En defensa propia

Justicieros: Vivir después de matar

Son sanjuaninos que terminaron matando a ladrones. ¿Cómo siguieron sus vidas? Tiempo de San Juan logró hablar con los protagonistas de tres casos de justicia por mano propia, caratulados como de legítima defensa. Testimonios imperdibles de gente común en situaciones extraordinarias.
domingo, 04 de marzo de 2012 · 10:41


Por Miriam Walter
mwalter@tiempodesanjuan.com

Es difícil que hablen, quieren olvidar, seguir con sus vidas. Mucho menos quieren estar nuevamente en los títulos de la prensa, porque ya fueron noticia sin quererlo. Tiempo de San Juan logró reunir tres testimonios valiosos, de protagonistas de casos de justicia por mano propia caratulados como de legítima defensa. Gente a la que le tocó matar para no morir. Sanjuaninos que tuvieron ladrones enfrente con ánimos de gatillarles y un arma en un cajón que terminó salvando su vida y la de su familia.

¿Cómo es el presente de estos justicieros después de ese episodio de sangre? En uno de los casos el matrimonio tuvo que hacer terapia y se divorció después del suceso. En otro, al hombre le dio un infarto y sigue atormentado por lo que hizo. En el que resta, la esposa del justiciero asegura que nada cambió. Estos son los tres relatos imperdibles.
 
 -Caso Carozo

Teresa Alba da su nombre y apellido y es la esposa de Luis Coll, más conocido como Carozo. Así se llama la agencia de quiniela ubicada en Ignacio de la Roza y Juez Ramón Díaz, que hoy manejan otras personas desde hace poco más de un año. En ese lugar, Coll mató de un tiro a un delincuente en julio de 2010: se llamaba Federico Cornejo y tenía 18 años.

Teresa cuenta que después de ese trágico episodio, trataron de vivir una vida normal y que tuvieron custodia policial durante más de un año en el negocio. “Nosotros por suerte no tuvimos que irnos de la casa. Nunca tuvimos ningún episodio. Yo creo que lo que se puede decir que nos favoreció es que toda la familia de este muchacho es de delincuentes, entonces cuando no les matan un tío, les matan un primo, el chico que murió en el negocio ya tenía un balazo en la cabeza de otro asalto. A nosotros nos dijeron en la Policía que represalias toman cuando uno los persigue, pero si ellos son los que fueron a asaltar, ¿qué juicio les cabe?”, reflexiona.

“Yo nunca sentí miedo, ni en ese momento. La que descubrí que nos estaban asaltando fui yo, la que llamó a la Policía desde detrás  del escritorio cuando nos estaban asaltando fui yo. Yo me sentía protegida por algo desde arriba”, dice la mujer.

Incluso conservaron la agencia que abrieron desde hace décadas hasta el año pasado, la querían vender desde mucho antes del asalto pero no podían porque estaban suspendidas las transferencias. La ellos fue una historia de novela, porque tenían mucho en común: ambos eran agencieros y ambos enviudaron. En los ’70, Luis tenía su negocio en Rawson y en los ’80, estando viudo, la conoció a Teresa. Se casaron maduros, al año de conocerse. Se quedaron con la agencia de ella. En la esquina del asalto llevaban casi una década funcionando. Hasta esa noche fatal, nunca tuvieron problemas graves de seguridad, asegura la mujer.

“Yo estaba atrás del escritorio y escuché que mi marido que dijo ‘ya los atiendo’, él estaba haciendo un recibo a un sub-agenciero, entonces yo salí a atender. Me pidió un paquete de cigarrillos, me doy vuelta para atender y cuando giro me doy cuenta de que el otro le estaba apuntando con un arma a mi marido, a la altura del abdomen, a cara descubierta. A mí en ese momento se me pasó por la cabeza decirle a Carozo que abra el cajón. Yo tranquila, y Carozo justo se corrió un chiquito, creyendo que le estaban haciendo una broma. Y en ese chiquito que se corrió, se acercó al arma que tenía guardada en el mueblecito del negocio por precaución, porque ya habían asaltado muchas agencias y él tenía permiso de tenencia no de portación, por eso estaba guardada, nunca la había usado”, cuenta.

