editorial

Estar arriba

Es una definición social: “arriba” quiere decir en la mina. El término se escucha cada vez más: ¿Quién no tiene a uno “arriba”? Y es ese el principal capital de la actividad. Pero para seguir estando arriba, hace falta sostenerla. Por Sebastián Saharrea.
sábado, 9 de junio de 2012 · 10:32


Pepe está arriba. Eduardo, Cacho, también. Fede estuvo 14 días y en estos 14 abajo está tratando de bajar un poco la panza. Se escucha cada vez más en la calles eso de “estar arriba”. Y como en toda comunicación consumada, quien emite sabe que no hace falta definir más nada porque el que recibe ya sabe qué quiere decir.
También se puede estar arriba, pero estando abajo. Parece un curioso juego de palabras, pero por cada trabajador que hay en Veladero, en Gualcamayo o en Pascua-Lama (Lama-Pascua, en realidad, para que no se enoje el secretario de Minería Jorge Mayoral) hacen falta tres trabajadores abajo que se ocupen de sus provisiones, sus seguros, su logística.
Los que están arriba son, en la actualidad, el más incontrastable argumento para la defensa de la actividad minera. Y el término de “estar arriba” supone que se hizo carne en la calle, que ha designado de esa manera –sobreentendiendo la comprensión de su interlocutor- a quienes se suben a los colectivos y se ganan el pan con el oro de las minas iglesianas o jachalleras. A casi todos toca de cerca: en cada grupo familiar sanjuanino hay un integrante, un amigo, o un allegado, que encontró arriba su manera de pelearle a las carencias de abajo.
 La gran mayoría de ellos son la primera barrera de contención a los embates contra la actividad: son la actividad minera en carne y hueso. No las máquinas que demuelen la montaña sino los hombres que se pasan días enteros en medio de la nada resistiendo al trabajo duro y a las difíciles condiciones de aislamiento por un trabajo digno.
Ese esfuerzo se transformó en licencia social, la que pronuncia tanta gente todos los días para contar que el Pepe o el Cacho están arriba. Y que supone que el ejercicio de digestión por parte de la sociedad de la actividad minera está funcionando, al incorporarle un término de almacén a una relación laboral extraña: miles y miles de sanjuaninos abandonando la aldea para desaparecer por dos semanas enteras.
No son pocos ni es fácil estar arriba. Veladero mantiene su dotación de producción invernal, algo más restringida que lo que en los tiempos en los que no hay nieve, pero siempre se mantiene entre los 3.000 y los 5.000 trabajadores arriba, lo que implica una disponibilidad de muchos más que están abajo. Hoy hay en Veladero 3.819 empleados, de los cuales 2.584 son de contratistas.
Y Lama-Pascua está llegando a su pico de construcción, ya que la megaobra al borde del límite con Chile deberá estar terminada a fin de año para comenzar a producir oro en 2013. Hoy hay allí –a pocos kilómetros de Veladero-3.741 trabajadores, de los cuales el grueso, 3.468, son de empresas contratadas por Barrick. Y a fin de año, con el pico de actividad, se espera que a cantidad de trabajadores sólo en Lama sea de 10.000.
 Por esa razón, San Juan ha llegado a su piso mínimo de desempleo en décadas, el 4,5% y por esa razón se ha llegado a extremos de que el gremio de los trabajadores de la construcción –UOCRA, a cargo de Eduardo Cabello, también líder de la CGT- haya salido fuera de las fronteras provinciales buscando oficiales capacitados u ofreciendo esa capacitación en su gremio.
Según datos de esta semana, los que “están arriba” entre los dos megaproyectos de Iglesia son 7.560. Más que la totalidad de habitantes del departamento Iglesia, que son alrededor de 7.000. Y este año, superarán holgadamente esa cifra.
Claro que esa cantidad sufrirá fluctuaciones: en los próximos meses será mayor y el año que viene será menor, porque la actividad que más personal demanda es la construcción de la mina, mientras que para la operación se reduce el flujo. Igual, el volumen de gente transitando seguirá siendo importante mientras dure la explotación.
Claro que no es fácil “estar arriba”. Demanda entre los aspirantes un gran espíritu de sacrificio: a pesar de las comodidades en las habitaciones, de la buena alimentación y la atención médica –por citar sólo tres cosas importantes- el sistema de trabajo de dos semanas arriba por dos semanas abajo suele ser un quebradero de cabezas. Hay internet por todos lados, es cierto, pero la vida no transcurre por la web.
También resulta evidente que el nuevo fenómeno de tantos jefes de familia sanjuaninos dedicados  ganarse la vida “arriba” ha generado bruscas modificaciones en los hábitos sociales. Para no bucear tanto, es lo que ocurre con miles de chicos a los que les falta el papá en ocasiones clave de su vida porque para los papás el trabajo les abarca no sólo el horario en que literalmente trabajan sino el tiempo de ocio en el que no puede irse cada cual a su casa.
O lo que ocurre con miles de mujeres en plena ciudad y aturdidas por sus propios trabajos y cargas familiares que a lo largo de dos semanas deben agregar el lastre que solía resolver su marido, que ahora está arriba. O los desarreglos en la vida cotidiana que provoca el regreso de papá, a quien el grupo demora un par de días en acoplarse, especialmente si él está en plan de descanso.
El lado atractivo de toda esta historia que ha modificado la plataforma social de una sociedad como la sanjuanina, demasiado acostumbrada a los movimientos estándares de trabajo-siesta, es el ingreso. Si el hecho de “estar arriba” supone un sacrificio, el sentimiento de sentirse recompensados por buenos salarios en blanco disipa ese esfuerzo continuo de alterar la estructura en el que una persona se desenvuelve.
Y no es poco. La minería es junto al petróleo el sector que paga los mejores salarios del país. En la provincia, excluida por inexistente la actividad petrolera, la minería es por lejos la mejor empleadora en cuanto al salario. En promedio, “estar arriba” está remunerado con ingresos del orden de los $10.000. En la última paritaria de abril-mayo, un grupo de trabajadores mineros obtuvo un incremento de nada menos que el 40%, una suma que no sólo provocó asombro entre los otros gremios sino que además despertó algún recelo.
Además de convertirse en la principal herramienta con que la minería convida a los sectores más populares (no sólo a los empleados directos e indirectos, sino también a quienes les venden y aprovechan ese circulante), los que “están arriba” son la verdadera mochila que debe acarrear la actividad: cualquier paso en falso significará ponerse a esta industria de sombrero. Corre tanto para sus actores, sus promotores y todos aquellos que sin profesarle fanatismo entienden algo de matemáticas.
En estos últimos tiempos hubo y hay clima de turbulencia que hacen levantar la guardia en el sector. Una enumeración gruesa incluye: la obligación de liquidar dólares de exportación en el país y no en el exterior, el posterior plazo de ingreso de los dólares de esas operaciones en 30 días que tiene demorados algunos embarques, los rumores de nacionalización de proyectos mineros luego de la expropiación de YPF, los tironeos por la saludable sustitución de importaciones, que no deja de ser una pretensión para aplaudir pero que producida entre manotazos genera agujeros gruesos y pulseadas interesadas.
Aún así, la feria que desembarcó esta semana en San Juan mostró un poderío evidente en el sector, con una novedad que contribuye justamente a eso, los que “están arriba”. Que cada interesado pudiera llevar su currículum para sumarse a los beneficios mineros.
Habrá que esperar que no sea palabrerío.

 

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