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8 Mujeres

La abogada implacable que no aceptó un no y se convirtió en un emblema de lucha contra el abuso

Definió que iba a ser abogada a los 9 años. Trabajó para pagarse la carrera y logró recibirse en el tiempo establecido. Inició su labor más importante dentro del Poder Judicial, donde hoy cumple un rol destacado. Los casos que le tocaron el corazón, las charlas con las víctimas y un ida y vuelta permanente. Ella es Patricia Sirera.

Por Natalia Caballero

Todos los "no" que le intentaron imponer en la vida, los combatió haciendo. Decidió estudiar abogacía cuando le dijeron que no; se involucró en el centro de estudiantes de la Universidad Católica de Cuyo cuando le dijeron que no y defiende a niños, niñas, adolescentes y vulnerables a los que les impusieron socialmente el silencio y la inacción. El camino de Patricia Sirera estuvo repleto de obstáculos, pero uno a uno los fue superando con coraje y apalancada en la firme convicción de que es posible encontrar justicia ante el desamparo y la tragedia. Quién es esta mujer que supo romper estereotipos y hoy es la defensora oficial de las infancias sanjuaninas.

A los 9 años preguntó que hacía un abogado y su madre le dijo que se encargaban de defender a quienes no podían hacerlo por sí mismos. A su padre mucho no le sedujo la idea de tener una hija abogada, sentía que no era una carrera ligada a lo femenino, prefería que Patricia fuera docente. Pero la pequeña Patricia persistió y cuando terminó la secundaria, decidió inscribirse en la Católica. No contó con el apoyo económico de su familia, así que empezó a trabajar para pagarse la carrera que no estaba en la universidad pública.

El primer trabajo que tuvo la marcó. Fue alfabetizadora en 9 de Julio. Su labor le permitió estar en contacto con personas que no sabían leer ni escribir, con mujeres víctimas de violencia de género, se le abrió un mundo nuevo, un territorio inexplorado. Hasta que se recibió, coexistió en una dualidad permanente: un mundillo acomodado dentro del seno universitario y otro, de hambre y falta de oportunidades en 9 de Julio.

Cuando le dieron el título, empezó otro capítulo en su vida. Se convirtió en la primera abogada de su familia. “Te recibís y la gente no sé por qué cree que si sos abogada tenés dinero, pero nada más lejos de la realidad. Me recibí y tuve que renunciar al trabajo porque las dos cosas ya no se podían y empecé a litigar”, contó. En su corta experiencia como litigante, armó un estudio jurídico junto a Adriana Tettamanti, hoy jueza. Esos años de patear la calle la llevaron a entender lo mucho que peregrinan las personas hasta encontrar una reparación en la Justicia.

No litigó durante mucho tiempo, entró en la Caja de Jubilaciones como asesora y allí nuevamente se topó con la vulnerabilidad, pero en este caso del anciano. Años intentando que les salga un expediente, golpeando puertas sin recibir una respuesta por parte del Estado.

Embed - 8 MUJERES: PATRICIA SIRERA

Con pocos años pero mucha experiencia, Patricia entró al Poder Judicial como auxiliar. "Entré ya formada en la Caja de Jubilaciones, entré para hacer la jubilaciones de todos los empleados del Poder Judicial y se fue dando después la Secretaría Penal, la Secretaría Penal de Menores y ahí ya me di cuenta de la vocación, de que era por ahí", apuntó. En la Justicia la conocen por ser una trabajadora incansable. Por buscar que recaiga sobre abusadores, violadores y golpeadores el mayor peso posible que establece la ley. Es picante. Ella no lo oculta y nadie puede negarlo.

No fue fácil escuchar los primeros relatos de víctimas de abuso sexual. Es que por más que el profesional lo intente, es casi imposible no llevarse parte de esa angustia a la casa. Además, la escucha se dio al mismo tiempo que su hijo era niño. Por qué el entorno no denuncia, por qué hay gente que decide mirar para otro lado cuando un niño está sufriendo; esas eran algunas de las preguntas que se hacía Patricia. ¿Cómo tomaba conocimiento de que había un abuso sexual dentro de una familia? A través de una maestra, de un médico, de una vecina, de una trabajadora social. "Me acuerdo de trabajadores sociales que son héroes, de psicólogas también que reparaban en casos así o del Comité de Maltrato Infanto-juvenil del Hospital Rawson que detectaban indicadores de abuso muy graves, entonces ahí se iniciaba la causa", detalló.

Al ver como se revictimizaba a quienes habían pasado situaciones terribles, decidió proponer la cámara gesell como un método más amable para el denunciante. El primero que se lo mencionó fue el juez Eduardo Agudo. Estuvo en Córdoba y vio cómo funcionaba este sistema que permite que las víctimas declaren una sola vez. Enamorada del sistema, puso manos a la obra y armaron la ley que posibilitó años después que el Poder Judicial cuente con este adelanto.

Trabajar con casos de abuso sexual requiere de un carácter muy especial. Estos hechos representan una bomba dentro de la familia. Al principio, la lucha es para que les crean a las víctimas, después para evitar que se las culpabilice y posteriormente, para que puedan rearmarse tras una experiencia traumática. Y el papel de Patricia, como defensora, incluye acompañar también esos procesos hasta que se consiga algún tipo de reparación judicial.

A lo largo de su carrera, Patricia confiesa que una sola vez tuvo miedo y fue cuando se metieron con su hijo. "Me dijo que iba a sentir en carne propia lo que había pasado, esa vez fue con mi hijo y me dio resquemor", reveló.

Ser la Defensora de las infancias y personas vulnerables es un trabajo que no conoce de horarios, feriados o fines de semana. Hay personas que fueron víctimas con las que Patricia entabló una relación que trascendió la representación judicial. Es impactante como la abogada conoce a cada persona que pasó por su escritorio en busca de ayuda, de una escucha o para combatir la soledad. Aunque el laburo sea agotador, ella se ve ejerciendo como defensora por siempre.

Como es perfeccionista, está pensando cómo mejorar el sistema para que también haya una pata que contemple la reinserción del victimario. Acceder a terapias que permitan cambiar los esquemas de masculinidades es una de las ideas que va picando en punta.

Durante dos décadas, Patricia ha estado en contacto con lo peor de la naturaleza humana. Si bien ella agradece profundamente a la gente que reza por ella, a la abogada le cuesta aferrarse a Dios. Dice que intenta, pero que viene atravesando una crisis de fe desde hace varios años.

La oficina en la que trabaja Patricia está en el edificio donde funcionaba el ex banco Buci. Allí la buscó hace poco una joven trans, que fue víctima de una situación muy delicada. Los agentes de seguridad le pidieron el documento y al ver que no coincidía el nombre del DNI con el que decía la adolescente, optaron por llamarla por su nombre masculino. Patricia la recibió, no sin antes advertirles a los policías que la próxima vez que la hicieran pasar se debían dirigir a ella como ella. Así es Patricia. Una mujer que no calla nada.

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