Historias del crimen

Caso Andreatta: el anciano estrangulado y enterrado por su vecino albardonero

Es la historia de un jubilado que una noche de 2001 fue a cenar con su compadre y que, a la salida, fue sorprendido dentro de su coche por un sujeto, que luego lo ahorcó. Solo quería quedarse con su coche.
domingo, 28 de junio de 2020 · 09:02

Dejó la luz encendida del velador de su habitación. El portón que da a la calle abierto de par en par. Y la puerta principal de su casa sin llave. Es que el anciano pensaba ausentarse por un rato nada más. En parte lo hizo. Esa noche, el viudo cumplió con su vieja costumbre de visitar a su amigo y compadre en el bar que éste tenía en otra zona de Albardón. Lo misterioso fue que, tras salir del domicilio de ese conocido suyo, se perdieron todos sus rastros y el de su auto.

Cincuenta días pasaron hasta encontraron el cadáver de Mario Andreatta. Fue la mañana del 30 de junio de 2001. Esa fría mañana de invierno se abría otro capítulo oscuro de la historia criminal de San Juan con el descubrimiento del horrendo asesinato del jubilado italiano y la perversa trama de su vecino albardonero Miguel Ángel Miranda, que ejecutó un plan macabro para apoderarse del auto del abuelo de 77 años.

Es posible que Mario Andreatta ni siquiera saludaba a Miranda. Pero este último conocía al jubilado que, desde la muerte de su esposa ocho atrás, vivía solo en su casa en las calles Coronel Guerrero y Sarmiento, en la villa cabecera de Albardón. El anciano no tenía preocupaciones económicas, cobraba como jubilado y recibía la renta de dos casas que alquilaba.

Miranda, de 29 años, un día cualquiera empezó a averiguar detalles sobre la vida del anciano, su rutina y los lugares que frecuentaba. Fue ahí que surgió la idea de trazar un plan siniestro para asaltar a Andreatta. No quería su dinero ni vaciar su casa, su único propósito era robarle el Ford Escort Ghia en el que abuelo solía moverse.

El plan y la emboscada

No era un experimentado delincuente, pero se había obsesionado con ese coche y con Andreatta, al que consideró una presa fácil. Pensó que digitando todo de antemano, nadie lo descubriría. Estudió sus movimientos para saber dónde emboscarlo y la forma de atacarlo, en eso también preparó unos papeles para hacer figurar el auto como suyo, con vistas a poder venderlo en el futuro.

Miranda parecía tener todo calculado. Seguramente se dijo: “ahora o nunca” y la noche del sábado 12 de mayo de 2001 salió de su casa en Albardón sin decir a dónde iba. Y tal cual planeó, llegó a ese viejo bar de calle Rawson en Campo Afuera y vio estacionado el Ford Escort rojo de Andreatta.

Como de costumbre, el anciano estaba adentro del local. Esto es a 3 kilómetros de su domicilio. Había ido a visitar al dueño del bar, su compadre y amigo Oscar Chirino. Miranda se mantuvo a la distancia, escondido y apresto a dar el segundo paso. Sin que nadie lo observara, se acercó al coche y, como lo suponía, constató que las puertas estaban sin traba. No perdió tiempo y se metió a los asientos traseros. Se acurrucó bien para que no lo vieran y esperó paciente. En algún momento Andreatta tenía que salir, conjeturó.

La víctima. Mario Andreatta tenía 77 años cuando fue asesinado.

Andreatta y Chirino cenaron y tomaron un vino. Alrededor de las 22.30, el anciano se levantó de la mesa para retirarse. Su compadre lo acompañó a la puerta y lo despidió en la vereda. No notaron nada extraño, todo estaba oscuro en la zona. El abuelo subió a su Ford y arrancó en dirección a su casa.

El asesinato

Recorrió 100 metros o menos y sintió un zumbido. Y cuando menos lo pensó, tenía una cuerda alrededor de su cuello y alguien detrás, que le ordenó que parara el vehículo. Se trataba de Miranda. El anciano supuestamente detuvo la marcha, pero no se quedó quieto. Era un hombre alto, con buen estado físico a pesar de su edad. Furioso, largó unos manotazos. Miranda, que estaba detrás, no le dio tregua. Tiró con fuerza de un extremo de esa soga de más de 2 metros, a la que le había hecho un nudo ciego. La cuerda fue ajustándose y aprisionando el cuello del anciano, que en segundos fue dando sus últimas bocanadas de aire mientras perdía sangre de los oídos y terminó ahorcado.

El asesino lo corrió al asiento del acompañante y tomó el volante. Más adelante bajó del vehículo y cargó el cuerpo de su víctima en el baúl. En esos instantes, se dirigió al domicilio de su amante o ex pareja, de apellido Chávez, también en Albardón. Llegó nervioso, con el pullover manchado en sangre.

Puede que se vio apremiado o buscó una cómplice. Apenas ésta preguntó qué le pasaba y porqué tenía sangre en su ropa, Miranda le contó la verdad. Le confesó que había cometido una “locura”, que había matado a un hombre. Como para probarle que no bromeaba, la llevó hasta el auto. Abrió el baúl y le mostró el cadáver que todavía conservaba la soga al cuello.