Teresa dice que de gatillarle el ladrón a su esposo, el disparo hubiera ido derecho al pecho de Carozo. Ella alcanzó a escuchar que ellos gritaron que era un asalto, y que su marido retrucó diciendo “¿es una joda de Tinelli?”, porque creyó que era un chiste. “Cuando el delincuente se dio vuelta para decirle al otro que se pase por detrás del mostrador, yo pensé que éramos boleta. Cuando giró la cabeza él, Carozo tomó el arma y le disparó. Yo no vi bien qué pasaba, estaba llamando a la Policía, fueron pocos segundos. El delincuente retrocedió unos pasos y salió corriendo a la vereda. Salió a la orilla de la calle y se intentó subir a la moto, y ahí cayó.

El otro delincuente no se rendía y yo le decía que no le iba a pasar nada, que tire el arma, porque me apuntaba. Entonces Carozo tiró otro balazo a la pared y este otro se asustó, y ahí vinieron los vecinos y lo sostuvieron hasta que llegó la Policía y luego el juez Lanciani”, relata la señora de Coll.

Teresa recuerda que fue un momento de mucha confusión. Pero a la vez le quedó grabado a fuego un fenómeno que se dio entre los asistentes: “la calle era un mundo de gente, la gente gritaba, ovacionaba, le gritaban ‘ídolo’. A Carozo no lo detuvieron ni un segundo. Nos tuvieron ahí hasta que despejaron un poco y nos dijeron que teníamos que salir en un patrullero para que hiciéramos la denuncia y estuvimos hasta las 4 de la mañana. Nos vinimos a dormir a casa como siempre y al otro día abrimos el negocio temprano”. 

La mujer de Carozo dice que el delincuente que quedó vivo los había amenazado, que les dijo que cuando saliera los iba a matar y que los insultaba, pero nunca más tuvieron problemas. “Era él o nosotros, si no le disparaba, nos mataban a nosotros”, asegura.
Después de que el juez caratulara el caso como “legítima defensa”, ellos nunca tuvieron pesadillas, ni hicieron terapia psicológica, ni vivieron con miedo, ni se cambiaron de casa. Se dijo que se habían tenido que mudar a San Luis, pero en realidad ellos viajan seguido porque tienen una hija viviendo allá. “Los 15 de julio pasan desapercibidos para nosotros. Si yo hubiera visto que era una cosa injusta, no sería vida la mía, pero ahí eran ellos o nosotros. No había otra. Yo siempre le decía a mi marido ‘Carozo, nunca digas que tenés un arma, ojalá nunca la tengas que usar, pero esa vuelta no le puedo reprochar. Tenía que disparar sí o sí”.

-Caso Juan


“Gracias a Dios todo salió bien, no tuve nunca más problema. Lo que vino después fue que nos divorciamos. Pero ninguno de los dos tiene casa propia, y por ahí esta gente la tiene. Nosotros fuimos agredidos por personas que tienen casa por la erradicación de villas y viven de planes del Estado, da bronca”, cuenta María, quien protagonizó junto a su esposo Juan y su pequeña hijita un caso de justicia por mano propia en 2008, en una vivienda que alquilaban en Capital (los nombres se cambiaron para proteger su identidad). Era Nochebuena, y después de que su marido le disparara a un ladrón que estaba intentando entrar a su casa de madrugada, los familiares y vecinos de la villa del delincuente, contiguo al barrio, les quemaron todo. Desde ese mismo momento, aterrorizados, se fueron y nunca volvieron al lugar, hecho cenizas.

“A mí me pasa y a mi familia también, mi papá quedó muy mal, ahora estamos mejor, pero hemos andado con miedo y se va complicando. La nena tenía 3 años. Mejor ni hablar, yo pasé unos nervios terribles, no los quiero revivir”, dice. Su hija no recuerda nada pero a ella hizo mucho tiempo de terapia para seguir adelante.

