Cuando la Virgen María se apareció a los tres pastorcitos en Fátima, Portugal, les dejó varias profecías y recomendaciones; cuando se manifestó ante Bernadette, en Lourdes, le dio mensajes para la humanidad. Cuando la Virgen de Luján se le apareció a Rosa Molina, le dijo que ella tenía que curar a la gente, y así comienza esta historia.
A Rosa la Virgen se le aparecía en sueños´. "Yo era casada ya cuando empecé a soñar a la Virgencita de Luján, me decía que tenía que curar para salvar vidas", cuenta a los 81 años. Rosa cura enfermedades simples, jamás diagnósticos graves.
De pelo corto y blanco, remera azul, chaleco de polar, pantalón gris, delantal gastado, y una sonrisa bienhechora, Rosa recibe a Tiempo de San Juan en su humilde casa en Villa Obrera, Chimbas.
Dice que al principio ella no quería curar porque tenía miedo de que la tomaran por una manochanta y la pusieran tras las rejas. Pero un día su marido llevó a la familia a la fiesta de Mogna, allá Rosa se confesó y le contó al sacerdote lo que le estaba pasando. El cura le dijo que "sí o sí" tenía que hacer lo que la Virgen le pedía.
Rosa seguía con dudas, y como la Virgen la visitaba todas las noches, ella le dijo que tenía miedo de curar por las consecuencias. La Virgen le contestó que no temiera, que cuando curara no tenía que cobrar, "si te dan una hoja, recibila con amor", le dijo la aparición.
La abuela cuenta su historia fantástica como la cosa más natural del mundo, a ella le pasó y no tiene dudas, mientras lo primero que cualquier mortal piensa es: ¿Por qué a ella? Pero Rosa nunca se cuestionó eso, le tocó y lo asumió, tampoco se siente superior o una elegida. Ella está más allá del bien y del mal.
"El cura me dijo que es un don que me dio la Virgen. En la familia son católicos pero muchas veces me preguntan: ¿Qué tenés vos para que venga tanta gente a verte?", relató.
A esta altura tampoco tiene miedo de lo que alguna gente pueda decir, para ella todo es cuestión de fe, se la tiene o no.
Sentada en el patio de tierra de su casa, Rosa recordó su infancia en su Jáchal natal, en Las Aguaditas, donde su padre criaba chivos y ella y sus cinco hermanos lo ayudaban.
Por entonces a ella ya le gustaba curar, en la escuela era tan aplicada que se había ganado un libro de anatomía donde aprendió sobre huesos, músculos y coyunturas, y curaba los animales cuando se quebraban. Les metía el hueso, les ponía afrecho mojado simulando un yeso y luego los vendaba, salvándolos de una muerte segura.
Como cualquier vecina, empezó curando el empacho y el dolor de cabeza, con la corbata y con el plato de agua, y poco a poco fue sumando dolencias. Luego vino el uso de la pata de guanaco, es que Rosa cura la parálisis facial y torceduras musculares con una pata de guanaco, ella dice con "la mano del guanaco", también por sugerencia de la Virgen. "Uso la mano del animal porque en el campo hay yuyos medicinales y el guanaco escarba con la mano y los quiebra y ahí va quedando todo eso", explicó. Es decir que las virtudes curativas de las hiervas estarían potenciadas y concentradas en la pata del animal, con la propiedad mágica de pasarlas a quien las necesita.
Ella conoce sus limitaciones y sabe que no puede curar cualquier cosa, como cáncer u otras enfermedades graves, entonces recomienda la atención médica. Y aclara que tampoco tienen que confundirla con una bruja, ella no hace 'trabajos' para unir o desunir gente, "eso no me gusta y tampoco sé hacerlo", dijo seria por primera vez.
Las quemaduras son parte de su especialidad, hace poco curó a la distancia a uno de sus hijos que vive en Córdoba y que se había quemado todo el cuerpo luego de la explosión de una caldera. Los médicos no podían creer su recuperación y le preguntaron si era una víbora “que había cambiado el cuero”.
Rosa tiene un buen humor que contagia y siempre tiene una sonrisa lista, aunque algo cerrada para que nadie se entere si le falta algún diente. Generosa con sus historias, no escatimó en detalles de los casos que más la conmovieron, incluso con su propia historia de sufrimiento por la pérdida de dos hijos; tal vez por eso ella habla más de los niños a los que curó.
Una vez, cuando vivía en Albardón, la fue a buscar un vecino porque su hijita de cuatro años se estaba muriendo, había estado internada pero los médicos no habían podido hacer nada, no sabían lo que tenía. Rosa le dijo que tenía sarampión "por dentro". En esos casos, actúa por instinto y le afloran los saberes ancestrales. Cuando la vio a la nena, que estaba como en un coma profundo, lo mandó al padre que le trajera una bosta de vaca seca, la roció con aceite, le prendió fuego y sahumó a la niña. Luego le fregó aceite por todo el cuerpo mientras le pedía a la Virgen que la curara, le dio te de tilo con una Cafiaspirina disuelta, abriéndole la boca a la fuerza. La envolvió en una sábana, la dejó en la cama y se volvió a su casa. Su marido le dijo que si la nena moría la iban a culpar a ella, pero Rosa estaba tranquila, le contestó que la nena ya estaba desahuciada por los médicos. Al rato vino el vecino a decirle que volviera a la casa, Rosa corrió y se encontró a la pequeña sentada en cama pidiendo té. Se había brotado entera y Rosa dijo que el sarampión le “había salido para afuera" y que se iba a mejorar.
Una vida sencilla
sábado 4 de abril 2026




