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opinión

¿Peronistas del 40, de los 90, o del 2020?

Todos lo son, con argumento en algún pasaje de la historia del General. Ese viejo cisma irradia incluso hasta hoy. Y sobre eso debe hacer equilibro Sergio Uñac. Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan

Ingenioso como siempre, Felipe Solá dijo que “yo no tengo el peronómetro, pero sí el corruptómetro” para explicar su ausencia en el encuentro puntano de La Pedrera. Parece que deberá llamar al service, porque algunos que ranquean bien alto en la tabla que sí admite disponer le sobrevuelan bien cerca suyo. Y coquetea en Bs. As. con varios de los apellidos fijos de Comodoro Py.

Más allá del novedoso aparatito para medir dosis de corrupción en sangre que dice usar de vez en cuando el ex gobernador bonaerense, sí hay en la historia bibliografía suficiente sobre los estallidos de presuntos termómetros para medir quirúrgicamente porcentajes de peronismo.

En especial, porque el propio peronismo es vasto y hasta contradictorio a lo largo de toda su historia. Al punto de que cualquiera puede con justicia proclamarse peronista si es que admira la fiebre revolucionaria del general en sus tiempos fundacionales, si lo hace adorando el remolino transformador de Evita, si lo hace memorando la resistencia que se quedó en los tiempos de la proscripción batiendo el parche del “luche y vuelve”, si lo hace en reclamo de las operaciones de Puerta de Hierro o si lo que admira es el giro conservador de los 70 de la mano de Lopecito (Rega, no el de las valijas ni el amigo de la Afip).

En todos los fotogramas de esa película, se trató del mismo Perón. Por lo tanto, los sucedáneos contemporáneos de cada instancia de este Perón contradictorio podrán con justicia proclamarse peronista. Quedan hoy expresiones actuales para cada interpretación: el menemismo de los 90 por el ala conservadora, el kirchernismo por el “evitismo”.

Cuántos años seguirá esa grieta en el intestino peronista es algo que el tiempo irá modelando. Como también otra pregunta con algo de intriga: ¿cuál es el verdadero alcance hoy en el imaginario popular de los emblemas peronistas que supieron arrasar en elecciones a auténticos desconocidos sólo por entonar la marchita y encender el alma de los beneficiarios de la época de Perón, generalmente provenientes de la clase obrera?

Por donde salga la respuesta, hoy algo de ese romance queda, desteñido y desalineado pero algo queda. Lo demuestra la permanente pulseada por el sello y los símbolos, ¿Por qué disputar un espacio que es sólo vintage y no sirve ni para la vitrina? Y es ese tire y afloja del peronismo uno de los centros de atención de los mentideros nacionales. De donde puede surgir, ojo, alguna resolución con impacto en el futuro nacional, como siempre en los últimos años.

El encuentro puntano fue convocado por una de esas partes en ebullición, las más recostadas en el costado combativo y alineado con los residuos kircheristas. No hubo unidad ni siquiera en San Luis, donde los Rodríguez Sáa juegan –por convicción o por interés- al juego de las diferencias. Todos saben también, los que fueron y los que no, que no se los puede tirar a la banquina: vaya a saber lo que deparen los tiempos políticos de los próximos meses, no sea cosa que haga falta ponerle unos decibeles más al volumen para acompañar eventuales malestares y no quedar desfasado.

Sergio Uñac conoce de sobra el hilo que hay en ese carretel. Y ha comenzado a dar sus propios pasos, como quien pisa encima de un cartón de huevos. Sabe que debe ajustarlos a su propio contexto: aparecer en la escena nacional, pero no de una manera brutal que le depare roces innecesarios con la gestión de Macri. Inútiles, por otro lado: excepto catástrofe, no está planificado para antes de 2023 –ya superado holgadamente el decisivo 2019 que está a la vuelta de la esquina- una posible irrupción en el gran escenario, bajo condición de carta de renovación.

No por eso desaparecer por completo. Hacerlo implicará quedar desplazado de las decisiones que empiecen a cocinarse en este plazo crucial: quién será el valiente que le salga a las fieras el año que viene como presidencial compitiendo contra Macri y su maquinaria. También conspiraría contra un proceso de instalación de largo plazo, que necesita siempre una semillita inicial.

Y tampoco sería sensato desaprovechar el clima favorable para el sanjuanino que genera la ausencia casi absoluta de referentes que puedan ser observados como pieza de recambio en el tablero nacional, sin que eso termine funcionando como una aspiradora que lo meta en un conducto sin salida el año próximo nomás.

Varias cosas ocurrieron en los últimos días sobre esa línea. La primera fue la novedad de llamar a las cosas como son en público, tal vez por primera vez. Lo hizo el senador Rubén Uñac en el programa A todo o nada por Radio Sarmiento hace dos fines de semana. Dijo textual: “A mí me gustaría pensar en un proyecto más grande más allá del 2019, pero primero hay que trabajar por San Juan”. Lo dicho, paso a paso parafraseando al gran Mostaza, pero con voz clara y argentina como pocas veces, de parte nada menos de uno de los hombres de mayor confianza del gobernador.

Luego, un listón más. El diario Clarín incluyó al sanjuanino como uno de los cinco referentes peronistas dignos de ser medidos con el propio presidente Macri en un eventual ballotage. Los otros fueron Cristina, Urtubey, Sergio Massa y Rodríguez Sáa. Y dejó seguramente una sensación ambigua.

Por un lado, muy temprano, como poner el despertador a las cuatro de la mañana, estar apareciendo disputando espacio con Macri, a quien debe ir a golpearle la puerta con frecuencia y sin la mínima presunción firme de que esa hipotética disputa electoral efectivamente ocurrirá.

Por el otro, certificado de buena salud política el de figurar en los aprontes y en las gateras, certeza de que hay ciertos espacios de los que mueven las fichas que lo registran en el universo de los posibles. Otro asunto será que no lo apuren.

El otro asunto que levantó onda expansiva estos días fue la citada convocatoria del Alberto de San Luis a la resistencia peronista. Sería una foto incómoda con el universo K residual y Moyano para los que juegan a la supervivencia y a poner alguna ficha en el futuro. Pero de ningún modo para despreciar. De hecho, el propio Uñac recibió a Rodríguez Sáa para la Fiesta del Sol.

Cultor obligado del “ni muy muy, ni tan tan”, el sanjuanino decidió esquivar con delicadeza su imagen en la foto, pero mandó una comitiva que no podría considerarse de bajo perfil sino todo lo contrario. No envió a un subsecretario o director de alguna repartición perdida, sino al ministro Emilio Baistrocchi, no sólo el timón de una de las áreas más sensible de la gestión como la seguridad sino uno de los bastiones de mayor confianza en el gabinete.

Y a Luis Rueda, ni más ni menos que su secretario y mano derecha, además de uno de los líderes de la renovación irrumpientes en el Bloquismo. Dos primerísimas líneas que hicieron los 300 y pico de kilómetros para no desairar al Alberto y tampoco quedar pegados a una vertiente que no parece tener precisamente el futuro por delante, pero que sí posiblemente tendrá cosas para decir.

Se cruzaron allí con otros peronistas sanjuaninos de otras fracciones, con los que también apostarán a convivir en paz. Pero esa es otra historia.

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