el gabinete

Equipo que gana no se toca

Igual que CFK, Gioja decidió cambiar poco para su próximo período. ¿Razones? Carácter de pocos cambios y atmósfera ganadora. Pero hay un dato al que atender: no todo es cuestión de nombres.
sábado, 10 de diciembre de 2011 · 09:15

Por Sebastián Saharrea

En lo de Tinellli se lo conocía como oooooosooo, cuando algún desprevenido entraba en una trampa. En el ajedrez se lo llama distracción. En el rugby, señuelo. En la batalla, blanco falso. Sin ser un engaño, hubo mucho de pantalla en los movimientos del nuevo gabinete y al final, casi todo siguió igual.
Pudo más el carácter del conductor. A Gioja no le gustan demasiado los cambios, tampoco abrir flancos de tensión y mucho menos cuando no son necesarios. Es justamente esa una de sus virtudes: dominar las ansiedades y morderse la lengua. Si habrá tenido que tragar saliva en 8 años por algún tropezón de sus colaboradores y si se habrá juramentado echarlos a patadas cuando tuviera la ocasión. Al final, siempre termina abrazado a la moderación.
Si se apela a la razón, podrá entenderse que Gioja ha cambiado poco aún en los momentos más difíciles, ¿por qué cambiar rotundamente ahora cuando lo bendice una catarata de votos y de opinión favorable? Y allí vino su pase de torero, mostrar la capa roja y luego levantarla para que la bestia pase de largo.
Consistió en colocar a todo en cuestión. Todo: los buenos, los malos, los regulares. Para luego, en un claro gesto de generosidad y confianza, renovarles el crédito por un tiempo más y siempre manteniendo el látigo alzado.
Sólo uno de los funcionarios enviados al confesionario fue finalmente sentenciado con la pena máxima del retiro. Fue el más cantado: el de Gobierno, cuestionado en todos los idiomas adentro y afuera del gobierno. Pero habrá que ser justo con un hombre como Emilio Fernández que incurrió en exceso de lealtad todo el tiempo –por eso no será arrojado a los leones sino preservado en un lugar menos expuesto- y que hizo lo que pudo en el sillón más complicado de todo el gobierno.
Ese y la silla eléctrica son más o menos la misma cosa y la prueba estará en el margen para mejorar de la futura gestión. Adrián Cuevas llaga con una mochila de plomo en sus espaldas y la convicción de que no será una gestión fácil. Tiene razón.
Y varios puntos a su favor. Uno, que el gobernador Gioja está dispuesto a concentrar sus esfuerzos personales en ofrecer algún tipo de cobertura política adicional, y por lo tanto no estará solo. Dos, que al convertir al área de seguridad en una de las prioritarias no dudará en hacer el esfuerzo necesario, presupuestario incluido. Pero atención que si la respuesta al problema es un cambio de funcionario liso y llano, será un nuevo error.
Hay en borrador hasta el momento una serie de medidas en seguridad largamente esperadas: inversión en equipamiento, extensión de las cámaras de seguridad a los municipios, incorporación de personal calificado al reducido equipo de detectives, también de personal de calle. Esperan completar la movida con la designación de jefes confiables en el Penal y –especialmente- en la Policía, un cargo que queda ahora vacante. Toda esta nueva red de contención es la que quedará a prueba ante la próxima crisis, que seguramente –y desgraciadamente- llegará.
Hasta acá el reporte de los cambios, al menos por el momento. Porque quedó en la gatera la modificación en Producción, donde la salida de Raúl Benítez se daba por hecha hasta pocos días antes del recambio y ahora se anota en condición de demorada para los próximos días. ¿Habrá beneficiado al ministro que recrudeciera la interna en su cartera pocos días antes de la decisión? Tal vez sí. También es cierto que en el ministerio se sigue pisando suelo inestable, al menos hasta que se anuncie el plantel de secretarios.
Por lo demás, hubo una confirmación masiva con muchas señales del gobernador Gioja para decodificar. Por ejemplo, que no es un organismo sensible a los aprietes y que lo que considera operaciones de desestabilización no podrán con su voluntad. Viejo axioma de conducción peronista, aplicado desde el General hasta Kirchner, eso de no soltar la mano de un funcionario en jaque. Quedó claro esta vez –una vez más- que ese es su libro de cabecera.
Una lógica posible ser aplicada tanto con Benítez, asediado por la marea interna, como con Oscar Balverdi, puesto en aprietos desde afuera. En ninguno aflojó y con en el caso del ministro de Salud, él mismo hubiera salido del centro del ring si no fuera porque lo pusieron allí los médicos radicalizados en su protesta y en sus ganas de sacar al funcionario. Consecuencia: el Cacho –así se conoce a Balverdi-no se va.
También se quedó Daniel Molina en Desarrollo Social, un funcionario sobre el que cargaron especialmente varios sectores internos del gobierno. Pero Molina pavimentó una autopista en su relación con Alicia K y eso le permitió la subsistencia, además de la estima del propio gobernador y su falta de vocación para desestabilizar un área que no sufre de grandes remezones.
También se quedó Strada –ya sin su lugarteniente de siempre, el ex secretario de Obras Carlos Gil-, sin noticias de un posible paso al plantel de De Vido en Buenos Aires. Y se quedaron los que en ningún momento estuvieron en duda, como Aldo Molina en Hacienda. Hasta se quedó Cristina Díaz en Educación, una funcionaria que le había pedido personalmente al gobernador su pase a un área más tranquila, y luego sucumbió ante la seducción del propio Gioja, reacio a desarmar un ministerio en el que Díaz es interlocutora con Udap en plena paritaria docente.
Se quedaron todos, en realidad. Pero no implica que la permanencia de los mismos funcionarios haga innecesarias algunas correcciones. En todos los ministerios hay talones de Aquiles, algunos más visibles que otros, y el inicio de un nuevo período sigue siendo una buena oportunidad para revisarlos.
Por la misma lógica de aquella que el equipo que gana no se toca es que pueda resultar innecesario cambiar personas. Pero aún en los sitios donde las caras siguen siendo las mismas se hace necesario el ajuste de los contenidos: un triunfo electoral, por más rotundo que fuera, no convierten en invisibles a los cabos sueltos que viene dejando una gestión de 8 años.
Los ministros no están desgastados, lo revela una encueta del IOPPS para Tiempo de San Juan de hace tres semana que señala que mal puede uno sufrir desgaste si no es conocido. Sí hay desgastes de métodos y de modos de afrontar algunos problemas cotidianos.
Para el final, un recuerdo. Hace justo 4 años y leyendo la misma película de hoy cuando Gioja ganó por paliza en 2007, un entonces importante funcionario se pronunció por un amplio recambio en el nuevo gabinete. Era César, el senador. Hoy, César ya no está y el cambio también fue minúsculo. No era, entonces, ganas de contradecir a su hermano. Era el estilo propio.