La familia de ella vivía a la vuelta de la casa donde pasó todo. Entonces los padres de ella también se mudaron al poco tiempo, por miedo a represalias. María recuerda que esa noche, después del disparo  al ladrón, se sintieron indefensos y con el corazón en la boca, cuando una multitud de la villa apareció en la vereda para lincharlos y los uniformados eran pocos para contener la turba, que terminó prendiéndole fuego a la casa al ver uno de los suyos tirado con un disparo en la cabeza. “Yo me quedé con lo puesto, perdí todo, nadie del gobierno nos ayudó”, se lamenta ella.

Recuerda que “eran 4 tipos que estaban metiéndose a mi casa.  ¿Qué vas a hacer? Realmente fue una desgracia porque él disparó por la ventana y justo había uno detrás, estaba con cortina”.

El lugar, según describen ella y los vecinos actualmente, cuando estaba la villa era una especie de zona liberada. “Se hacían allanamientos en ciertos lugares nada más. Tenía la casa llena de rejas. La gente del asentamiento nos pedía plata a cambio de no molestarnos y todo el mundo les daba. Te paraban y adelante tuyo te decían que ‘vos te vas y tu esposa queda sola’ y esas cosas”.

Después del disparo, ella recuerda que tomó a su hija en brazos y salió corriendo a la casa de su madre, a la vuelta. Y después se tuvieron que mudar todos. “¿Cómo vivís después de eso? Enfrente de mi casa vivía familia del ladrón, lamentablemente era gente que desde chicos venían con prontuario. A mí  se me habían metido a la casa varias veces antes, pasaban y tiraban piedras, a mi hermano también lo asaltaron. Nosotros vivimos dos años ahí, cuando llegamos estaba tranqui, pero después fue empeorando. Nos veían débiles y con las denuncias no pasaba nada”.  

Ella recuerda que al ladrón muerto lo había visto con el grupo de los que extorsionaban a los vecinos. “A todos los vecinos se les metieron”, rememora. “Encima no es que esperaran que saliera una para meterse, sabían que estábamos adentro, entonces ¿qué buscan? Cuando ven que estás llegando ¿qué buscan? ¿plata o algo más? Mi hija tenía 3 años, estábamos los 3, ¿qué buscaban?”, se pregunta ella.

Cuenta que antes del episodio nunca habían pisado el consultorio de un psicólogo, pero luego ambos hicieron, cada uno por su lado, terapia para poder sobrellevar el hecho de violencia que sufrieron. Sobre todo él, que quedó bastante alterado por el episodio y no le gusta hablar del tema. Luego de la separación, él va a ver a su hija pero ya formó otra familia y sigue trabajando donde siempre.

Ella también trabaja en la misma empresa. Al principio, sus compañeros sabiendo de su historia, la custodiaban y vigilaban por si había alguna represalia, pero nunca pasó nada. De todos modos, ella suspira y dice: “Yo vivo con miedo”.

-Caso Pedro

Con las manos agrietadas, llenas de tierra, el rostro quemado por el sol y los años, mientras cosecha unas enormes berenjenas, don Pedro (se llama de otra manera pero se protege su identidad) dice que no quiere recordar ese momento que le cambió la vida, cuando mató de un escopetazo a un ladrón en la finca que cuidaba, a pocos metros de su casa actual. El hombre no se mudó y sigue trabajando su finquita como siempre, pero vive atormentado. “Yo he tenido un problema muy grande después de eso y gracias a Dios estoy bien porque yo no molesté jamás a nadie. A mí me robaron 10 veces y llega un momento en que usted está mal, a mí me agarró mal ese día, pero es una cuestión que ya pasó”, dice, intentando dejar atrás su historia ocurrida en 2004.