El ocultamiento

Quería que lo ayudara. Por eso exigió a la mujer que buscara una pala. Como ella no tenía y se negó a buscar una en la casa de un pariente, el hombre la pidió dinero para el combustible y la obligó a subir al coche. Fueron a cargar nafta y después partieron hacia el Villicum. A 8 kilómetros al Norte de Albardón, metieron el auto por una huella al costado Este de un badén.

Miranda sacó el cadáver del baúl y lo arrastró unos 50 metros adentro de ese lugar desolado. La mujer se resistió a colaborar. Él solo cavó un pozo con un trozo de hierro y enterró el cuerpo de su víctima. Antes, le sustrajo las zapatillas y los 150 pesos que guardaba en un bolsillo.

Era de madrugada cuando la pareja regresó a la villa cabecera de Albardón. La muchacha se quedó en su casa. Miranda dejó estacionado el coche en las cercanías y se fue caminando a su domicilio. Al día siguiente regresó a buscar a la mujer y a bordo del Ford fueron a El Bosque, Angaco, donde el asesino quemó la documentación original del auto y arrancó la chapa patente delantera.

Aquello quedó como un secreto entre ambos. Lo que resulta increíble, o al menos ingenuo, fue que Miranda conservó el auto y aparentemente lo ocultó en algún sitio. Dicen que de vez en cuando lo sacaba de noche para no exponerse demasiado.

El homicida. Este es Miguel Angel Miranda.

A los días, alguien avisó a la hija de Andreatta que no veían al anciano. Los propios familiares entraron a la vivienda y se dieron que éste no estaba, tampoco su auto. La lámpara de su mesa de luz permanecía encendida, el portón abierto y la puerta sin llave. El compadre les contó que la última vez que lo vio fue la noche del 12 de mayo. Se notaba que hacía días que el abuelo no se hallaba en su domicilio, pero todo estaba intacto. Su ropa, sus pertenencias personales y también sus bolsos o valijas. Por otro lado, no había avisado que viajaba. Y ni se les pasó por la cabeza que hubiese tomado una decisión drástica, como el suicidio. Todos coincidieron en que el abuelo no sufría de depresión, que andaba de buen ánimo y que gozaba de buena salud.

Al descubierto

La Policía local inició una investigación por la desaparición de Mario Andreatta, mientras tanto sus familiares recurrieron los medios de comunicación de la provincia pidiendo colaboración para localizarlo. Transcurrieron semanas en medio de tanta incertidumbre y angustia, hasta que la madrugada del 29 de junio sucedió algo inesperado. Una patrulla policial al mando del oficial Marcelo Videla, que recorría el callejón Soria en las afueras de Albardón, observó en la oscuridad a un sujeto que cargaba bolsas en un auto frente a una finca.

El oficial y su compañero pararon e interrogaron al individuo, que tenía unas bolsas con pasas. Éste no supo darle una explicación de qué hacía allí y no contaba con la documentación del auto. Sospechando que podía ser un ladrón, los policías lo trasladaron a la Seccional 18va. A los pocos minutos establecieron que la patente trasera estaba fraguada, había modificado las letras burdamente, y que el coche pertenecía a Mario Andreatta, el anciano desaparecido hacía más de un mes y medio.

El dato llegó de inmediato a la Central de Policía y a las horas los policías de la Brigada de Investigaciones trasladaron a Miranda en calidad de detenido. Estaba perdido, no tenía escapatoria. En principio intentó despegarse y aseguró que un vendedor de auto de apellido García, conocido suyo de Albardón, le había vendido el auto. Ese hombre también cayó preso, pero no sabía nada y juró que todo lo que sostenía Miranda era mentira.

La confesión

En horas de la tarde, Miranda no aguantó más y confesó. Relató que él había matado al anciano. Contó que le puso la soga al cuello sólo para asustarlo y obligarlo a firmar los papeles por la venta del auto. Y que jaló de la cuerda cuando éste se resistió y lo golpeó, pero su intención no era asesinarlo. Dio otros detalles, incluso el lugar donde había enterrado el cuerpo. A esa altura, su amante ya se encontraba presa.

A primera hora de la mañana del 30 de junio de 2001, el juez Agustín Lanciani junto a decenas de policías, y con Miranda esposado, se trasladaron al Villicum y encontraron el cadáver del anciano. En el allanamiento a su domicilio, secuestraron las zapatillas de la víctima, los papeles fraguado por la supuesta venta del Ford y parte de la chapa patente delantera. Con esto, el caso estaba esclarecido.

La ex amante declaró y hundió a Miguel Ángel Miranda, quien no tuvo otra salida que reconocerse cómo único responsable del crimen y de la maniobra de ocultamiento. El 1 de noviembre de 2002, los jueces Félix Herrero Martín, Juan Carlos Peluc Noguera y Ernesto Kerman de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional condenaron al albardonero a reclusión perpetua. El delito: homicidio criminis causa y robo agravado en concurso real. Esto es asesinar para facilitar o asegurar otro fin, en este caso la sustracción del auto. Hasta la actualidad, Miranda sigue cumpliendo la condena en el penal de Chimbas, pero ya empezó a gozar de los beneficios de salidas transitorias.

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