzos y cenas en su provincia y en la mía. Asados en Barracas, paellas en el Mercado Central sanjuanino y empanadas en todos lados. Pasamos noches enteras conversando y tardes jugando al truco; bebimos juntos en cantidad de bares porteños y cuyanos. Entablamos decenas de charlas acerca de las montañas y la poesía en el "lapidario” del fondo de su casa. Todos fueron momentos memorables y amables, y aunque pasados los años podría recordar con detalles cada uno de esos encuentros. La presencia de Escudero indudablemente penetró en mi alma y en mi vida, ya no como un poeta genial e inimitable, sino como un amigo mayor y sabio del cual siempre se aprenden cosas.
Ambos sospechábamos que estábamos en deuda el uno con el otro. Yo le porfiaba que el que estaba en deuda era yo, porque su nombre se había convertido en un auténtico mascarón de proa en nuestra editorial. Y él insistía que no, que el deudor era él por todo lo que Ediciones en Danza había hecho por su obra. Traté de explicarle que nada de eso hubiera sido posible si su poesía no hubiera resultado tan valiosa y consistente. "Después de Sarmiento venís vos en la literatura sanjuanina”, le replicaba siempre. Él se desentendía del asunto. Su modestia y humildad no tenían techo. Le explicaba que el sello llevaba publicados cientos de poetas y ninguno había logrado lo que él conquistó con el paso de los años: Que la CONABIP se interesara por su poesía y seleccionara tres títulos para las bibliotecas populares de todo el país, que el Ministerio de Educación adquiriera 12.000 ejemplares para los colegios secundarios. Que finalmente, alrededor de 3000 lectores hubieran comprado sus libros en librerías. Todo eso significaba que alrededor de 20.000 ejemplares de sus diversos títulos estarían circulando por La Argentina. Pocos poetas nacionales podrían ostentar semejantes méritos. Sin embargo, nada de esto lograría alterar su constante perfil bajo y siempre se mostró agradecido por la contribución ajena, insignificante ante la suya.
Mi última visita a San Juan, una semana antes de la muerte del genial poeta de 95 años, fue de lo más conmovedor que me sucedió en la vida. Desde los primeros días del corriente año y tras una internación de urgencia, Escudero permanecía postrado en la cama de un geriátrico de San Juan. Ana y Rosa, las hijas del poeta, amablemente accedieron a que pudiera saludar a mi amigo, todos estábamos conscientes de que podría tratarse de la despedida final. Ambas mujeres me habían advertido que quizás el padre no me reconociera, que hacía días que estaba con la mente perdida y que decía incoherencias. Al llegar a su lecho, Ana le dijo: "Papi, llegó Javier…”, de inmediato el poeta abrió los ojos y me dijo "Hoooola Cófreces…” con el mismo tono y el registro de voz que tengo grabado desde que nos conocimos hace treinta años. Tomó mi mano entre las suyas y la sostuvo todo el tiempo que duró la conversación. Me di cuenta que además de reconocerme, esperaba mi visita. En ese encuentro que duró alrededor de una hora, Escudero me dijo cosas hermosas e inolvidables que anoté ni bien llegué al hotel:
"Un amigo como vos nunca me podría dejar irme solo.” "Sos mi hermano en la poesía, que afortunado soy que me acompañes y entonces aquí…” "Estuviste siempre, y ahora es como siempre otras veces también…” "Muchos años que estamos juntos y no me dejás ni cuando más quieto.” "Me duelen los huesos, pero hay un dolor que es de acá (se refería a su espalda), pero no es de acá…” Esas oraciones conmovedoras me resultaron poesía pura.
Rosa, al presenciar nuestra conversación, comentó: "Parece que hoy bajó una estrella para iluminarlo.” Entre ambos recordamos momentos compartidos en San Juan y en Buenos Aires y evocamos a varios amigos comunes. También pude darme el gusto de hacerlo reír, al recordarle sus antiguas y secretas andanzas. A pesar de su delicada convalecencia volví a reconocer en su rostro esa sonrisa inconfundible, entre pícara y mordaz, que siempre le obligaba a cerrar los ojos, como abochornado por el disfrute socarrón. Llegado un punto de la charla lo noté fatigado y ya apenas se entendía lo que decía con un hilo de voz. Le pregunté si quería descansar y dormir un poco y me consultó cómo estaba el clima en su ciudad. Le conté que estaba muy nublado, que se oían truenos que anunciaban una gran tormenta y que comenzaban a caer las primeras gotas. Respondió que en tal caso sería mejor quedarse dentro de la cama y dormir…
Buenos Aires, 11 de febrero de 2016