“Hoy en día no se puede vivir en la calle. Yo estoy mejorándome, trabajo con mis hijos, soy una persona de trabajo.  Gracias a Dios mis vecinos me conocen acá y tuve un gran apoyo de ellos. De todas maneras la población me tiene que agradecer ¿Sabe por qué? Porque el ladrón que maté había violado a una menor, tenía 14 causas, según me enteré después. Yo no fui a la casa de nadie, ellos vinieron acá”, asegura. 
 
“Yo siempre que me hizo falta algo lo pedí, no lo robé. A mí me robaron 10 veces, me dejaban  la puerta hachada, con una barreta hecha tira la madera y todavía hacerse de cuerpo adentro de la casa como una burla grande”, justifica el hombre, quien estuvo demorado 72 horas hasta que caratularon su caso como de legítima defensa.

Cuando fue el asalto, Pedro tenía estudiando a sus hijos, con mucho esfuerzo, era el único que aportaba en la casa. Después del incidente, uno terminó, el otro empezó a trabajar y el otro abandonó pero ahora está retomando los libros.

A Pedro este año el médico lo autorizó a trabajar “despacito” y con ayuda de sus hijos, porque a poco del asalto, tuvo que ser operado del corazón. “Gracias a Dios que me perdonó la vida. Estaba trabajando y tuve que correr al médico porque me sentí mal, me dio un dolor en el pecho y le dije a mi compañero que me sentía mal. Fue  a los dos años (del asesinato del ladrón), me hicieron una angioplastia, fue por eso, porque siempre quedan recuerdos”, reflexiona quebrado.    Ahora vive medicado por su afección cardíaca.

Con 55 años, parece mayor, desgastado por la historia. Se levanta todos los días a primera hora a trabajar la tierra y no quiere que nadie opine de su caso: “me costó mucho salir, no quiero revivir esa época”, dice inquieto.

Matar al ladrón marcó un antes y un después en su existencia: “yo era muy tranquilo, nunca nadie se paró a insultarme o faltarme al respeto ni nada”. Después de que hizo justicia por mano propia, al hombre le volvieron a entrar ladrones en la casa. Y ahí la pensó  dos veces antes de actuar, mordiéndose los labios de impotencia. “Qué se vaya todo al demonio,  no debería ser así, yo me paso la vida trabajando, vivo transpirado, y que venga una persona a quitarle todo lo que usted ha hecho…”, se queja.

Don Pedro no quiere saber nada con la Policía, porque dice que los uniformados no lo ayudaron. Cuenta que la zona donde está su finca es muy tranquila y que los malvivientes que acechan de vez en cuando son de otros lugares y llegan atraídos por las herramientas que luego venden por  unos pocos pesos. “Yo los odio”, concluye apesadumbrado.

En defensa propia

La legítima defensa aparece en el Código Penal y establece que no resulta punible quien obrare en legítima defensa siempre que se verifique una agresión ilegítima a su persona o sus derechos, y repela el ataque empleando un medio razonable para impedirlo sin que medie provocación suficiente de su parte.

La figura de la legítima defensa se encuentra definida en el artículo 34 del Código Penal, contemplando en sus incisos 6to. y 7mo. El primero dice que no es punible “el que obrare en defensa propia o de sus derechos, siempre que concurrieren las siguientes circunstancias: a) Agresión ilegítima; b) Necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla; c)

Falta de provocación suficiente por parte del que se defiende. Se entenderá que concurren estas circunstancias respecto de aquel que durante la noche rechazare el escalamiento o fractura de los cercados, paredes o entradas de su casa, o departamento habitado o de sus dependencias, cualquiera que sea el daño ocasionado al agresor. Igualmente respecto de aquél que encontrare a un extraño dentro de su hogar, siempre que haya resistencia”.

El inciso 7mo dice agrega que no es punible “el que obrare en defensa de la persona o derechos de otro, siempre que concurran las circunstancias a) y b) del inciso anterior y caso de haber precedido provocación suficiente por parte del agredido, la de que no haya participado en ella el tercero defensor”.


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