Historias del crimen

El albañil acribillado a tiros y quemado en Caucete

Su cadáver fue abandonado al costado de una ruta, todo envuelto en llamas. Tenía 6 balazos. El brutal asesinato sucedió en octubre de 2009 y tardaron días para identificar a la víctima. Jamás se descubrió quién cometió tan salvaje crimen. Por Walter Vilca
domingo, 31 de marzo de 2019 · 14:39

De oficio albañil, separado, 53 años y con una vida tan común y mundana que pasaba desapercibido. Ahora bien, algo tenía ese hombre o algún secreto guardaba que un día de octubre de 2009 desapareció misteriosamente de la pieza que alquilaba en la zona de Concepción, en la capital sanjuanina, y luego fue encontrado acribillado a tiros y quemado en una zona rural de Caucete.

Qué tanto era el rencor que tenían contra Roberto Balmaceda para tremendo asesinato. A diez años del homicidio de este obrero de la construcción, nadie pudo descifrar tan horrendo interrogante y su recuerdo sigue siendo otro de los casos que conmocionaron a la historia policial de la provincia. Una causa con todos los condimentos, incluso con la marca del crimen perfecto.

Sus asesinos actuaron con una impunidad total, con decir que lo mataron a plena luz del martes 6 de octubre de 2009 y arrojaron su cuerpo a la vera de la calle La Plata, cerca de Lavalle, en el distrito caucetero de La Puntilla y casi en el límite con San Martín. Eran las 16.30 de ese día cuando un vecino de la zona observó un bulto que ardía al costado del camino rural. Ese hombre se acercó a mirar qué era lo que ardía, dado que en apariencia todavía se movía. Y cuando fijó su vista, descubrió despavorido que era el cuerpo de una persona envuelto en llamas. Entonces intentó de todas las formas apagar el fuego y, aunque lo consiguió, nada pudo hacer para salvar la vida de esa infortunada víctima.

Así empezaba esta historia de horror aquella tarde, con ese macabro hallazgo. Decenas de policías de la Seccional 9na de Caucete y la Brigada de Investigaciones de la Central se agolparon en el lugar tratando de buscar alguna respuesta. No por fácil, sino quizás por lógica, los investigadores en principio se inclinaron a pensar que podían estar frente a un suicida que se había quitado la vida a lo bonzo rociándose combustible y prendiéndose fuego. Sin embargo, lo extraño era que no encontraron botellas o un bidón con algún líquido inflamable, como tampoco un encendedor o fósforos.

Los primeros indicios surgieron a partir del examen del médico legista sobre el cadáver. Para sorpresa de todos, como dicen en la jerga policía “el cuerpo habló”: la víctima presentaba orificios de balas y eran varios los impactos. Eso confirmó que se trataba de un asesinato, y de los más crueles. Los peritos constataron que el fallecido era un hombre y que, por los restos de ropa que aún conservaba a pesar de la acción del fuego, vestía un pantalón oscuro y borceguíes. Aún conservaba lo que quedaba de su reloj pulsera, una cinta métrica de albañil, un celular y una billetera, todo prácticamente derretido. Con los curiosos aparecieron también datos que sirvieron para reconstruir lo que posiblemente había sucedido. Como los estampidos de arma de fuego que algunos dijeron haber escuchado en esa zona en horas de la siesta de ese día.

Eso llevó a suponer con certeza que lo había ejecutado en ese lugar y que utilizaron un revólver. Es que no encontraron vainas servidas. El médico forense Alejandro Yesurón luego lo corroboró, los proyectiles provenía de un revólver calibre 32. En su minucioso estudio sobre el cadáver, el especialista constató que tenía 6 disparos: uno en el cráneo, un segundo tiro en el cuello, un tercer impacto en el abdomen, otro balazo que ingresó por la espalda y llegó a la altura del corazón, y los dos restantes en otras partes del tórax. Fue una ejecución y con ensañamiento, pues se aseguraron de matarlo con tantos disparos. Otra conclusión del forense fue que la víctima ya estaba muerta cuando le arrojaron un líquido inflamable, posiblemente combustible, y le prendieron fuego. El único objetivo que perseguían con eso era dejarlo irreconocible para impedir que no lo identificaran.

Los investigadores se preguntaron quién era el fallecido y comenzaron a hacer averiguaciones sobre las personas desaparecidas en la provincia en esos últimos días. Por otro lado, los medios de comunicación difundieron la noticia de tan espantoso crimen y se hizo público que los investigadores pedían colaboración para poder identificar a la víctima.

Tardaron días hasta que aparecieron pistas de quién podía ser el fallecido. Empezó a sonar el nombre de Roberto Balmaceda, un albañil de 53 años que vivía solo en una pieza de alquiler en la esquina de las calles Paraná y Caseros de Villa Storni, en la zona capitalina de Concepción. El hombre estaba perdido desde el 5 de octubre. Todo encajaba, como todo obrero de la construcción él siempre andaba con una cinta para medir y con botas de trabajo; además, la contextura física de la víctima coincidía con la del albañil desaparecido. Sus familiares después confirmaron que ese reloj pulsera –o lo que quedaba- le pertenecía a Balmaceda. Al tiempo, el análisis de las piezas dentarias y la prueba de ADN certificaron científicamente que, en efecto, era Balmaceda. Nadie lo había echado de menos porque estaba separado y llevaba una vida solitaria. Un dato a tener en cuenta fue que el obrero solía movilizarse en una moto Sumo 150cc de su propiedad, de la cual no tenían rastros.

Conocida su identidad, el interrogante pasó por saber qué había detrás de este hombre para semejante crimen. No tenía dinero ni andaba en el ambiente delictivo, como para suponer un asesinato en ocasión de robo o un ataque con sabor a venganza por alguna deuda entre maleantes. Una nueva pista hizo abrir los ojos a los investigadores: uno de los tantos testigos que declararon en la causa señaló que Balmaceda mantenía una supuesta relación amorosa o se veía con una mujer que tenía a su concubino preso en el penal de Chimbas. Todas las miradas apuntaron contra esa señora, primero para establecer qué había de cierto, y sobre su marido y el entorno, dado que bien podía sospecharse que este presidiario había enviado a otras personas a asesinar a Balmaceda por despecho. La hipótesis tomó fuerza, pero debían probarla y eso nunca se concretó. Ni por parte de ella ni del lado de él surgió el mínimo indicio que pudiera sostener esa teoría y los policías pasaron de la expectativa a la incertidumbre total. Caída la única hipótesis, el caso por el brutal asesinato del albañil Roberto Balmaceda quedó en la nada misma y en un triste recuerdo de un crimen, por qué no, perfecto.

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